
Esa fascinación suya por señalar las cosas y encontrarles otro modo de concebirlas, un sesgo distinto, otro modo de explicarlas, lo hacían parecer un ser extraño, un tipo que pocas veces se le podía ver sin matices ni máscaras. Era una especie de prestidigitador. Una especie de hombre partido en dos, provisto de dos hemisferios del todo separados: cuyas divisiones mantenían una lucha constante, sin tregua posible.
Es cierto que era muy poco paciente (como lo soy yo), pero tenía el don de la fuerza: sabía imponerse, aunque no de un modo ortodoxo. A menudo, viéndome en él, me percato de que no poseo ese aliento que él tenía, que lo llevaba, al final del día, a saberse inmune ante todo ataque: esa inmunidad, no obstante, nunca supo cómo encauzarla, y quizás, fue una de las tantas cosas que fue minándolo hasta la muerte. Tal vez su principal enemigo era él mismo (tal vez, mi principal enemigo soy yo mismo). Pasan los días y, sin embargo, no pasa la sensación de su partida.
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