miércoles, 13 de mayo de 2009

Aislacionismo virulento


Entiendo que, por un sinfín de circunstancias, a veces se vuelve imposible seguir indicaciones al pie de la letra; sin embargo en ocasiones la gente no hace el más mínimo esfuerzo por actuar de acuerdo con un plan establecido, máxime si se trata de una contingencia sanitaria que involucra a un país entero. Y no me voy a abalanzar contra aquellos que siguen arguyendo que lo de la influenza se trata de un invento, o los que se van como mansos corderos con el discurso oficial sin preguntarse sanamente nada, o esos otros que se pronuncian porque se trata de una estratagema estadounidense para reactivar no se qué diablos, ni tampoco a los que se muestran reacios a someterse a las más escuetas pruebas porque su bandera ha sido siempre “a mí no se me pega nada”, ni a esos que siempre vienen con que lo nuevo se trata de una cortina de humo para tapar males mayores o crónicos, entre otros especímenes.
Lo que se vive hoy aquí no es una cuestión que vaya a solucionarse en “15 minutos” ni con un “comes y te vas”, ni mucho menos con el ocultamiento de la envergadura de la real situación. De lo que se trata es de hasta qué punto la paranoia y la desconfianza han entrado por nuestras ventanas y se han instalado con un aire de no marcharse más; porque, por el lado sanitario, ya se está haciendo lo humanamente posible (de este filón también ya se han dado con todo desde distintas trincheras).
Saludar de mano, ya no se diga de beso, es hoy una proeza digna de una medalla olímpica: es cierto que es una recomendación de las autoridades sanitarias para detener la expansión del virus (me río de aquellos que se negaron a jugar un partido de futbol con equipos mexicanos en tiempos en que todo es global), sin embargo hay quienes llevan esas medidas a un extremo de verdad estrambótico: los conocidos te dan la vuelta, te saludan de esquina a esquina, te gritan para platicarte algo intrascendente y se despiden con una cara de “mírame y no me toques”. Saludarse de abrazo podría ser entonces un antídoto para tanto aislacionismo virulento, digno de practicarse hasta en los más recónditos lugares.
Una alerta sanitaria, que tiene sus puntos finales, comas, interrogaciones y puntos suspensivos, puede alterar la cotidianidad y el perfil de un pueblo, ya lo hemos visto: salir a la calle, a pasear, a sentarse en un café son rarezas, proezas dignas de inconscientes locos astronáuticos; vivir como si nada, que sería el otro extremo, no es tampoco lo más idóneo. Esta nebulosa cotidianidad, que nos ha vuelto raros ante los ojos de extraños y conocidos, amenaza con convertirse en una pesadilla de dimensiones no cuantificables.

“Si no creyera en la locura de la garganta del sinsonte, si no creyera que en el monte, se esconde el trino y la pavura. Si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio, si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza. Si no creyera en lo que agencio, si no creyera en mi camino, si no creyera en mi sonido, si no creyera en mi silencio”
Silvio Rodríguez, “Maza” en Unicornio

Imagen: fotosgrises.blogspot.com

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