
Rosario Castellanos decía que el oficio poético consistía en tender puentes, siempre en tender puentes: las letras encabalgadas han de llevar a transitar de un lado a otro, han de sobreponerse a todo tumulto y han de alinearse en pos de la locura: no olvidemos que un poeta es un loco a su manera, un hacedor de mundos cuyas claves de entrada no son reveladas como si se transmitiera una fórmula cuadrada y eterna; más bien, sería lo más parecido a encontrar un camino que llevara a resolver crucigramas.
El jueves pasado murió en Caracas el poeta Eugenio Montejo: “poco antes de cumplir 70 años se integró a la ronda de fantasmas que viven en su poema Los ausentes”, escribió Juan Villoro en un texto que publica hoy el periódico Mural. Si alguien conocía la noche y sus vericuetos de escritura, ése era Montejo; Villoro agrega: “Montejo prefería trabajar en el silencio de la noche, cuando sólo algún pájaro despistado conservaba su jornada de trabajo”.
Si un poeta es aquel que, como lo atestigua Chumacero, vierte la palabra de acuerdo con significaciones no siempre apegadas al uso corriente del lenguaje, Montejo rebasó esas posibilidades al crear su propio “alfabeto del mundo”, un alfabeto que escapa de la comprensión más tacaña, de la comprensión común que flota por ahí: al recorrer una y otra vez el renglón torcido de versos Montejo dejó tras de sí una estela que lo habría de distinguir hasta el último de sus días: la luz de un despertar que alumbraba cada una de sus creaciones: “De tantos viajes por el mar, de tantas noches al pie de tu lámpara, sólo estas voces te circundan”, confesó el poeta venezolano en “Vuelve a tus dioses profundos”.
El primer oficio de Montejo fue el de panadero, como su padre; Villoro cita las palabras de Montejo: “Su blancura (la de la harina) lo contagiaba todo, las pestañas, las manos, el pelo, pero también las cosas, los gestos, las palabras”. Y en esa primera tarea, reseña Villoro en su nota, Montejo aprendió a hornear sus poemas como “una materia elemental que se puede amasar de modo infinito”.
Al final, Montejo no quiso quedarse más, y con el costal de harina en el hombro “se robó el fuego por última vez y al día siguiente el pan estaba listo”.
“Leo en las piedras un oscuro sollozo, / ecos ahogados en torres y edificios, / indago la tierra por el tacto / llena de ríos, paisajes y colores, / pero al copiarlos siempre me equivoco”.
Eugenio Montejo, “Alfabeto del mundo”
(Ayer murió mi tío Cuco en San Luis Río Colorado, Sonora. Por teléfono le dijo mi tía Lola a mi madre: "María, se murió mi viejito... se murió". Y sus palabras se quedaron en el polvo, en tanto que sus lágrimas, sin distancia y abrazo de por medio, nos anegaron los ojos.
El jueves pasado murió en Caracas el poeta Eugenio Montejo: “poco antes de cumplir 70 años se integró a la ronda de fantasmas que viven en su poema Los ausentes”, escribió Juan Villoro en un texto que publica hoy el periódico Mural. Si alguien conocía la noche y sus vericuetos de escritura, ése era Montejo; Villoro agrega: “Montejo prefería trabajar en el silencio de la noche, cuando sólo algún pájaro despistado conservaba su jornada de trabajo”.
Si un poeta es aquel que, como lo atestigua Chumacero, vierte la palabra de acuerdo con significaciones no siempre apegadas al uso corriente del lenguaje, Montejo rebasó esas posibilidades al crear su propio “alfabeto del mundo”, un alfabeto que escapa de la comprensión más tacaña, de la comprensión común que flota por ahí: al recorrer una y otra vez el renglón torcido de versos Montejo dejó tras de sí una estela que lo habría de distinguir hasta el último de sus días: la luz de un despertar que alumbraba cada una de sus creaciones: “De tantos viajes por el mar, de tantas noches al pie de tu lámpara, sólo estas voces te circundan”, confesó el poeta venezolano en “Vuelve a tus dioses profundos”.
El primer oficio de Montejo fue el de panadero, como su padre; Villoro cita las palabras de Montejo: “Su blancura (la de la harina) lo contagiaba todo, las pestañas, las manos, el pelo, pero también las cosas, los gestos, las palabras”. Y en esa primera tarea, reseña Villoro en su nota, Montejo aprendió a hornear sus poemas como “una materia elemental que se puede amasar de modo infinito”.
Al final, Montejo no quiso quedarse más, y con el costal de harina en el hombro “se robó el fuego por última vez y al día siguiente el pan estaba listo”.
“Leo en las piedras un oscuro sollozo, / ecos ahogados en torres y edificios, / indago la tierra por el tacto / llena de ríos, paisajes y colores, / pero al copiarlos siempre me equivoco”.
Eugenio Montejo, “Alfabeto del mundo”
(Ayer murió mi tío Cuco en San Luis Río Colorado, Sonora. Por teléfono le dijo mi tía Lola a mi madre: "María, se murió mi viejito... se murió". Y sus palabras se quedaron en el polvo, en tanto que sus lágrimas, sin distancia y abrazo de por medio, nos anegaron los ojos.
Vayan, pues, estas palabras y un sentido adiós a mi tío Cuco, por su fantamal presencia en todos estos años y por aquellos paseos en la infancia: por él conocimos, mis hermanos y yo, algunos rincones de nuestra propia ciudad.)
Imagen: www.ucm.es
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