viernes, 23 de julio de 2010

¿Cuál libro elijo? (2)


La propuesta de Bradbury ha encontrado buen cobijo en diferentes lugares. Muchos son los que se han puesto a deliberar cuál libro memorizarían con la intención de salvarlo de la desaparición forzosa y la ignominia. Y es que, de entrada, la tarea se antoja titánica: ya no digamos el asunto de memorizar desde la primera hasta la última página un texto, sino la elección de aquel volumen que pase por el tamiz de ser merecedor de la inmortalidad, pues para allá ha de ser conducido si se le elige para preservarlo.
Al momento de emprender la selección de títulos de los posibles candidatos se dejan venir los problemas, se abalanzan con un impulso desmedido: los que ganan la delantera son ésos que se enfilaron como nuestras primeras lecturas, y por los que rezamos una especie de fervor ligado a las querencias más acendradas, ellos nos dieron el empujón al mundo abisal de las lecturas; haciéndoles sombra se perfilan aquellos que calaron hondo, pero que de algún modo inimaginable se han ido relegando un poco con el paso del tiempo: ya se sabe, las circunstancias juegan un papel relevante. Y por último, los libros cuya menor importancia merecen consignarse, mas no ponerlos por delante. Se entiende su estatura pues.
La cosa del discernimiento de la obra a memorizar me trajo serios problemas. Eso fue un primer gran escollo. La cuestión se agravó sin embargo cuando comencé a caer en la cuenta de que elegir un libro dejaría, forzosamente, a otros en el camino: no se considera la posibilidad en primera instancia, sino cuando se opta por uno de entre muchos. Relegar títulos se convirtió entonces en un juego doloroso y frenético. A todo ello habría que agregar que sopesar más de una obra –la selección natural de papel–, para qué negarlo, puede devenir trifulca en mi memoria. Fácilmente podría caer en un olvido enseguida de haber señalado al indicado. Los riesgos son muchos y no poseo antídoto para la mayoría.
Y no olvidemos, para colmo, que existe otro apartado, el que lo componen aquellos libros que quisimos leer en un momento dado y por circunstancias misteriosas, ajenas o del todo conocidas no acometimos; o aquellos que constituyen un grano minúsculo de la piedra angular de alguna literatura nacional (las molestas recomendaciones infalibles que nunca faltan). Ya no se diga esa otra lista de los que “hace un mes, hace un año, hace una vida nos prometimos leer” (Luigi Amara, “El salón de la infamia” en El peatón inmóvil) y no hemos cumplido ni con nosotros mismos, mucho menos con las obras. Menudo buscapiés el de Bradbury.

“No quiero rosas, con tal que haya rosas. / Las quiero sólo cuando no las pueda haber. / ¿Qué voy a hacer con las cosas / que cualquier mano puede coger? // No quiero la noche sino cuando la aurora / la hizo diluirse en oro y azul. / Lo que mi alma ignora / eso es lo que quiero poseer. // ¿Para qué?... Si lo supiese, no haría / versos para decir no lo sé. / Tengo el alma pobre y fría… Ah… ¿Con qué limosna la calentaré?...”
Fernando Pessoa, “No quiero rosas”

