
El futbol no es un tema del que se pueda hablar mucho; es decir, sobre este deporte ya se ha escrito mucho. Son muy conocidas sus reglas, sus bondades, su aceptación global y al mismo tiempo el desprecio de que es objeto en muchos lugares. Sin embargo, lo sucedido ayer en Stamford Bridge, en “el barrio más estirado del planeta”, al norte de la ciudad de Londres, da para un comentario sobre lo que este deporte le puede deparar al aficionado.
“Un partido no apto para cardiacos” es una frase común en el argot futbolístico cuando se quiere denominar a un juego de volteretas en el marcador, de un final inesperado, de un transcurso lleno de emociones y temores, o de un desenlace en el que uno de los dos equipos sorprende sacando de la chistera una acción que lo ponga en ventaja ante el rival. De ese modo, “un juego no apto para propensos a emociones fuertes” calificó un comentarista al partido sostenido entre el Chelsea y el Barcelona, la semifinal de vuelta que decidía quién jugaría contra el Manchester United la final de la Champions League, el torneo –dicen– de más prestigio y mayor competitividad en el mundo, por encima del mundial y otras competencias internacionales. Eso se dice, y estoy de acuerdo.
Más allá de esa frase tan común como trillada, el juego supuso, según el Editorial del diario el Clarín de Argentina, la reivindicación del juego con el pase a la final del club español: el Barça viene jugando un futbol preciosista, que propone, y cuya armonía y alcances están dados por el juego de conjunto, del respeto por el esfuerzo, del toque certero y movimientos sin balón al espacio y buscando siempre la belleza que todavía esconde ese deporte que muchos catalogan como un sinsentido de 22 deportistas que corren despotricados tras un balón. Por todo ello, hubiese sido realmente lamentable su eliminación.
Confieso que yo deseaba el pase del Barcelona, por un sinfín de motivos; el transcurso del juego fue por momentos atosigado, desorquestado, como si se rebotara un balón en la pared una y otra vez: el Chelsea encontró pronto la ventaja con un golazo de Essien (al minuto 9), que emuló aquel pedazo de gol que Zidane le enjaretó al Leverkussen alemán precisamente en una final de Champions. El Barcelona fue al frente, y el equipo londinense cerró todas las vías, puso un cerrojo, jugó al contragolpe y parecía que se llevaría el botín. Entonces apareció la magia que todavía tiene este juego: al minuto 93, pasados tres del tiempo reglamentario, “Gasparín” Iniesta prende un pase de Messi en la frontal del área y pone la pelota en el ángulo superior izquierdo de la portería. Stamford Bridge enmudeció; pero, a algunos cientos de kilómetros la euforia se desató para no parar sino hasta el 27 de mayo cuando los culés se enfrenten a los Diablos Rojos del Manchester por la Orejona en la Ciudad Eterna, Roma. Más que un partido no apto para cardiacos, se trató de un juego de ésos en que el futbol se reivindica.
“Si fuera diez años más joven, qué feliz, y qué descamisado el tono de decir, cada palabra desatando un temporal y enloqueciendo la etiqueta ocasional. Los años son, pues mi mordaza, oh mujer, sé demasiado, me convierto en mi saber, quisiera haberte conocido años atrás, para sacar chispas del agua que me das, para empuñar la alevosía y el candor, y saber olvidar”
Silvio Rodríguez, “Con diez años de menos” en Rabo de nube
Imagen: www.taringa.net
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