miércoles, 14 de mayo de 2008

Jardín de senderos


Antes de entrar al supermercado ya se ha hecho una elección previa: ir a ese establecimiento –y no a otro– a adquirir lo necesario para sobrellevar las más fútiles condiciones de la vida. Cada tanto de tiempo se vuelve necesario elegir entre las opciones a la mano; a veces se atraviesa la imposibilidad y no se elige, se acepta nada más.
Y allí dentro del súper todo es elección, se pone en marcha un proceso contrario al “de tin, marín, de do, pingüe”: a menudo me enfrasco entre llevar un producto u otro (s), azuzado por el precio, por las bondades que se anuncian en la etiqueta, por el tamaño en proporción directa con otro de igual o menor precio, o porque se trata de una marca de mermelada ya probada, y es que la inercia nos lleva a decir para los adentros “más vale malo por conocido que bueno por conocer”; a menudo, también, lo elegido no satisface las expectativas o en contadas ocasiones las rebasa, pero el asunto, en suma, tiene que ver con un juego cuyas cartas no dan para divagaciones: una decisión.
Las elecciones, nimias o trascendentes, siempre nos cercan, a toda hora, no dan tregua; si todo fuera como aquel jardín de senderos bifurcados o laberintos cuyos pasillos en su totalidad acaban en muros, tendríamos que inventar otro modo de transitar por la cotidianidad: avanzar, retroceder, girar, detenerse, husmear, tantear, avistar, imaginar, adivinar, todas son acciones que delimitan el marco de acción en el que nos movemos, el número de dedos con el que contamos para abarcar lo que creemos nos es necesario.
A cada paso dado el horizonte cambia, a cada palabra dicha el renglón crece, a cada vuelta de página el número restante disminuye o, si se quiere, el número que se acumula aumenta.

“La imaginación es un pizarrón vacío para que la memoria exhiba sus imágenes”
Mario Levrero, El discurso vacío

(Al post subido en días anteriores titulado “Uno es” por fin le agregué el texto que se había extraviado, por si los que pasan por aquí quieren echarle un vistazo.
Ahí se los dejo: en Ámsterdam, capital de Holanda, actualmente se discute en el Congreso una ley que permita sostener relaciones sexuales en los parques públicos. Se lo comenté a un chompa y esto fue lo que dijo: Y eso ¿en qué beneficia a la persona? Otro, le objetó: en sus finanzas, ya no va a tener que gastar en moteles. ¿….?)
Imagen: www.arteamundo.com

jueves, 8 de mayo de 2008

In extremis



En Guanatos todos los días miles de personas practican un deporte extremo: viajar en camión. Subirse a una unidad de transporte público supone ya una maniobra arriesgada: más de alguno ha ido a morder el polvo al trepar los escalones porque el chofer ha hundido el acelerador urgido por ganar pasaje, por jugar carreras con otra unidad de la misma ruta, por las deplorables condiciones del camión, por ir embebido con las rolas de la Ke Buena, o por alcanzar a la mujer que camina por la acera contoneándose en un ritmo mariposero y silbarle o lanzarle un piropo.
Transitar en automóvil también tiene sus asegunes: el tráfico vehicular es cada vez mayor, los automovolistas son cada vez más groseros y frenéticos frente al volante, los cajones de estacionamiento resultan insuficientes –esto se agudiza si consideramos que los espacios públicos ya no lo son más, pues ahora tienen dueños: los apartalugares, viene-viene o miembros de la cofradía de la santa cubeta–; un conocido cambió su auto por una moto y siempre que viaja lleva en la espalda esta leyenda “un auto menos”.
Una opción descabellada por todo lo anterior, es limitarse a ser peatón, pero Guanatos es una ciudad pensada para automóviles no para peatones. El peatón, frente a los automotores, no existe, es un ciudadano-gasparín: no se le cede el paso, se le arrincona en las aceras –que cada vez son usadas más como estacionamiento–, se le persigue; es, en suma, una presa puesta al mejor postor de toda la gama de bólidos que surcan nuestras calles.
Quizá podría recurrirse entonces a la bicicleta, pero este vehículo, en condiciones semejantes a la motocicleta, no comporta seguridad, y lo que es más, puede ser fácilmente blanco de una embestida de automóvil.
El asunto de la movilidad en la ciudad puede resolverse, de a poco, con la instrumentación de líneas del metro o tren ligero, en su defecto. Se trata de un sistema de transporte rápido, seguro, no contaminante, barato, y capaz de articular una urbe que se desparrama sin ton ni son.

