miércoles, 6 de agosto de 2008

Domingos de mercado ambulante


Los domingos por la mañana a últimas fechas se están convirtiendo en domingos de tianguis: hay muchos y famosos por toda la ciudad, lo sé, pero me he ceñido a territorio conocido y recorrido desde hace mucho tiempo. Apenas me levanto, incluso sin desayunar –“con la panza de farol”, se dice-, me lanzo al tianguis, que inicia a dos cuadras de casa, con la vehemencia de quien está a punto de avistar tierra después de meses de navegación tormentosa.
La colonia en la que vivo, que es la misma donde nací y crecí –dice un amigo a este respecto: “tú naciste en Zapopan y creciste en ninguna parte”-, en el mismo día por dos de sus principales calles han asentado sus reales dos tianguis: en el primero, el más antiguo del domingo, se encuentran, sobre todo, puestos de fruta y comida; y en el segundo, un poco más joven, también hay fruta y comida aunque en menor cantidad, pero además hay una larga franja donde se venden chácharas; este último es el que me ha dado por recorrer casi con fervor. La Chica Azul, permítaseme un paréntesis, dice que por todo lo que implica un tianguis llegará un momento en que desaparecerán; mientras eso sucede –si es que acontece tal cosa, porque yo lo dudo- me consagro a seguir descubriendo cada domingo un cuadro nuevo en esa inmensidad de voces y puestos alineados con meticulosidad: la vivacidad de los rostros que hurgan entre tanta mercancía sólo es comparable con aquella desmesura que supone desenterrar algo muy preciado pasado un tiempo de anhelarlo con frugalidad.
Los tianguis, según tengo entendido, existen desde los tiempos de los aztecas: en aquéllos la moneda de cambio era el trueque; a muchos años de distancia, en algunos puestos de chácharas todavía funciona ese mecanismo de tasar los objetos según su apariencia en contraposición con aquello que se quiere cambiar o adquirir. Así, por ejemplo, en este tianguis sin faltar cada domingo está el anciano, con apariencia de sabio reservado, que ofrece billetes y monedas antiguos por monedas y billetes no tan viejas. O el tipo –del que ya me he hecho cliente- que despliega sobre un mantel viejo y roído un buen número de títulos –libros viejos- a precios considerablemente bajos si se les compara con los de las librerías establecidas. O el cuate –que apenas descubrí este domingo pasado- que vende películas “todas de culto, amigo, no chingaderas”; tras un rápido vistazo pude leer algunos títulos interesantes y, valga decirlo, a un muy buen precio y, tal vez sobre decirlo, todas piratas. Y tantos tantos especímenes que se desgañitan sin medida ofreciendo cuánta cosa pueda uno imaginar, y las que no se imaginan también: el retrovisor izquierdo de un auto de modelo más o menos antiguo arrancado de tajo en un choque, cientos de pares de zapatos desgastados y casi en desuso boleados para montarlos en el escaparate dominical, muebles desvencijados que más que pretender venderlos merecerían una jubilación más honrosa, amasijos de cargadores de celulares (hoy desaparecidos: léase, robados) y de todo tipo de artefacto electrónico, toneladas de ropa de más o menos buen ver aunque la mayoría maoliente y percudida, multitud de enseres domésticos, discos, juguetes, balones, cortinas, plantas, bicicletas, manteles, herramientas, posters, entre tantos montones que apilan cientos de objetos.
Recorrer un tianguis supone cansancio, y más aún si se considera que, entre detenerse en algún puesto o rodear a aquel entramado de gente que pregunta por todo y nada compra, al final, la distancia recorrida puede sumar dos o tres veces la longitud del tianguis de ida y vuelta. Un tianguis –mercado ambulante, como le llaman también- adquiere una rotación propia, ajena al devenir del día que transcurre, pues en él se acrisola no sólo la más pública intención comercial de los tianguistas –cuyo reloj obedece a devenires internos no del todo visibles-, sino también la más secreta pretensión de todo aquel comprador que al preguntar un precio en realidad deja entrever una carencia, y no por eso se amilana.

“Viviré en tu recuerdo / como un simple aguacero / de estrellitas y duendes; / vagaré por tu vientre / mordiendo cada ilusión”
Juan Luis Guerra, “Estrellitas y duendes” en Bachata rosa

Imagen: www.home.arcor.de

No hay comentarios: