viernes, 20 de junio de 2008

Polis


“Venían dos femeninas y un masculino al momento del hecho”; esta fue la declaración de un agente policiaco al ser entrevistado en el lugar de un accidente. ¿A qué diablos de lenguaje cifrado recurren los uniformados para dar cuenta a la opinión pública de algún sucedido?, ¿esa clasificación de “femeninas” y “masculinos” para referirse a los hombres y mujeres comunes qué acertijo oculta ante aquellos que de policías tenemos sólo el pisoteado anhelo de que algún día –siendo niños lo pensamos- vestiríamos de azul y cazaríamos malhechores?
Aún cuando no guardo momentos gratos de los roces que he tenido con policías a lo largo de mi vida en el ejercicio de sus funciones, que han sido pocos, además de guardar en algún bolsillo de su uniforme ese catálogo de palabras venidas de quién sabe dónde, el policía –que, como en todo, hay buenos y malos- a menudo asume un proceder un tanto enigmático: la mayoría de sus gestos y acciones adquieren un matiz de potestad, pero todo ello a veces está encaminado a crear una aureola que impida vislumbrar la real intención que hay en el fondo; y es que a veces pretende ser temido, y en otras tantas comprendido.
Ser policía, como puede verse, entraña más que el dominio de un lenguaje que desde mi trinchera puedo calificar de desconcertante e inverosímil, y esa actitud diaria y terca de tratar de salvar el mundo –si es que hay un modo de hacerlo- al estilo Pinky y Cerebro en la desmesura del propósito; y no pretendo, que quede claro, demeritar el trabajo de los también llamados cuicos, sino de poner el acento en un oficio que hoy está más devaluado que la frase aquella de López Portillo de “defender el peso como un perro”, cuando no negado a sabiendas de que decirse policía en cualquier ambiente equivale a ponerse en la mira de una multitud de enemigos encubiertos y despiadados.
Salvando esa tortuosa actitud que los encamina a ganarse una enemistad generalizada de parte de todos, el policía, desde su más simple posición, encarna todo ese torrente de sueños e intenciones frustrados de quienes alguna vez pensamos en dedicarnos a perseguir ladrones: la brecha que se impone entre aquellas querencias y lo conseguido hasta hoy no puede ser salvada con tan sólo unas cuantas palabras, por ello me he resignado a no ser policía en adelante ni aún cuando pueda materializarse en mí aquella vieja y discutida idea del eterno retorno.

“…Y se ponen tristes / y por el rastro de la tristeza llegan a la crueldad. / Toda su expresión reside en sus ojos y se pierde / con un simple bajar de pestañas, a la sombra.”
Carlos Drummond de Andrade, “Un buey ve a los hombres” en Claro enigma

(La Chica Azul, Bebesito, Yamis, Cirilo…. Han sido días tremendamente largos.
Ahí se los dejo: existe la Fundación para Sobrevivientes de los Ataques con Ácido de Bangladesh, porque en ese país, como en otros tantos del sur de Asia, es común que se ataque a niñas y adolescentes bañándolas con ácido por no acceder a favores sexuales. En este caso yo no me opondría a que se aplicase la ley del talión a los “bañadores”.)

Imagen: www.superauri13.wordpress.com

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