Imagen: miramiramama.blogspot.com

jueves, 15 de julio de 2010

Siempre vuelve


Don Céspedes recargado sobre el muro, en una esquina del local, con una jarra de vino frente a él, sobre la mesa. Más allá la Manuela, en el centro, con su vestido de española, bailando para Pancho Vega. La Japonesita más cerca, por el lado de la victrola, mirando cómo su papá se deshace en movimientos para aquel tipo, que estaba borrachísimo y momentos antes había paseado la mano por su muslo. Don Céspedes, mirando pero, al mismo tiempo, no mirando: más bien escuchaba, a lo lejos, los ladridos de los perros sueltos en las viñas.
Octavio y la Lucy salen de uno de los cuartos al salón, urgidos por los gritos y se disponen a presenciar también el baile desquiciado de la Manuela. Ésta pide que toquen en la victrola El relicario, pero la Cloty pone otra canción, en realidad la que le da la gana. Sin embargo, la Manuela, muy en su papel, gira como trompo en el centro del local, sabiéndose vista, admirada, envidiada, incluso deseada por aquel hombre, aquel chofer de camión que un año antes había jurado montarse a la Japonesita y a su papá, la Manuela, el viejo maricón.
La victrola de pronto se calla. “Se descompuso ese chuncho” dice, agorera, la Japonesita. Don Céspedes, mientras tanto, poco a poco acaba con la jarra de vino; no escucha si la victrola sigue o no, él se concentra en los ladridos de los perros negros de don Alejo. Pancho Vega intenta componer la victrola. La Manuela quiere seguir bailando, quiere atraer la mirada de Pancho hacia sí. Octavio, el cuñado de Pancho –éste está casado con su hermana–, le dice que mejor se larguen a otro lado, que eso está aburrido, que mejor la sigan en Talca en el local de la Pecho de Palo. La Cloty dice que mejor va a dormirse.
La Manuela se apunta para seguir la fiesta en otro lado. La Japonesita intenta detener a su papá. Lo reconviene. La Manuela se queja con Pancho que la Japonesita nunca la deja salir a ninguna parte, que la obligaron a quedarse en ese lugar contándole que la Japonesita es su hija. Pancho y Octavio salen con la Manuela, uno a cada lado de ella; la llevan tomada de la cintura. Afuera, la Manuela besa a Pancho. Octavio se percata y le reclama a su cuñado. Lo niega. Golpean ambos a la Manuela, que acaba en el fango. Su vestido de española hecho jirones. Adentro, en el local, don Céspedes paga y se despide de la Japonesita, que le dice que su papá, como tantas otras veces que se va así, con hombres, siempre vuelve.
(Los personajes pertenecen a la novela El lugar sin límites, de José Donoso)

“Llueve en silencio, que esta lluvia es muda / y no hace ruido sino con sosiego. / El cielo duerme. Cuando el alma es viuda, / de algo que ignora, el sentimiento es ciego. / Llueve. De mí (de éste que soy) reniego… // Tan dulce es esta lluvia de escuchar / (no parece de nubes) que parece / que no es lluvia, mas sólo un susurrar / que a sí mismo se olvida cuando crece. / Llueve. Nada apetece…”
Fernando Pessoa, “Llueve en silencio”

Imagen: turismo.infoclima.com

lunes, 12 de julio de 2010

Cuatro recomendancias


1. Recomiendo morirse de risa cuando la chusca situación o el chiste ocasional estén a la altura de tal cosa. Lo que podría considerarse un gesto acertado en esas ocasiones es guardarse de una manifestación por demás desgañitada; la mesura, no obstante la risa estalle adentro, es el compromiso idóneo; se dice. Si, por el contrario, no es posible reprimir una carcajada, entonces, hay que dar rienda suelta a la risa estentórea y tomarse el estómago con una mano en señal de que en un momento dado la emoción podría desbordarse sin fin. La risa es río revuelto.
2. Recomiendo abstenerse de echar en los bolsillos aquel llavero o pluma que lleva rato abandonado en la mesa de centro o sillón que está a nuestro lado. Si hay objetos que pueden evidenciar ciertas manías cultivadas por horas son ésos que creemos, en un momento de devaneo, insignificantes, minúsculos: llaveros, plumas, encendedores, papeles viejos. Guardarse uno de ésos mientras se echa un ojo al centro de la acción y otro al objeto más cercano, podría devenir posterior detención y encarcelamiento; cuando no una identificación por siempre lamentable de nuestra persona. Más que la ocasión, el objeto hace al ladrón.
3. Recomiendo no externar comentario alguno tras mirar una película cuya lectura haya resultado un tanto complicada. El cine no admite equívocos al respecto. Y los espectadores, menos. Si, para nuestra poca o mucha fortuna, nos vemos enrolados en situación semejante, Tiluy recomendaba que lo mejor era guardar un silencio que incluso se prolongara más de 24 horas. Las imágenes, entonces, pasado ese tiempo, irían revelando un rostro que al principio pasó desapercibido. Y ahí sí, como verdugo de la antigüedad, con capucha en la cabeza, asestar el tajo mortal.
4. Recomiendo caminar por la calle no con la cabeza gacha, sino con los ojos prestos a ir en todas direcciones. El destanteo primero entre los transeúntes ante esta habilidad nos granjeará unas milésimas de segundo que habría que aprovechar en sacar ventaja al momento de aprovechar alguna oferta, para mirar primero un letrero de protesta urbana, para adelantarnos en el salto de los charcos, para poner una distancia considerable al policía que viene detrás nuestro para achacarnos un robo cometido sin violencia, aunque sí a plena luz del día. Escúchese, si no, la fábula-canción de “Los tres hermanos” de Silvio.

