viernes, 2 de julio de 2010

Acuosidades


Manejar por las calles de una ciudad en la que recién ha caído una tormenta depara horizontes de poco sabor, un tanto ilusorios o de plano sorprendentes. La lluvia tiene la cualidad primigenia de transformar de tajo lo que toca. Apenas el agua se deja sentir y ya las superficies alcanzadas mudan de tono, de sensación, de dimensiones, incluso de forma. Tras ese telón grueso que supone una tormenta –tal como lo mandan los cánones acuosos– se esconde y muta un sinnúmero de presencias y rostros: más allá se abre el reino de lo no visible, que aunque tangible no presenta orillas ni salientes para aprenhenderlo. Se escurre al fin.
La avenida que comúnmente es una línea recta en la que los automóviles surcan las esquinas como si volaran, aparece entonces como un viacrucis con sus catorce estaciones: en cada una hay que detenerse, mirar para todos lados esperando que el agua no traiga costales consigo que abollen el toldo o el cofre y entonces reemprender la marcha. En ese continuo detenerse y avanzar hay contenida una mueca que denota molestia o el silencioso afán de seguir la letra de la canción que toca el radio. Más de alguno se santigua y ora como si de veras el tránsito no fuera otra cosa que un peregrinar religioso.
Las postales más comunes que se encuentran en tales situaciones son encharcamientos atroces que esconden hoyos profundos, semáforos descompuestos, árboles hechos girones venidos al suelo, cables del tendido eléctrico que de improviso montan un cerco en las aceras, multitud de choques por fallo de frenos, imprudencia insomne o fatal maniobra del conductor. La falla en los semáforos es lo que más contribuye a que el tráfico se ralentice: más de alguna luz se olvida de alumbrar al maratón de automóviles que de una forma u otra buscan salir del atolladero, sin importar si con ello se vuelven abanderados autorizados de la descortesía y la ofensa arbitraria y mal encaminada. Sálvese quien pueda.
Si la tormenta en cuestión, sin embargo, viene a despeñarse sobre la ciudad en horas nocturnas, la cosa entonces adquiere una estatura de cataclismo incontrolable: a quien por esos momentos circule por las calles lo embarga una sensación de orfandad comparable a aquélla que nos atiza en el sopor de la soledad. Salir de ese desquiciamiento acuoso no tiene que ver con ir en la misma dirección hacia donde corre el agua como con la noción que se tenga del espacio y el conocimiento del terreno que se va recorriendo. El mapa mental bien trazado en la memoria constituye el tobogán más seguro y eficaz.

“El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que de veras siente. // Y quienes leen lo que escribe, / sienten, en el dolor leído, / no los dos que el poeta vive, / sino aquél que no han tenido. // Y así va por su camino, / distrayendo a la razón, / ese tren sin real destino / que se llama corazón.”
Fernando Pessoa, “Autopsicografía”

Imagen: www.bbc.co.uk/mundo/lg/cultura_sociedad/2010

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