viernes, 30 de julio de 2010

Acuosidades (2)


Apenas una ráfaga de aire se suelta acompañando a la lluvia y ya los paraguas acaban en el suelo, destripados, vencidos por aquel ímpetu; no importa que el paraguas sea un “monstruo rarísimo que lleva en alto una especie de enorme murciélago negro cogido por una pata”. De este modo lo define Fernando Savater en su novela El gran laberinto y, por si fuera poco, agrega: “Puede ser peligroso”. Ahora son, más bien, inofensivos, frágiles a tal punto que salen volando de las manos, con el mango quebrado, la capa doblada en sí misma, maniatados por aquella poderosa mezcla de agua y viento. No es extraño ver por las aceras a alguna señora que corre tras el paraguas que se le ha escapado.
Y es que el paraguas es utilísimo, si se mira bien. Tiene la potestad de crear un campo magnético entre la lluvia y el individuo: algo así como esas esferas que algunos superhéroes anteponen a los poderes malignos. Por ello, si se acude a una reunión social o de trabajo en una mañana o tarde lluviosa, es posible, asumiendo una actitud descuidada, cambiar el viejo paraguas maltratado por uno de brillantes colores y todavía en buen estado: lo común es que en el ingreso al lugar de la cita se coloquen los paraguas en el suelo con la intención de que destilen el agua que traen encima y, por mera cortesía, no ingresar al sitio salpicando gotas a diestra y siniestra. Eso es bastante mal visto, de muy mal gusto y peor talante.
Si se es el primero, o de los primeros, en salir, la oportunidad del cambio es mayor: ante sus ojos se dispondrá un abanico de paraguas de todos los colores y telas, tamaños y condiciones. Levantar entonces el que haya resultado más atrayente no implica más que actuar con propiedad y soltura; y abrirlo, con estilo, en cuanto se ponga un pie en la calle. Y por la acera correr y saltar y en el aire chocar los dos pies con el paraguas apuntando al cielo. Si, por el contrario, se es uno de los últimos en abandonar el lugar de reunión, se corre el riesgo de que si su paraguas era de los buenos, ya no lo encuentre, y en su lugar halle uno desteñido y en muy mal estado. O si, para su fortuna, el que tenía estaba casi para la basura, entonces no habrá tal pérdida: con el que encuentre se dará por muy bien servido.
Un paraguas, retomando a Savater, sí puede resultar peligroso, pero nada más en un caso específico: imagine que su paraguas, por un momento, al llevarlo abierto al caminar bajo la lluvia, se transforma en el monstruo rarísimo que lleva en alto una especie de murciélago negro enorme, entonces, su primera reacción será soltarlo y arrojarlo lo más lejos posible: en ese instante el paraguas, antes de alcanzar el suelo, aleteará entre el viento y el agua y se alejará sin ninguna consideración a usted, que busca donde guarecerse de la tormenta. El peligro, entonces, se habrá consumado.

“Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía, / nada sería más simple. / Exactamente poseo dos fechas: –la de mi nacimiento y / la de mi muerte. // Entre una y otra todos los días me / pertenecen. / Soy fácil de describir. / He vivido como un loco. / He amado las cosas sin ningún sentimentalismo. / Nunca tuve un deseo que no pudiera colmar, pues nunca anduve ciego. / Incluso escuchar para mí fue nada más un complemento del ver. / Comprendí que las cosas son reales y totalmente diferentes una de otra: / lo comprendí con los ojos, jamás con el pensamiento. / Comprenderlo con el pensamiento hubiera sido encontrarlas / todas iguales.”
Fernando Pessoa, “Si, después, que yo muera”

Imagen: girlfromlebanon.blogspot.com

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