“(….) Y yo casi me olvido de sentir sólo pensando en ella. / No sé bien lo que quiero, incluso de ella, y no / pienso más que en ella. / Tengo una gran distracción animada. / Cuando deseo encontrarla / casi prefiero no encontrarla, / para no tener que dejarla luego. / No sé bien lo que quiero, ni quiero saber lo que / quiero. Quiero tan sólo / pensar en ella. / Nada le pido a nadie, ni a ella, sino pensar.”
Fernando Pessoa, “He pasado toda la noche sin dormir, viendo…”

Imagen: cafenpolvo.files.wordpress.com

miércoles, 7 de julio de 2010

Las tuercas memoriosas (2)


A menudo me asalta la duda de si realmente hice lo que momentos antes, según yo, había hecho. Entonces vuelvo atrás para verificar tal cosa: se trata de una especie de juego de comprobaciones paranoicas. Las más de las veces resulta que sí hice lo que, un segundo después, ya dudaba de haber hecho. Es tan grande el abismo de la duda que, quizá por eso mismo, es a la vez imperceptible. Más que un enredo de palabras se trata de un enredo de la memoria, que, tan flamígera y débil, vacila más de lo que debiera. Y achacarle tal condición resulta a la postre infructuoso.
Tras esas desgastantes cavilaciones me pregunto cómo será mi vida cuando los años hagan mella en los activos internos que todavía conservo. La suma, y luego la resta, da un resultado que me amilana, que me derrumba de un solo empellón en un rincón del que, a veces, tardo días en asomar la cabeza, ya no se diga salir de allí. Que la memoria haga agua y se vaya, como toda embarcación que se precie de serlo, a pique en aguas turbulentas, constituye uno de mis más arraigados temores: la cuestión es que pasados los años me voy dando cuenta que en esto no hay marcha atrás; ni antídoto que regocije.
Circula en algunos lugares la tesis de que lo más difícil, y preciado de la vida a un mismo tiempo, es desarrollar la sana habilidad de olvidar: tal adiestramiento tiene por cometido despojar a la mente de cuanta cosa se vaya anidando en nimios recovecos y después produzcan un caos en todos los senderos que se abren y ramifican en la memoria. Un intercambio de toma y daca que se compone de ir recogiendo –y desapareciendo– toda señal inequívoca que conduzca al centro de cada cosa: olvidar, entonces, no es un mérito de la memoria, sino de poner en juego los remedios para no sucumbir ante eso que, filoso, corta toda premura por vivir (mirando hacia delante.)
Escribir cada cosa que se vive, cada situación que se encarna, cada palabra que se pronuncia, cada recuerdo traído desde lejos, cada centímetro de esa distancia que suponen los años, cada ansia por mirar siempre horizontes nuevos, cada sensación que fue despojada de significado, cada espera inútil bajo una luz amarillenta y macilenta, y borronear –hasta desconocer las formas y el mensaje– cada imagen que va definiendo el derrotero por donde se camina; no constituyen éstas, acciones de un avance en la lucha contra la desmemoria, sino, por el contrario, un disponerse a recordar siempre, siempre….

“Sentado junto a la ventana, / a través de los cristales, empañados por la nieve, / veo su adorable imagen, la de ella, mientras / pasa… pasa… pasa de largo… // Sobre mí, la aflicción ha arrojado su velo: / una criatura menos en este mundo / y un ángel más en el cielo. // Sentado junto a la ventana, / a través de los cristales, empañados por la nieve, / pienso que veo su imagen, la de ella, / que no pasa ahora… que no pasa de largo…”
Fernando Pessoa, “Cuando ella pasa”

