
Hay a menudo cosas de las que no es posible desprenderse tan fácilmente, ya sea por necesitarlas o porque dicho desprendimiento está más allá de la acción de nuestras manos. Una de éstas, y que no me ha dejado ni a sol ni a sombra literalmente en los últimos días es el calor, esta infamante sensación de que todo hierve y que el trasudamiento, para mayor desgracia, viene en el mismo paquete.
Esto ha alcanzado tal grado de ensimismamiento que he llegado a pensar que tal vez se haya iniciado un idilio meramente temporal y apegado a los vaivenes más disparatados: incluso, parafraseando un título de un cuento de Paz ("Mi vida con la ola"), a esta incipiente relación la he llamado “Mi vida con el calor”. Aunque, más vale anotarlo ahora, hay una enorme diferencia entre el protagonista del cuento de Paz y yo: él llevó la ola del mar a su casa –no obstante que ésta se le colgó del brazo sin decir agua va- y el calor, por más que intento dejarlo afuera, se ha metido a todos los rincones de mi casa sin permiso alguno. La convivencia de aquel hombre con la ola tuvo sus buenos momentos; en cambio, con este calor los buenos momentos no han figurado ni se avecinan.
Y no contento con disiparse frente al televisor o acurrucarse en mi lecho improvisado, le hace al juego a su potestad y todo lo aletarga, lo amodorra, lo impregna de un transcurrir brumoso y húmedo: al encender el ventilador o al correr una ventana da unos pasos atrás, pero pasado el momento del choque arremete decidido y ese aire que suelta el aparato a los pocos minutos circula caliente entre las cuatro paredes.
Sus pretensiones son tan altas y determinantes en cuanto a una estadía larga y ominosa que se ha hecho ya de un aliado en mi territorio: el insomnio. No hay desazón más insana que no poder dormir y encima revolcarse por horas tratando de aniquilar el calor que, por otro lado, es escurridizo y poderoso.
Si por lo menos lloviera un día y luego otro y otro y otro y otro….
“Es preciso tener en cuenta que la alegría es la tristeza vista en un espejo”
Salvador Elizondo
(Hoy y mañana en el cine-choro proyectan Persépolis –Marjane Satrapi, 2007-, una película animada que aborda la historia de Marjane, una chica iraní, y su familia en la revolución islámica: la caída del Sha, el cierre de las universidades, el pañuelo obligatorio en la cabeza, los desaparecidos, los ejecutados y la guerra contra Iraq. Recomendable.
Ahí se los dejo: por primera vez en la historia del vecino país del norte, un afroamericano tendrá la oportunidad de acceder a la Casa Blanca. ¿Será esto la cancelación de la deuda con el pasado racista de esa nación, tal como lo han declarado ya algunos? Creo que esto es aventurado.)
Imagen: www.elobservatorio.cl
Esto ha alcanzado tal grado de ensimismamiento que he llegado a pensar que tal vez se haya iniciado un idilio meramente temporal y apegado a los vaivenes más disparatados: incluso, parafraseando un título de un cuento de Paz ("Mi vida con la ola"), a esta incipiente relación la he llamado “Mi vida con el calor”. Aunque, más vale anotarlo ahora, hay una enorme diferencia entre el protagonista del cuento de Paz y yo: él llevó la ola del mar a su casa –no obstante que ésta se le colgó del brazo sin decir agua va- y el calor, por más que intento dejarlo afuera, se ha metido a todos los rincones de mi casa sin permiso alguno. La convivencia de aquel hombre con la ola tuvo sus buenos momentos; en cambio, con este calor los buenos momentos no han figurado ni se avecinan.
Y no contento con disiparse frente al televisor o acurrucarse en mi lecho improvisado, le hace al juego a su potestad y todo lo aletarga, lo amodorra, lo impregna de un transcurrir brumoso y húmedo: al encender el ventilador o al correr una ventana da unos pasos atrás, pero pasado el momento del choque arremete decidido y ese aire que suelta el aparato a los pocos minutos circula caliente entre las cuatro paredes.
Sus pretensiones son tan altas y determinantes en cuanto a una estadía larga y ominosa que se ha hecho ya de un aliado en mi territorio: el insomnio. No hay desazón más insana que no poder dormir y encima revolcarse por horas tratando de aniquilar el calor que, por otro lado, es escurridizo y poderoso.
Si por lo menos lloviera un día y luego otro y otro y otro y otro….
“Es preciso tener en cuenta que la alegría es la tristeza vista en un espejo”
Salvador Elizondo
(Hoy y mañana en el cine-choro proyectan Persépolis –Marjane Satrapi, 2007-, una película animada que aborda la historia de Marjane, una chica iraní, y su familia en la revolución islámica: la caída del Sha, el cierre de las universidades, el pañuelo obligatorio en la cabeza, los desaparecidos, los ejecutados y la guerra contra Iraq. Recomendable.
Ahí se los dejo: por primera vez en la historia del vecino país del norte, un afroamericano tendrá la oportunidad de acceder a la Casa Blanca. ¿Será esto la cancelación de la deuda con el pasado racista de esa nación, tal como lo han declarado ya algunos? Creo que esto es aventurado.)
Imagen: www.elobservatorio.cl
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