miércoles, 5 de mayo de 2010

Fui, volví


“Volando vengo, volando voy” canta Manu Chao (creo). Nada mejor que esa frase para describir esta situación de salir de la ciudad en la que se vive y retornar en unos cuantos días –Gdl-Zac-Zac-Gdl–; nada mejor para perfilar esa sensación que fue remontar cerros y más cerros y más cerros con figuras de sombrero y órganos bajo un toldo de nubes bajas que, con una actitud indiferente pareciera, cuidan a las vacas que, como la Chica Azul bien lo recordará, siempre están ahí, con la cabeza gacha, detenidas en sus 300 kilos, como si se movieran con una lentitud que llega a parecer un pasmoso estatismo. Su presencia, en los extremos de la carretera, es invaluable.
Algunos se refieren a estos espacios que se abren entre las actividades cotidianas –“puentes”, les llaman– como “escapar” de la ciudad, como si de un monstruo enorme se tratase. No lo considero yo de ese modo. La ciudad no resulta tan abominable –no lo es– si se le sabe encontrar sus bondades, y más aún, disfrutarlas lo más posible. Salir de una ciudad para meterse en otra, para otros tantos, no tendría ningún sentido de descanso, o variación de panorama, o alteración del horizonte; sería, a lo mucho, como apagar la luz y al encenderla encontrarse de frente con el mismo muro. De Guadalajara a Zacatecas, sin embargo, emergen dos visiones que en nada se parecen. Quien haya estado aquí –en Zacatecas– lo sabe de antemano.
Y una cosa es salir de la ciudad siempre querida y todos los días acunada, y otra muy distinta es salir de sí. En un viaje relámpago a una ciudad cercana se conjugan ambas cosas. Se sale de aquello que se supone reconocimiento de lo propio para aventurarse en lo ajeno, y también, y de algún modo, se sale de sí, de aquello que supone la argamasa de huesos y piel que nos contiene. En cualquier viaje, queda la advertencia ya señalada por el nativo de Azinhaga, nada está asegurado, salvo una sola cosa: el retorno a sí mismo cuando el espíritu descanse de conocer y ver cosas que, es cierto, otros ya habrán visto; pero que son una primera visión “para el viajero”.
En unas horas emprenderé el regreso; estoy acá desde el sábado pasado. Todo ha sido descubrir, contemplar, compartir, conversar, dar. No hay actitudes mejores cuando se está lejos de casa, cuando lo acogen a uno en un lugar distinto, donde las costumbres no son las mismas, ni los rostros parecen tan cercanos. Las tardes de este lado avientan al aire sus últimos rescoldos y entonces la noche recibe la señal para apropiarse del ambiente: algo nunca visto en otros lares. Sin embargo, en la víspera, comparto lo que bien escribe Saramago en Viaje a Portugal, “el viajero se va,… pero afirma y jura que, en cierto modo que no sabe ni cómo explicar, sigue sentado al borde de la carretera”.
(en Zacatecas, alrededores del Museo de las Máscaras.)
(este post estaba programado para subirse la mañana de ayer, pero por cuestiones técnicas y de Internet no fue posible.)

“(….) Pero ¿qué cosa dicen de las cosas los nombres? / ¿Se conoce al gallo por la cresta / guerrera de su nombre, gallo? / ¿Dice mi nombre, Eduardo, algo de mí? / Cuando nací ya estaba escrito el nombre, / mi nombre, / pero creció conmigo / como un zarzal de letras, / penetró en la sangre / que llenaba apenas el fondo de la copa, / tiburón en playas bajas. / Fue prendiendo sus garfios a mi cuerpo, / se enredó con mis vísceras, / infló un segundo, verde corazón / junto al mío. / El nombre deja marca (….) / Y nada, pese a todo, dice el nombre de mí. / Tener nombre no es nada, cosa en el vuelo.”
Eduardo Lizalde, “2” en Cada cosa es Babel (1966)

Imagen: polycarpio.blogspot.com

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