jueves, 13 de mayo de 2010

Hecho en México


En estos tiempos de festejos por el centenario y el bicentenario de dos hechos que marcaron nuestra historia nacional, cito unas palabras que escribiera Juan Villoro el primer domingo del año 2000, dándole la bienvenida a ese año, al decenio, al siglo, al milenio: “parece que México seguirá poblado de mexicanos”. Qué remedio, dirá más de alguno. La frase de Villoro pareciera del todo sencilla, nada profunda; sin embargo, si se le mira con detenimiento es posible percibir que se trata de un vaticinio: México es para los mexicanos. Para todos los mexicanos: los nacidos aquí y los que lo son por adopción –previa decisión propia, o ajena.
Entre nosotros es muy dada la descalificación, máxime si se trata de algo hecho aquí o de alguien oriundo de estos lares. Es tan endeble esa raigambre que nuestra identidad las más de las veces sirve como tapete al momento de ensalzar otras culturas. Y para hablar de esto no me recargo en un nacionalismo trasnochado y despreciativo. Nuestras raíces es sabido que se hunden siglos atrás, cuando tuvo lugar aquella colisión entre los venidos del Viejo Continente y aquellos, menos avanzados, que ya poblaban estas tierras. México es producto de eso, y de mucho más; somos esto, y sin embargo poco se sabe, o se quiere saber de ello.
“El escarnio es uno de nuestros sellos”, escribió con sarcasmo Villoro en aquel texto titulado “El nuevo siglo mexicano” en La Jornada Semanal. Sin embargo, aquella metáfora del cangrejo que quiere salir de una cubeta pero le resulta imposible porque sus congéneres se lo impiden, no nos queda tan a la medida como tanto se pregona. Hay una pléyade de defectos que nos definen, es cierto, pero no todo es un negro panorama en multitud de renglones. La descalificación que nos hacemos a nosotros mismos adolece del ingrediente mezquino del aplastamiento: más bien se debe a esas ansias desbocadas por figurar en el mapa. ¿Quién no quiere, o ha querido hacerlo?
Me parecen desproporcionadas esas frases lapidarias que se sueltan como si tal cosa durante cualquier conversación el día menos pensado: “como todo buen mexicano….”, “pues haz una mexicanada”, “arréglalo como puedas: amárralo con un lasito o ponle resistol”, “mexicano tenías que ser….”. A estas alturas quizás sobre aquí escribir mi desacuerdo con esa prevalencia que brota por doquiera: esa condición de mexicanos que hacen todo al aventón, que a todos lados llegan tarde, que componen un desperfecto sin la meticulosidad necesaria…. Tal vez sobre, pero que quede bien claro.

“Recuerdo que el amor era una blanda furia / no expresable en palabras. / Y mismamente recuerdo / que el amor era una fiera lentísima: / mordía con sus colmillos de azúcar / y endulzaba el muñón al desprender el brazo. / Eso sí lo recuerdo. / Rey de las fieras, / jauría de flores carnívoras, ramo de tigres / era el amor, según recuerdo.”
Eduardo Lizalde, “El tigre –3” en El tigre en la casa

Imagen: de José Guadalupe Posada

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