
El dentista, de entre esos personajes que se dedican a cuidar la salud de las personas, sobresale por su actitud ausente ante el dolor, literalmente, de una boca abierta –al menos los que he visitado alguna vez. Su osadía para hurgar en las profundidades abisales de la cavidad bucal es digna de otras batallas, quizá de ésas que se libran para reivindicar alguna causa que se vislumbre ya perdida. Al principio, se muestra amable, conversador, incluso condescendiente; al entrar en materia su rostro muda implacable e imperceptiblemente.
El consultorio del dentista no podría ser más desolador, tan quirúrgico en su opacidad y limpidez. Dos o tres sillas en el pasillo –que no sala– de espera, donde una tímida planta denota un halo de vida que, en el fondo, no lo es tanto: su presencia es una mascarada. De la pared cuelga un cuadro al óleo de un pueblo perdido en la geografía mexicana, donde dos o tres transeúntes salpican alguna calle empedrada, casas con tejados y un campanario de iglesia que sobresale de entre toda la postal. En algunos hay la presencia de una chica que lleva la agenda de citas del doctor. Y unas pocas revistas desperdigadas, deshojadas y de espectáculos la mayoría, cuando no de descubrimientos y avances científicos. Nada más. Higiene pura. Parco recibimiento e igual estancia.
El paciente que sale en aquel momento de la sala “de operaciones” vaticina que el ingreso en aquel lugar no va a estar exento de dolor e inquietudes. Su cara es más un legajo de pesares y gestos distorsionados que el de alguien que se marcha aliviado de una molestia hasta ese instante incontrolable. Y allí, en el umbral, ya no es posible dar la vuelta y “poner pies en polvorosa”. La cosa agranda el temor cuando el dentista asoma y su indumentaria semeja a la de una multitud de personajes salidos de las más abruptas imaginaciones. Presencia que no mengua cuando estira el brazo y saluda con un compadrazgo que data de años atrás.
El ambiente en que uno hace lo que le gusta puede diferenciarse en mucho de otros semejantes. Alguna vez acompañé a un amigo con el dentista y éste trabajaba en un silencio total: aquel consultorio de tres por tres era un espacio sepulcral que embargaba de cualquier modo. Si algún ruido interrumpía su labor lanzaba pestes blandiendo el bisturí al aire. El dentista que arrancó de tajo mis cuatro muelas, por ejemplo, cantaba en francés mientras hacía su trabajo: de pronto se dirigía a mí en aquel idioma, al poco rato recapacitaba y me pedía con voz modulada que no cerrara la boca porque podía salir lastimado.
“Sólo dos cosas quiero, amigos, / una: morir, / y dos: que nadie me recuerde / sino por todo aquello que olvidé.”
Eduardo Lizalde, “Epitafio” en El tigre en la casa
Imagen: peonymesias.blogspot.com
1 comentario:
Al menos el tuyo canta en francés, supongo que en ese idioma el dolor se alivia más rápido o al menos lo distrae.
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