lunes, 24 de noviembre de 2008

El ausente


Aquel hombre siempre tenía un rostro serio, duro, metido en sí mismo. Parecía que vivía en una permanente pelea con su interior. Hablaba poco. Con una mujer era con quien intercambiaba el mayor número de palabras. Pero su conversación giraba en torno a los quehaceres, los problemas, los gastos, la visita de algún vecino, el aviso de alguna enfermedad de parientes o conocidos. Para con los demás, para con todo ese universo restante –que, al final, no era tanto-, siempre un gesto adusto, silencioso: las palabras, como si de un ungüento milagroso se tratase, las administraba con sumo cuidado.
Sí, se trataba de un hombre taciturno; pero cuando reía, la risa le duraba mucho rato, se prolongaba hasta bien entrada la noche. Aquellos –que, al final, no son tantos- que se sienten ligados a él, no obstante su reciente deceso, a menudo, en cualquier conversación que no venga al caso, traen a colación las reprimendas, regaños, golpes e insultos que constituían su diario vocabulario: y es que no conocían, como puede verse, otra manera de evocarlo. Asimismo, cuentan, que hubo una ocasión en que quiso recordar sus viejos tiempos de borracho empedernido: algunas cervezas después supo que aquel tipo de carrera larga para la bebida ya no existía en él, y lloró por muchas horas y por muchos días.

“Para viajar a gusto, para / morir como se debe, dejo / la calavera en el tintero…”
Rubén Bonifaz Nuño, “El ala del tigre” –74-

Imagen: www.liton.blogdiario.com

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