“El puerto que sueño es sombrío y es pálido / y a este lado el paisaje está lleno de sol… / Pero en mi espíritu el sol de este día es un puerto sombrío / y las naves que zarpan del puerto son esos árboles al sol”
Fernando Pessoa, “Lluvia oblicua”

(“Un metro para Guadalajara” anda por la ciudad recabando firmas para llevar adelante un proyecto de transporte que nos urge.
“Hasta donde llega la corrupción y la compra de árbitros”: esta frase la dijo un amigo al enterarse del resultado de ayer de los azulcremas en Brasil. Buen resultado, por otro lado.
Ahí se los dejo: Cien mil muertos pudo haber dejado el ciclón que azotó Birmania en días pasados. Dicen algunos, al respecto, que uno de los jinetes del Apocalipsis se adelantó un poquito.)
Imagen: www.es.geocities.com

miércoles, 7 de mayo de 2008

Memoria común


Si revisar el pasado significa, como dice Pitol, entre otras tristezas, contemplar un mundo que es, y al mismo tiempo ha dejado de ser, el mismo; entonces también hablamos de un ejercicio cíclico, como la vida: volver los ojos y colgarlos en un punto fijo, traer a cuento un hecho amarillento de tan lejano, enumerar los objetos y señales ya inexistentes en las aceras del barrio donde crecimos, no son más que estampas prendidas con alfileres en los cuadernos que atesoramos y preservamos del inexorable paso del tiempo.
Caer presa de ese monstruo de ensoñación, parafraseando a Pitol, provoca el extravío del pasado, de su forma concreta: los años son botones de un ramo inasible, arrugas de un rostro que, ajado y polvoriento, pasa los días tratando de reconocerse frente a un espejo que, resplandeciente en algún rincón, devuelve sólo las certezas que se fueron guardando sin pretensión de recordarlas.
La memoria es como el escarabajo que poseía el protagonista de Cronos, aquella primera película de Guillermo del Toro: si se le aprisiona sus patas acaban por atravesar la piel, donde abre un surco para que la sangre escurra y el dolor sea la única música que se escucha.
Encontrar, por casualidad o causalidad, un rostro conocido, “podía desvanecerme el entorno inmediato y retrotraerme a los infiernos o edenes del pasado”, agrega el escritor veracruzano. La mecánica está señalada: si en un momento se decidió prescindir de los días, de alguna manera ellos se las ingenian para plantarse ante nosotros: la memoria, como la vida, es extrañamente cíclica.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo….”
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad

(Las notas sobre Pitol fueron tomadas de “La herida del tiempo” en El arte de la fuga.
Ahí se los dejo: hoy he leído en una nota publicada en El Financiero que la Chica Azul me hizo llegar, que además de componer la música para Tiempo de gitanos, Sueños de Arizona y Underground de Kusturica, Bregovic compuso la de El tren de la vida, de Radu Mihaileanu.)

Imagen: www.siicsalud.com/imagenes/icicatricesb.gif

martes, 6 de mayo de 2008

La carretera


Mi madre, hace muchos años, en un programa que se transmitía en la legendaria estación de Radio Gallito, solía escuchar una canción con un solista indígena, creo que de la comunidad cora, y cuyo nombre no puedo recordar ahora, en la que se hablaba de una mujer que había muerto tras haber sido atropellada tratando de cruzar la carretera. Se llamaba “La muerta”: el argumento de la canción era que se le aparecía sólo a traileros, a quienes les pedía un aventón, y tras algunos kilómetros pedía bajar.

La carretera bien puede ser un misterio: forzando los ojos es posible en algunas ocasiones vislumbrar hasta dónde llega, pero las más de las veces depara una especie de aventura, una extensa película donde convergen múltiples escenarios.
Si la vista se detiene, ¿qué hay más allá? Es necesario recorrerla para ir al encuentro de paisajes que lo mismo producen tristeza que un estado eufórico de animosidad.
Hay un riesgo siempre latente de temor, porque la carretera es como un juego prolongado de placeres y riesgos: bien se sabe que si uno sale a carretera, entre muchas posibilidades, quizás ya no regrese más, quizás se trate del último recorrido de ida, o tal vez tenga lugar un eterno retorno donde igual se suceden curvas, rectas, pendientes, descensos brumosos, y al final no haya un metro más allá de donde se pisa el freno: el abismo tiene rostro y cuerpo, y se le habita cuando menos se piensa.

En un disco que un chompa me hizo favor de grabarme de canciones de León Gieco, no sé cómo fue a parar ahí una rola de Jaime López –creo que mi chompa a estas alturas no sabe que agregó esa canción– que habla sobre una mujer de blanco que, a orillas de la carretera, pide aventón, y curiosamente como la del indígena, sólo se sube a tráilers.

