
En mis recorridos por librerías de viejo encuentro volúmenes que acusan todo tipo de descuidos y maltratos; los hallo deshojados, mutilados, garabateados –que no subrayados–, con secuelas de haber sido mojados, pegados –al tratar de despegar las hojas éstas se trozan–, manchados de toda clase de líquidos, algunos incluso contienen recados casuales, números telefónicos, recordatorios de cumpleaños y dibujos de corazones que encierran dos nombres. No son pocos, además, los que he abierto y en las primeras páginas presentan sendas dedicatorias: porque fueron objeto de regalos, y unas pocas escritas por el mismo autor del texto y dirigidas a aquél que en algún tiempo lo poseyó.
Pero de lo que quiero hablar aquí es de los libros subrayados. De esa afición-hábito-costumbre-debilidad de subrayar los libros que se leen. Hasta hace tiempo me negaba a rayar mis libros, pero poco a poco he sucumbido a esa tarea, movido, en primera instancia, por resaltar pasajes, frases, o tan sólo una palabra que me resultan interesantes, provechosos. De entre algunos textos adquiridos en librerías de viejo he conseguido algunos subrayados (que, como Andrés Henestrosa, en cuanto tenga oportunidad los cambiaré por otros que no lo estén): a algunas rayas y anotaciones no les encuentro sentido, pero otras arrojan luz sobre pequeñas reflexiones o vastas inquietudes de un lector anterior.
En esto de los subrayados hay quienes utilizan lápiz, pluma, colores; el “Google”, un chompa que es una biblioteca andante, utiliza chillantes marcatextos. El grueso de los trazados varía también de la intención: o apenas se delinea el color o se trata de de dejar una plasta que sea de fácil localización. Y no es que se trate de hacer un resumen, sintético a más no poder, de la obra en cuestión: se trata, más bien, de ir dejando pistas que conduzcan a una mayor compresión de lo leído. Las rayas resaltan en las páginas llanas, llaman la atención al primer golpe de vista: son como los pasos de cebra peatonales en las calles.
Hace algunas semanas conversaba con Elda sobre los libros subrayados. Ella decía que hojear un libro subrayado ajeno equivalía a conocer un poco más a la persona que trazó aquellas rayas: en esas anotaciones y renglones delineados se encuentran señales inequívocas de alguien. “(…) resultan imprescindibles los volúmenes subrayados con esmero, ideales para la relectura a saltos”, anota Juan Villoro en “La biblioteca errante”. Y es que un texto subrayado es eso precisamente: una guía que conduce de la primera página a la última sin necesidad de pasar los ojos una por una (dado el caso, por supuesto). Una especie de tablero rayuelístico.
“Las cosas se distinguen de las cosas aullando, / piden su nombre a gritos, / reclaman su poeta. / Tienen sus cuatro patas / bien puestas en la tierra, las cosas: / mesas, garzas o serpientes, / y dan su flor cuando alguien / las reconoce en el coto cerrado y expansivo / del lenguaje, / premonición de un huerto / donde el agudo olfato distinguiría / los frutos de injertos posteriores. // Así la cosa azúcar endulza la palabra / con la materia viva en que se fundan / el vocablo y sus torres literales. // Azúcar, pronunciamos, / y un río de miel golpea / las bocas de los niños.”
Enrique Lizalde, “4” en Cada cosa es Babel (1966)
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