
Hoy vi a mi abuela: la vi casi con el último aliento en su boca, casi transparente, del todo endeble, a punto de doblársele el cuerpo y partirse en dos; sin embargo, para fortuna mía, en el fondo de su mirada sigue bulléndose algo cada que me ve, algo se abre paso entre sus oquedades y alza el vuelo: una ligera brisa me alcanza aún cuando no me es posible plantarme ante ella con un rostro sereno y pétreo.
Mi abuela lleva el signo de la tristeza como una marca inherente que se le fue impregnando con los años: a partir de aquel día en que mi abuelo partió su rostro se volvió un paño hecho nudo, y hoy tiene noventa años de abuela definitiva.
Hoy ya no puede ir de la sala a la habitación, del comedor al fregadero, de la cama al baño; se movía con sigilo, podría decirse que sus pasos no se escuchaban. Cuando la conduzco a cualquiera de estos lugares no puedo impedir esta sensación: su frágil humanidad semeja en su delgadez y delicadeza el ala de una mariposa.
“Juanito”, sigue diciéndome, y me lo dice desde hace ya algunos ayeres. No podría saber responderle si me llamara de otra forma.
“Es como si dijeras: / ‘Cuenta hasta diez y búscame’, y a oscuras / yo empezara a buscarte, y torpemente / te preguntara: ‘¿Estás allí?’, y salieras / riendo del escondite / tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta / en una luz distinta, en un aroma / nuevo, con un vestido diferente”Rubén Bonifaz Nuño, “El manto y la corona” -8-
Mi abuela lleva el signo de la tristeza como una marca inherente que se le fue impregnando con los años: a partir de aquel día en que mi abuelo partió su rostro se volvió un paño hecho nudo, y hoy tiene noventa años de abuela definitiva.
Hoy ya no puede ir de la sala a la habitación, del comedor al fregadero, de la cama al baño; se movía con sigilo, podría decirse que sus pasos no se escuchaban. Cuando la conduzco a cualquiera de estos lugares no puedo impedir esta sensación: su frágil humanidad semeja en su delgadez y delicadeza el ala de una mariposa.
“Juanito”, sigue diciéndome, y me lo dice desde hace ya algunos ayeres. No podría saber responderle si me llamara de otra forma.
“Es como si dijeras: / ‘Cuenta hasta diez y búscame’, y a oscuras / yo empezara a buscarte, y torpemente / te preguntara: ‘¿Estás allí?’, y salieras / riendo del escondite / tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta / en una luz distinta, en un aroma / nuevo, con un vestido diferente”Rubén Bonifaz Nuño, “El manto y la corona” -8-
Imagen: http://www.mundopoesia.com/
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