
Don Céspedes recargado sobre el muro, en una esquina del local, con una jarra de vino frente a él, sobre la mesa. Más allá la Manuela, en el centro, con su vestido de española, bailando para Pancho Vega. La Japonesita más cerca, por el lado de la victrola, mirando cómo su papá se deshace en movimientos para aquel tipo, que estaba borrachísimo y momentos antes había paseado la mano por su muslo. Don Céspedes, mirando pero, al mismo tiempo, no mirando: más bien escuchaba, a lo lejos, los ladridos de los perros sueltos en las viñas.
Octavio y la Lucy salen de uno de los cuartos al salón, urgidos por los gritos y se disponen a presenciar también el baile desquiciado de la Manuela. Ésta pide que toquen en la victrola El relicario, pero la Cloty pone otra canción, en realidad la que le da la gana. Sin embargo, la Manuela, muy en su papel, gira como trompo en el centro del local, sabiéndose vista, admirada, envidiada, incluso deseada por aquel hombre, aquel chofer de camión que un año antes había jurado montarse a la Japonesita y a su papá, la Manuela, el viejo maricón.
La victrola de pronto se calla. “Se descompuso ese chuncho” dice, agorera, la Japonesita. Don Céspedes, mientras tanto, poco a poco acaba con la jarra de vino; no escucha si la victrola sigue o no, él se concentra en los ladridos de los perros negros de don Alejo. Pancho Vega intenta componer la victrola. La Manuela quiere seguir bailando, quiere atraer la mirada de Pancho hacia sí. Octavio, el cuñado de Pancho –éste está casado con su hermana–, le dice que mejor se larguen a otro lado, que eso está aburrido, que mejor la sigan en Talca en el local de la Pecho de Palo. La Cloty dice que mejor va a dormirse.
La Manuela se apunta para seguir la fiesta en otro lado. La Japonesita intenta detener a su papá. Lo reconviene. La Manuela se queja con Pancho que la Japonesita nunca la deja salir a ninguna parte, que la obligaron a quedarse en ese lugar contándole que la Japonesita es su hija. Pancho y Octavio salen con la Manuela, uno a cada lado de ella; la llevan tomada de la cintura. Afuera, la Manuela besa a Pancho. Octavio se percata y le reclama a su cuñado. Lo niega. Golpean ambos a la Manuela, que acaba en el fango. Su vestido de española hecho jirones. Adentro, en el local, don Céspedes paga y se despide de la Japonesita, que le dice que su papá, como tantas otras veces que se va así, con hombres, siempre vuelve.
(Los personajes pertenecen a la novela El lugar sin límites, de José Donoso)
“Llueve en silencio, que esta lluvia es muda / y no hace ruido sino con sosiego. / El cielo duerme. Cuando el alma es viuda, / de algo que ignora, el sentimiento es ciego. / Llueve. De mí (de éste que soy) reniego… // Tan dulce es esta lluvia de escuchar / (no parece de nubes) que parece / que no es lluvia, mas sólo un susurrar / que a sí mismo se olvida cuando crece. / Llueve. Nada apetece…”
Fernando Pessoa, “Llueve en silencio”
Imagen: turismo.infoclima.com
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