lunes, 5 de julio de 2010

El último reducto


Cuando entendemos a cabalidad que un personaje como Sancho Panza le sea fiel a don Quijote entonces comenzamos a caer en la cuenta de una solidaridad que traspasa cualquier límite y minimiza todo tropezón o inconveniente. Y se trata, en este caso, de una solidaridad que más parece una querencia amistosa que otra manifestación del tipo que sea. Sancho, el perseverante escudero, bonachón, siempre huidizo a la reflexión inducida por su amo y presto a la risa fácil, constituye el más claro ejemplo de eso lugar común que aboga por “estar en las buenas y en las malas”. Y vaya que sabe este hombre de malos momentos.
Con ese tipo de personajes –como con Juan Pablo Castel en El túnel, o Ricardo en Beber un cáliz, o el protagonista de Una cuestión personal de Kenzaburo Oé– no queda otra más que ser solidarios: en el sentido de alegrarse cuando, por ejemplo, asume el mando de la isla Barataria, un lugar que de tan irreal le acomoda perfecto al escudero. El premio a la medida para tanta insistencia. De cómo dirige los destinos de la isla se puede colegir que el escudero se rige por el más básico sentido de la justicia: trata de dar a cada cual lo que le corresponde.
El escudero del ideático Quijote va por la vida como esos actores de carpas callejeras: extendiendo la mano, sí, para recibir alguna moneda como reconocimiento de su esfuerzo, pero también para que alguien se apiade de su alma atormentada por tanta diatriba y despropósitos de su amo, preocupado más por salvar escollos y enmendar entuertos que por disfrutar de las disertaciones filosóficas y de vida que el dueño de Rocinante a cada tanto destila. Sancho Panza sabe, más que nadie, que don Quijote no es un soñador, es un héroe cultivado.
La solidaridad aquí mismo es hoy una actitud devaluada: el solidario, por la malinterpretación de las intenciones y el entrecruzamiento de las señales, muchas veces pasa por delincuente, por hippie trasnochado, por rebelde que se deleita en ir contracorriente del establishment. La solidaridad es, sin embargo, el último reducto en el que se arrincona el descreído de un progresismo a ultranza que reniega de las bondades humanas. Y Sancho Panza, con todos sus atributos y disyuntivas internas, encarna al adversario idóneo para topar de frente con el establishment. Y es que la solidaridad se traduce en un gesto casi siempre imperceptible, pero cuyos arrestos dejan una huella honda.

“Como si cada beso / fuera de despedida, / Cloé mía, besémonos, amando. / Tal vez ya nos toque / en el hombro la mano que llama / a la barca que no viene sino vacía; / y que en el mismo haz / ata lo que fuimos mutuamente / y a la ajena suma universal de la vida.”
Fernando Pessoa, “Como si cada beso….”

Imagen: www.cervantesvirtual.com

1 comentario:

Minerva Delgadillo dijo...

¿Será que realmente somos un país solidario? No, yo no lo creo. Vamos en ayuda de los necesitados en países que quedan a kilómetros de aquí, pero cuando se trata de nosotros mismos nos damos la espalda, quizás porque sabemos lo que en realidad somos. Qué miedo da tan sólo pensarlo.