
A menudo me asalta la duda de si realmente hice lo que momentos antes, según yo, había hecho. Entonces vuelvo atrás para verificar tal cosa: se trata de una especie de juego de comprobaciones paranoicas. Las más de las veces resulta que sí hice lo que, un segundo después, ya dudaba de haber hecho. Es tan grande el abismo de la duda que, quizá por eso mismo, es a la vez imperceptible. Más que un enredo de palabras se trata de un enredo de la memoria, que, tan flamígera y débil, vacila más de lo que debiera. Y achacarle tal condición resulta a la postre infructuoso.
Tras esas desgastantes cavilaciones me pregunto cómo será mi vida cuando los años hagan mella en los activos internos que todavía conservo. La suma, y luego la resta, da un resultado que me amilana, que me derrumba de un solo empellón en un rincón del que, a veces, tardo días en asomar la cabeza, ya no se diga salir de allí. Que la memoria haga agua y se vaya, como toda embarcación que se precie de serlo, a pique en aguas turbulentas, constituye uno de mis más arraigados temores: la cuestión es que pasados los años me voy dando cuenta que en esto no hay marcha atrás; ni antídoto que regocije.
Circula en algunos lugares la tesis de que lo más difícil, y preciado de la vida a un mismo tiempo, es desarrollar la sana habilidad de olvidar: tal adiestramiento tiene por cometido despojar a la mente de cuanta cosa se vaya anidando en nimios recovecos y después produzcan un caos en todos los senderos que se abren y ramifican en la memoria. Un intercambio de toma y daca que se compone de ir recogiendo –y desapareciendo– toda señal inequívoca que conduzca al centro de cada cosa: olvidar, entonces, no es un mérito de la memoria, sino de poner en juego los remedios para no sucumbir ante eso que, filoso, corta toda premura por vivir (mirando hacia delante.)
Escribir cada cosa que se vive, cada situación que se encarna, cada palabra que se pronuncia, cada recuerdo traído desde lejos, cada centímetro de esa distancia que suponen los años, cada ansia por mirar siempre horizontes nuevos, cada sensación que fue despojada de significado, cada espera inútil bajo una luz amarillenta y macilenta, y borronear –hasta desconocer las formas y el mensaje– cada imagen que va definiendo el derrotero por donde se camina; no constituyen éstas, acciones de un avance en la lucha contra la desmemoria, sino, por el contrario, un disponerse a recordar siempre, siempre….
“Sentado junto a la ventana, / a través de los cristales, empañados por la nieve, / veo su adorable imagen, la de ella, mientras / pasa… pasa… pasa de largo… // Sobre mí, la aflicción ha arrojado su velo: / una criatura menos en este mundo / y un ángel más en el cielo. // Sentado junto a la ventana, / a través de los cristales, empañados por la nieve, / pienso que veo su imagen, la de ella, / que no pasa ahora… que no pasa de largo…”
Fernando Pessoa, “Cuando ella pasa”
Imagen: www.trazodetinta.com
1 comentario:
Creo que tenemos el mismo problemo, pero resulta que yo no le doy la importancia que tú sí le otorgas, es más, me atrevo a decir que ni siquiera lo pienso. Admito que siempre he sido muy falta de memoria, por ello, cuando intento recordar algo siento que en realidad invento una historia nueva, ficciono mi realidad y termino por convencerme que así pasó.
En cuanto a este tipo de problemas, creo que lo que enverdad me aqueja es una fuerte sensación de no distinguir la realidad de los sueños, así como lo lees: suele pasarme que cuando despierto -y a pesar de darme cuenta de que apenas abro los ojos- inmediatamente dudo de si hice lo que soñé, y olvido haber soñado y siento quellas imágenes verdaderasm confundiéndose con lo que toco y veo. Pero, a diferencia de ti, no me entristezco, al contrario, me parece divertido, así puedo contar lo que soñé como si hubiera sido realidad, sin el temor de mentir porque yo lo siento verdadero.
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