sábado, 23 de mayo de 2009

Descolocancias


Levantarse tarde, cualquier día y por común que sea el motivo, me coloca –o descoloca, más bien– en una situación de clara desventaja: las rendijas y accesos oscuros de las horas transcurridas mientras descansaba saltan por todos lados, y no sólo me atenazan por largos momentos sino que acaban por extraviar el día completo, traen un tiempo inusitado por discontinuo. Qué le voy a hacer, soy un ortodoxo malhumorado esquizofrénico y milesdeadjetivosnodeseables más.
Levantarse tarde, por un lado –el lado más benigno–, obliga a llevar a cabo un acto de incorporarse al día ya en su adultez: en ese lapso en que el mundo –por lo menos, el cercano, pues las diferencias de horarios nos sitúan en una especie de vida atrasada– continuó con su ritmo por demás habitual el cuerpo se ha acostumbrado a una laxitud que le es sumamente difícil de abandonar: la modorra amenaza con convertirse entonces en una actitud que desaparecerá apenas despunte el siguiente sol. Y eso sí que constituye un obstáculo que impide todo intento de apropiación del tiempo, de lo ido, de lo escapado, de lo deseado incluso.
Lo tardío a menudo descompensa el transcurrir al que estamos acostumbrados: en ese agujero inescrutable se halla la fórmula del equilibrio. Levantarse tarde, sin embargo, da lugar a una confusión que no se marcha aún cuando todas las fuerzas sean invertidas en sacarse ese quicio intemporal. Y es que la temporalidad que nos circunda, que nos hace suyos, se siente amenazada apenas se abre una fisura, apenas las pretensiones de acomodarse a las horas broten con desmedida alegría.
Esa viciada incomodidad con la cotidianidad –valga la anodina cacofonía– ya en rieles nace, lo identifico ahora, de dos motivos que, por lo demás, resultan de una mezcla de sensaciones –y reconozco que para los demás no podrían ser más que producto de un proceder inverosímil. Por un lado, se habita una especie de desencasillamiento: no hay mayor incertidumbre que saberse fuera de lugar; y por el otro, tras el balance del tiempo siempre se queda a deber, sean cuales sean los factores que intervengan en la operación. Levantarse tarde trae, invariablemente, un déficit que, hay que dejarlo claro, no se recupera por más intentos que se hagan.

“Le debo una canción a la sonrisa, / a la sonrisa de manantial, ésa que salta; / le debo una canción a toda prisa, / para que quede que estuvo cerca, agazapada. / Le debo una canción a lo que supe, / a lo que supe y no pudo ser más que silencio; / le debo una canción, una que ocupe / la cantidad de mordaza, amor, de un juramento. / Le debo una canción al oportuno, / al oportuno mutilador de cuánta ala; / le debo una canción de tono oscuro, / que lo encadene a vagar su eterna madrugada”
Silvio Rodríguez, “Testamento” en Rabo de nube

Imagen: fotosgrises.blogspot.com

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