“…y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras…”
Julio Cortázar, Rayuela

(El post anterior por un error apareció sin texto; probablemente mañana le agregue las letras que por ahí se quedaron.
La costa jalisciense revienta de calor: no basta con meterse a ese oasis, sino que hay que buscarle todos los pies posibles a las palmeras.
Ahí se los dejo: hace poco, en la escuela se armó un diálogo-debate que satisfizo a más de alguno; el meollo fue éste: ¿quién o quiénes, y por qué, decidieron cuáles nombres debían figurar, por ejemplo, en la lista de autores del llamado boom latinoamericano? Porque, déjenme decirles, olvidaron incluir al peruanísimo Julio Ramón Ribeyro. He dicho.)
Imagen: www.ojodigital.com

viernes, 2 de mayo de 2008

Uno es


“Uno es los libros que ha leído, las pinturas que ha visto, la música escuchada u olvidada; uno es la infancia, la familia, los amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas…”, escribe Sergio Pitol en El arte de la fuga, cuando recuerda particularmente sus estadías en Europa y sus continuas vueltas a México, antes de radicar en nuestro país definitivamente a partir de 1988.
Uno, agregaría yo, también es lo que escribe, y si se tiene la fortuna, también lo que escriben sobre uno: se trata de una especie de conformación por partes, de un rompecabezas de miles de diminutas piezas. En este apartado no se tiene injerencia, y el perfil es delineado en su totalidad por aquél que nos regala algunos de sus renglones.
Silvio canta que hay que desconfiar del hombre “que no tiene hijo, ni árbol, ni libro”: todo ello se inscribe asimismo en esa configuración que nos proyecta hacia lo externo, sin considerar la recepción o el rechazo de nuestros semejantes.
Uno es lo que es a partir de lo que otros también le endilgan: lo escrito sobre alguien puede ser verdad o no, puede disparar la filia o la animadversión sobre el personaje en cuestión. Sin embargo, hay otras aristas que se pueden explorar al momento de la escritura: aquellas que nos conducen a conocer pasajes poco divulgados, situaciones del pasado relegadas a rincones de otro modo inaccesibles, misterios hasta entonces no develados, mitos que parlotean alrededor de la verdad, incluso echar abajo falsedades por tanto tiempo anidadas en la imaginería popular.
El misterio, no obstante su cualidad insalvable, es la aureola que todos llevamos sobre la cabeza: en todos hay algo que todavía no ha sido revelado, descubierto, puesto a la luz, ido de boca en boca.

“El silencio es el estado natural del universo: estuvo aquí antes de la humanidad y permanecerá después de que ésta se haya extinguido”
Luis Jorge Boone, “Tres palabras. Notas alrededor de la poesía”

(Hay algo de insano en los “puentes”: el cuerpo se acostumbra a un descanso prematuro.
El tiempo se deja venir con todas sus artimañas: no basta con hacerse a un lado, pues en su regreso puede lograr la embestida.
Ahí se los dejo: Un japonés ‘on the rocks’: según algunos expertos, el mejor whisky del mundo se elabora en el país del sol naciente. ¿Y los ingleses e irlandeses dónde quedaron?)

Imagen: www.ojodigital.net/data/501

miércoles, 30 de abril de 2008

De la patada


“El futbol es sufrimiento, pero bien vale la pena…” decía en un reportaje antier por la noche un comentarista televisivo. Las imágenes, entre otras, que acompañaron tal declaración incluían: los rostros, desencajados y llorosos, dolientes y trabados, de aficionados y jugadores de Veracruz, equipo recién descendido a la segunda división (que aquí, por una cuestión engañosa y obedeciendo un triste formulismo, se han empeñado en llamar primera división “a”).
El futbol es capaz de acrisolar, entre sus adeptos es obvio, un sinnúmero de manifestaciones, estados de ánimo y actitudes que resulta difícil que alguien ponga en duda su poder de aniquilamiento: el aficionado ya no depende de sí mismo, le ha entregado su alma al diablo, que lo ha seducido al presentársele en forma esférica.
Juan Villoro, por su parte, propone en Dios es redondo que el futbol es más que un ejercicio lúdico: no obstante que se trata de la actuación de 22 de pantalón corto sobre el césped que (¿para qué negarlo?) arrastra multitudes, se habla asimismo de la práctica de un juego cuyo escenario puede desbordar la vida, porque las pasiones desde hace mucho han sido rebasadas.
Sin embargo, hay quien dice que el futbol es un concierto (¿des-concierto?) desarticulado de patadas y sudor a chorros (¿tanto, para anidar una pelota en un recuadro blanco?): la armonía viene dada, objeta Villoro –y yo con él–, por aquel ritmo con el que la red recibe un balón que ha rebasado la línea de meta y un eco venido de las gradas se prolonga hasta el infinito, con precisión infinitesimal.
Anoto una última consideración mía resultante de lo que propone Galeano: El hincha –el aficionado, por utilizar el término que usa el uruguayo– es el receptáculo último, pero no por eso de menor valía, de un deporte que en su ejercicio da cabida a la magia y a deslumbrantes actos de pretidigitación, tras de los cuales un sombrero recorre las gradas en busca de un aplauso, un grito descollante o una multitud de rostros enfebrecidos e iluminados.

“Realmente me irrita este ruido, este partido que vuelve a colarse en mi vida cuando mi único proyecto era pagar los impuestos y envejecer con dignidad. Es decir, un proyecto de intelectual olímpico, goethiano. Y a medida que voy escribiendo renace en mí la bestia de grada, el militante rojiblanco, el seguidor de aquella entidad que era más que un club antes de convertirse en una empresa que vende sobrecitos proteínicos y curativos y aguas milagrosas
Manuel Vázquez Montalbán, citado por Villoro en Dios es redondo
(las cursivas fueron introducidas por mí, con total desfachatez y atrevimiento)

(Ayer, de nueva cuenta y para sorpresa de muchos, entre los que me incluyo, cayó una llovizna: la prisa por llegar a casa desapareció de pronto.
El sábado vi a algunos de Los Solos: parece que hay buen viento para que el proyecto de la locura llegue a buen puerto.
Ahí se los dejo: El sujeto austriaco, llamado por los medios como el "monstruo de Amstetten", que llevó en secreto una fiesta horrorosamente desquiciada por más de 24 años con su hija, me hizo recordar a Gabriel Lima, el protagonista de El castillo de la pureza de Ripstein que, vale anotarlo, se basó en algunos hechos reales ¿Será esto cíclico?)
Imagen: www.argentina.blogalaxia.com

lunes, 28 de abril de 2008

El señor de las palomas


La otra tarde, en un parque céntrico, leía, o hacía como que leía porque en realidad me cuidaba de que las palomas no hicieran blanco sobre mi cabeza, cuando un hombre, vestido de negro, descalzo –los talones de sus pies estaban ajados–, con suéter –el calor a esas horas modorras calaba con enjundia–, el pelo largo, sin peinar, melindroso, los ojos botados, acuosos, con un costal sobre la espalda se acercó a la fuente: llevó agua con sus manos a su cabeza en tres o cuatro ocasiones, y respiraba como si estuviera a punto de zambullirse en una laguna enorme. Prácticamente se dio un baño: en ese momento lo envidié, de alguna forma quise deshacerme de lo bien vestido que iba y de buena gana saltar al centro de la fuente. En esas añoranzas me entretenía cuando me di cuenta que yo no era el único mirón: quienes estaban en las otras bancas y aquellos transeúnsentes que iban o volvían del Centro, le dedicaron un momento y se le quedaban mirando: había en ellos algo que me hacía pensar que también deseaban mojarse públicamente sin más, olvidarse de todo y saltar como niños en los charcos que la lluvia deja a su paso.
Por un rato el hombre se quedó ahí, sentado en el filo del redondel, fijando la vista en nada en particular; sin querer me encontré con sus ojos: en ellos alcancé a ver una especie de vacío, de largo desierto caliginoso. Desvié la mirada. Al fin se irguió, abrió su costal y sacó una bolsa negra: en su interior vació algunos puños de agua, la cerró y la agitó una y otra vez y se dirigó a uno de los jardines del extremo: tras recargarse en un árbol, introdujo la mano en aquella bolsa gelatinosa y comenzó a arrojar puñados de migas húmedas a las palomas que, en cuestión de minutos, lo rodearon, le hicieron valla, se le encaramaron como si se tratara de un monumento de cantera o bronce: se me figuró que el hombre era una mole de palomas que aleteaban y planeaban sobre las bancas y la fuente y remontaban la ciudad entre gotas y migas….

“Antes de que nos olviden, haremos historia….”
Caifanes, “Antes de que nos olviden”, en El Diablito

(La ventana del depa de D. y V. es en realidad una caja de colores: al correr la cortina se abre ante los ojos una ciudad nueva, distinta cada tarde.
Bebesito trae zapatos ortopédicos: aún no lo he visto correr con esos armatostes bajo sus pies.
Ahí se los dejo: el IMSS reveló que el año pasado se dieron diez embarazos en niñas menores de 10 años. ¿Puede haber algo más parecido al horror, a lo perverso?)

Imagen: http://fotoblog.dispersi0n.net