Imagen: www.trazodetinta.com

lunes, 5 de julio de 2010

El último reducto


Cuando entendemos a cabalidad que un personaje como Sancho Panza le sea fiel a don Quijote entonces comenzamos a caer en la cuenta de una solidaridad que traspasa cualquier límite y minimiza todo tropezón o inconveniente. Y se trata, en este caso, de una solidaridad que más parece una querencia amistosa que otra manifestación del tipo que sea. Sancho, el perseverante escudero, bonachón, siempre huidizo a la reflexión inducida por su amo y presto a la risa fácil, constituye el más claro ejemplo de eso lugar común que aboga por “estar en las buenas y en las malas”. Y vaya que sabe este hombre de malos momentos.
Con ese tipo de personajes –como con Juan Pablo Castel en El túnel, o Ricardo en Beber un cáliz, o el protagonista de Una cuestión personal de Kenzaburo Oé– no queda otra más que ser solidarios: en el sentido de alegrarse cuando, por ejemplo, asume el mando de la isla Barataria, un lugar que de tan irreal le acomoda perfecto al escudero. El premio a la medida para tanta insistencia. De cómo dirige los destinos de la isla se puede colegir que el escudero se rige por el más básico sentido de la justicia: trata de dar a cada cual lo que le corresponde.
El escudero del ideático Quijote va por la vida como esos actores de carpas callejeras: extendiendo la mano, sí, para recibir alguna moneda como reconocimiento de su esfuerzo, pero también para que alguien se apiade de su alma atormentada por tanta diatriba y despropósitos de su amo, preocupado más por salvar escollos y enmendar entuertos que por disfrutar de las disertaciones filosóficas y de vida que el dueño de Rocinante a cada tanto destila. Sancho Panza sabe, más que nadie, que don Quijote no es un soñador, es un héroe cultivado.
La solidaridad aquí mismo es hoy una actitud devaluada: el solidario, por la malinterpretación de las intenciones y el entrecruzamiento de las señales, muchas veces pasa por delincuente, por hippie trasnochado, por rebelde que se deleita en ir contracorriente del establishment. La solidaridad es, sin embargo, el último reducto en el que se arrincona el descreído de un progresismo a ultranza que reniega de las bondades humanas. Y Sancho Panza, con todos sus atributos y disyuntivas internas, encarna al adversario idóneo para topar de frente con el establishment. Y es que la solidaridad se traduce en un gesto casi siempre imperceptible, pero cuyos arrestos dejan una huella honda.

“Como si cada beso / fuera de despedida, / Cloé mía, besémonos, amando. / Tal vez ya nos toque / en el hombro la mano que llama / a la barca que no viene sino vacía; / y que en el mismo haz / ata lo que fuimos mutuamente / y a la ajena suma universal de la vida.”
Fernando Pessoa, “Como si cada beso….”

Imagen: www.cervantesvirtual.com

viernes, 2 de julio de 2010

Acuosidades


Manejar por las calles de una ciudad en la que recién ha caído una tormenta depara horizontes de poco sabor, un tanto ilusorios o de plano sorprendentes. La lluvia tiene la cualidad primigenia de transformar de tajo lo que toca. Apenas el agua se deja sentir y ya las superficies alcanzadas mudan de tono, de sensación, de dimensiones, incluso de forma. Tras ese telón grueso que supone una tormenta –tal como lo mandan los cánones acuosos– se esconde y muta un sinnúmero de presencias y rostros: más allá se abre el reino de lo no visible, que aunque tangible no presenta orillas ni salientes para aprenhenderlo. Se escurre al fin.
La avenida que comúnmente es una línea recta en la que los automóviles surcan las esquinas como si volaran, aparece entonces como un viacrucis con sus catorce estaciones: en cada una hay que detenerse, mirar para todos lados esperando que el agua no traiga costales consigo que abollen el toldo o el cofre y entonces reemprender la marcha. En ese continuo detenerse y avanzar hay contenida una mueca que denota molestia o el silencioso afán de seguir la letra de la canción que toca el radio. Más de alguno se santigua y ora como si de veras el tránsito no fuera otra cosa que un peregrinar religioso.
Las postales más comunes que se encuentran en tales situaciones son encharcamientos atroces que esconden hoyos profundos, semáforos descompuestos, árboles hechos girones venidos al suelo, cables del tendido eléctrico que de improviso montan un cerco en las aceras, multitud de choques por fallo de frenos, imprudencia insomne o fatal maniobra del conductor. La falla en los semáforos es lo que más contribuye a que el tráfico se ralentice: más de alguna luz se olvida de alumbrar al maratón de automóviles que de una forma u otra buscan salir del atolladero, sin importar si con ello se vuelven abanderados autorizados de la descortesía y la ofensa arbitraria y mal encaminada. Sálvese quien pueda.
Si la tormenta en cuestión, sin embargo, viene a despeñarse sobre la ciudad en horas nocturnas, la cosa entonces adquiere una estatura de cataclismo incontrolable: a quien por esos momentos circule por las calles lo embarga una sensación de orfandad comparable a aquélla que nos atiza en el sopor de la soledad. Salir de ese desquiciamiento acuoso no tiene que ver con ir en la misma dirección hacia donde corre el agua como con la noción que se tenga del espacio y el conocimiento del terreno que se va recorriendo. El mapa mental bien trazado en la memoria constituye el tobogán más seguro y eficaz.

