lunes, 11 de agosto de 2008

El juego


Tan de moda en estos días el juego, puesto que las Olimpiadas se nutren de éste en sus distintas disciplinas, ¿qué es? El juego, y nos referimos, por supuesto, al juego organizado, al que es ejecutado por atletas de alto rendimiento -pelotones de mujeres y hombres que se vuelven ágiles y fuertes en solitario para probarse a sí mismos ante estadios repletos y extasiarse con los vítores y los aplausos que bajan en oleadas a la pista de tartán, a la alberca, al gimnasio, a la duela, al ring, etcétera; porque “…no hay juego sin público. Pero el verdadero público en realidad jamás va a ver jugar, sino que a ver ganar a su equipo y, en ocasiones, ni siquiera eso: va a ver perder al otro equipo”, apunta Juan Nuño en “Teoría de los juegos”. -Permítaseme apuntar que un amigo, lo ha confesado no una vez sino varias, se dice más satisfecho cuando pierde el acérrimo rival de su equipo favorito que cuando éste gana.
El juego tiende a ser, sea cual sea éste, una representación de la realidad, nunca la realidad como tal; es decir, el juego, a partir de ciertas condiciones, habrá de escenificarse y, al final, arrojar algún resultado; sin embargo, el juego, engrandecido y vilipendiado a la vez, también puede no ser más que un ejercicio de potestad del más fuerte para con el menos poderoso: la diferencia entre los participantes o competidores –hoy la competencia rige toda partida o secuencia eliminatoria- no es otra cosa que el endilgamiento de una etiqueta según la cual se gozan de privilegios o de un pronto olvido: vencedores y derrotados, cuerpos erguidos o cabizbajos, palabras halagadoras o frases de conmiseración.
“…en la práctica, todo juego se reduce a competencia, es decir, a lucha, esto es, a esa forma de ser tan esencial que es la agresividad humana”, agrega Juan Nuño. Y es que aquella máxima que fue en un principio la base de las Olimpiadas, “lo importante no es ganar sino competir”, ha quedado sepultada bajo los escombros de una imagen que desde hace tiempo viene conformándose como la piedra angular del espectáculo deportivo, aún cuando las posibilidades del atleta no alcancen para satisfacer a todos los espectadores que presencian en vivo su prueba o lo atisban por televisión: la supremacía lo es todo, no hay lugar para nada más.
Tan arriba se está un momento como tan pronto se puede ver abajo: “El público hace del atleta su ídolo, le atribuye virtudes que quisiera poseer, y, detrás de la opulenta trabazón de músculos, supone atributos heroicos que no existen, aún más, que el atleta niega”, aventura Álvaro Mutis en “La miseria del deporte”.
Visto así, el juego, con una marcada tiranía de lúdico, puede conducir al espectador a estados enfebrecidos que le nieguen de pronto la esfera de la realidad: el optimismo o el pesimismo suelen ser los ejes sobre los cuales gira en las gradas toda competencia. Y ¿qué lugar es más importante, dentro de esta parafernalia de destreza y fuerza, que las gradas? Es allí donde, no obstante la existencia de un manual de comportamiento que podría resumirse en que hay que vitorear o abuchear o sólo contemplar, se trata, apenas uno se sienta, de asumir una actitud para la cual, como en los “voladitos”, no se está preparado nunca.

“Atravesando muros, atmósferas, edades, / tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto) / viene desde la muerte, desde antes / del primer día que despertara al mundo”
Jaime Sabines, “Me dueles”

Imagen: http://www.lauraubeira.com/

No hay comentarios: