
Fue hace muchos años. La casa era de ésas que tienen un enorme jardín al centro: a sus costados, al frente y atrás se abrían corredores, donde los cuartos olían a platanar y calabaza enmielada, y en cuyas paredes descascaradas podían atraparse imágenes donde los cantos desperdigados de grillos iban y volvían más allá del despunte de la madrugada.
La mecedora donde dormitaba la tía, la hamaca desde donde mi padre la oía platicar de gente que nunca llegué a conocer, los helechos que bajaban de la azotea y se columpiaban en los arcos de los corredores, las estrellas nunca antes vistas tan de cerca, la brisa de la costa que se colaba por toda rendija, el griterío desaforado que llegaba desde la calle por primera vez recorrida a toda prisa por llegar al cine: todo eso fue el escenario, hace muchos años.
Allí vi a mi padre con una emoción que no recuerdo que se haya repetido. Al menos, no en ese grado.
“Como quien oyó que lo llamaban / y levanta el alma entredormido, / vuelvo a mi rostro a tientas; llevo / mi rostro a la mirada. / Entonces / por escalas de espinas subo / a mi corazón para alegrarla”
Rubén Bonifaz Nuño, “La flama en el espejo”, -b-
Imagen: www.flickr.com
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