“El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que de veras siente. // Y quienes leen lo que escribe, / sienten, en el dolor leído, / no los dos que el poeta vive, / sino aquél que no han tenido. // Y así va por su camino, / distrayendo a la razón, / ese tren sin real destino / que se llama corazón.”
Fernando Pessoa, “Autopsicografía”

Imagen: www.bbc.co.uk/mundo/lg/cultura_sociedad/2010

miércoles, 30 de junio de 2010

Otra partida


La muerte aparece de pronto en el camino. A media calle, detenida, con un cigarro en la boca asume su pose seductora. No siempre avisa de su llegada. Congrega miradas, atesora palabras de misericordia y dolencia. Hace, como si cualquier cosa, una parada en una esquina indistinta, y desde allí fija la atención en quien pronto la acompañará de aquel lado del telón: porque monta un escenario para actuar y sin saberlo, los más aplaudimos ante su espectáculo, sin considerar si somos víctimas o simples espectadores ávidos de un nuevo desenlace. La muerte es así, escurridiza, latente, invencible, agobiante. Cuando abre sus alas, la envergadura es de tal talante que sucumbir a sus pies sería el acto más lógico, el esperado, el único, el insalvable.
El Negro desde hacía tiempo que buscaba un hueco disponible en su regazo: le dolía la vida, le dolía el cuerpo, le dolía respirar, le dolía vivir-morir a un mismo tiempo. Ella lo había merodeado, cercado por largos doce meses: la vio venir, la supo, la esperó con temor, con un miedo que no se le borró del rostro aun cuando ya había dejado de respirar. Le dolía malamente por lo que dejaba, por lo que ya no podría hacer, por lo que siempre pensó qué haría después, por esa orilla irreal donde desfilan proyectos, sueños, ilusiones, esperanzas; fe en algo que no tiene forma y, sin embargo, de algún modo se palpan sus orillas, se adivina su centro, se da sin mucha complicación con su volumen, para aprehenderla.
La muerte tiene una potestad inaudita, milenaria: nadie escapará de sus palabras envolventes, nadie lo hace hoy, nadie lo hizo nunca. Recuerdo que de niño, antes de dormir –sin una pizca de ínfula o arrogancia– muchas noches pensé en qué sería de la vida si yo moría, y en qué sería de mí de ahí en adelante. La angustia me acompañaba de un lado a otro de la noche. Por muchos años me pregunté lo mismo; hasta que comprendí que la vida nada tiene que ver con la muerte: ambas son dos cosas totalmente distintas aunque una, en una mengua extrema, devenga la otra. Es como el gusano cuando deja de serlo y entonces aletea una mariposa. La metamorfosis es imperceptible, delicada.
Aquella tarde medio nublada en que bajaron el ataúd de El Negro unos metros en la tierra profunda, supe, sin saber cómo, que a sus treinta años había vivido la vida toda que le estaba deparada, y que de ahí en más, de haber logrado sobrevivir, él no habría sabido cómo sobrellevar los días de más que se le presentaran. El Negro sostuvo muchas peleas en esas tres décadas, pero perdió, agotado, exhausto, enflaquecido hasta la desgracia, desolado, la batalla que lo hubiera encumbrado: la que lo enfrentó con la muerte que, como toda una señora que se respete, un día, a media calle, lo esperó, lo retó, lo sacudió, lo abrazó para ya no soltarlo.

“¿Tú me dejas aquí o partes conmigo? / ¿Estoy dentro de ti o es que me llamas? / ¿Vives única en mí o encuentro el mundo en ti, / contigo? // El orden de las cosas en que te amo, / ¿dónde empieza o acaba? / Ahora está el silencio aposentado / en la rosa del aire / y un árbol cerca trina entre los pájaros / para sombrar tu sueño, ¿o es mi sueño? // ¿Es esta una prisión o acaso el vasto cielo / empieza aquí donde tus pies / tocan juntos la tierra, o es la luna?”
Isaac Felipe Azofeifa, “Poema VI”

Imagen: arteysalidad.blogspot.com