viernes, 1 de agosto de 2008

Una década más un año


En estos últimos días he recordado mucho a mi padre (murió hace ya nueve años), entre otras cosas porque hay en mí una desazón constante de que nuestra relación pudo haber sido mucho mejor si yo hubiese puesto de mi parte. Es tarde ahora pretender eso, pero le sigo dando vueltas al asunto. Y esta añoranza se acentuó el domingo, cuando Kari mientras comíamos, se rió de pronto, y es que se acordó de que Daniel, siendo más chico, decía: “Mi papá se peina de puentito”. Al momento yo también reí, y el Pecas también acabó carcajeándose: al instante trajimos aquella imagen que todavía hoy nos causa extrañeza. Ciertamente, mi padre tenía un modo muy peculiar para peinarse. Los cuates del barrio, lo recuerdo bien, decían que ése era “un peinado de tres picos”. En realidad, nunca pude seguir la trayectoria de su pelo: la raíz aparecía por un lado pero nunca su final. Era como una enredadera. Al levantarse, siempre temprano, antes que el sol, lo primero que hacía era peinarse: frente al espejo del baño exprimía sobre su cabeza un limón, y luego lo arrojaba al piso, nunca al bote de basura. Sacaba su peine de su bolsa trasera y comenza ese proceso que se me sigue antojando difícil: de un extremo a otro de su cabeza delineaba su cabello, y entre estas líneas se elevaban tres picos, uno al centro, más elevado, y otros dos en los costados, mucho más pequeños. ¿Dónde aprendió a peinarse así? No he visto jamás algo parecido en esos catálogos que pueden hojearse en las estéticas o peluquerías mientras espera uno su turno. ¿Habrá visto ese peinado en algún otro lugar, en alguna otra cabeza? O ¿fue una invención suya? De ser así, podría hablarse de un innovador real, que, valga decirlo, hoy no hay quien siga esa moda, no hay discípulos que prolonguen su concepto de comodidad. Quizá esa estética suya era producto solamente de la cantidad de pelo que tenía. Él no usó jamás sombrero ni cachuca, todos los días su peinado estaba ahí, intacto, desafiante ante vientos y lluvias. Al final del día, algunos cabellos rebeldes se desprendían del yugo limonesco y semejaban resortes recién disparados de un colchón viejo: adquiría un aire de científico loco, pues no trataba nunca de alisarlos, y alguna vez le escuché decir que uno debía peinarse una sola vez al día. En el fondo, aquel peinado suyo me agradaba, había en él algo de inventiva, de rebeldía ante lo común, de trabajo bien hecho.

“Para mí el tiempo tiene / el color de la arena, / el crujido sutil de la hojarasca. / …tal vez por eso espero la tarde y el momento / en que el cielo se pinta de memoria.”
Carmen Villoro, “En sepia –II-” en Que no se vaya el viento

(Este texto lo publiqué hace poco más de un año en el anterior blog: hoy lo reproduzco aquí porque precisamente en este día se cumplen once años de la muerte de mi padre.)
Imagen: http://www.arteamundo.com/

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