miércoles, 20 de agosto de 2008

A menudo pienso en eso


A menudo pienso en eso: y por más vueltas que le doy continúo así, girando sobre el mismo eje, sin avanzar ni pa’tras ni pa’lante, como lo canta el maestro Zitarrosa. Pensar demasiado en algo no precisamente acaba por aclararlo; al contrario, en ocasiones aquello que se piensa se vuelve algo neblinoso, como si una desorientación se materializara (y si es que esto fuera no sólo posible sino pronunciable).
Lo que se piensa a veces tiene tantas posibilidades que se podría vislumbrar como un tronco mil veces ramificado: las opciones, a la mano o aquellas no tan a la mano, no terminan por definirse, antes bien parecieran ladrillos que se trenzan unos con otros con la intención de convertirse en una muralla, rocosa, con aires de que nada podría echarla abajo.
Y eso que pienso —eureka: ahora tengo una certeza— no es más que un remolino ante el cual no hago más que dejarme llevar: pero pronto me doy cuenta de que a donde me conduce no es un lugar precisamente de aguas tranquilas, claras o luminosas; se trata de un espacio al que no es posible hallarle cuadratura y que, sin temor a equivocarme, nadie ha podido señalarle salida alguna: entre más me adentro la sensación de sentirme engullido crece con pretensiones que amenazan con rebasar todo límite.
Así de peligroso puede ser el pensar: y más cuando aquello que se piensa se vuelve un tema recurrente, no hablado sino una masa que se solaza en ese cielo nebuloso de la cabeza. Eso que a menudo pienso, por más que quisiera, no tiene otra manera de asirlo, de aprehenderlo, de tomarlo por el cuello y apretar hasta volverlo lánguido: lo pensado solamente, como una condena inapelable, puede ser pensado, y esto adquiere un aire de verdad absoluta si tomamos en cuenta que lo que cada quien piensa no siempre acaba fuera de la cabeza, se queda allí, rezagado, colgando de la nada, arrinconado, condenado a no salir a tomar el fresco.
Y entonces el elote se desgrana y asoma la mazorca: los pensamientos tienen la extraña cualidad de repetirse infinitamente si no se les pone un alto, si no se les sale al paso y se les corta de tajo toda emoción decidida a multiplicarse.

“Carito, yo soy tu amigo, te ofrezco árbol para tu nido. Carito, suelta tu canto, que el abanico de mi acordeón lo está esperando”
Pablo Milanés, “Carito”

(Este blog no había sido actualizado por motivos tan disímiles como inadmisibles: así que perdóneseme mi falta de escritura, nada más que mi falta de escritura.
La Chica Azul ha estado continuamente: sus olas vienen y me dejan, aún cuando ya se haya ido, su sombra, que me hace compañía mientras aparece de nuevo en el horizonte de mi ventana.
Ahí se los dejo: ¿quién puede reprocharle a México que hasta el momento sólo haya conseguido dos medallas: una de bronce y una de oro en las Olimpiadas? ¿Quién? ¿Quién osará hacer eso? Desde esta esquina puedo aventurar que: nadie tiene derecho a hacerlo.)


No hay comentarios: