lunes, 12 de julio de 2010

Cuatro recomendancias


1. Recomiendo morirse de risa cuando la chusca situación o el chiste ocasional estén a la altura de tal cosa. Lo que podría considerarse un gesto acertado en esas ocasiones es guardarse de una manifestación por demás desgañitada; la mesura, no obstante la risa estalle adentro, es el compromiso idóneo; se dice. Si, por el contrario, no es posible reprimir una carcajada, entonces, hay que dar rienda suelta a la risa estentórea y tomarse el estómago con una mano en señal de que en un momento dado la emoción podría desbordarse sin fin. La risa es río revuelto.
2. Recomiendo abstenerse de echar en los bolsillos aquel llavero o pluma que lleva rato abandonado en la mesa de centro o sillón que está a nuestro lado. Si hay objetos que pueden evidenciar ciertas manías cultivadas por horas son ésos que creemos, en un momento de devaneo, insignificantes, minúsculos: llaveros, plumas, encendedores, papeles viejos. Guardarse uno de ésos mientras se echa un ojo al centro de la acción y otro al objeto más cercano, podría devenir posterior detención y encarcelamiento; cuando no una identificación por siempre lamentable de nuestra persona. Más que la ocasión, el objeto hace al ladrón.
3. Recomiendo no externar comentario alguno tras mirar una película cuya lectura haya resultado un tanto complicada. El cine no admite equívocos al respecto. Y los espectadores, menos. Si, para nuestra poca o mucha fortuna, nos vemos enrolados en situación semejante, Tiluy recomendaba que lo mejor era guardar un silencio que incluso se prolongara más de 24 horas. Las imágenes, entonces, pasado ese tiempo, irían revelando un rostro que al principio pasó desapercibido. Y ahí sí, como verdugo de la antigüedad, con capucha en la cabeza, asestar el tajo mortal.
4. Recomiendo caminar por la calle no con la cabeza gacha, sino con los ojos prestos a ir en todas direcciones. El destanteo primero entre los transeúntes ante esta habilidad nos granjeará unas milésimas de segundo que habría que aprovechar en sacar ventaja al momento de aprovechar alguna oferta, para mirar primero un letrero de protesta urbana, para adelantarnos en el salto de los charcos, para poner una distancia considerable al policía que viene detrás nuestro para achacarnos un robo cometido sin violencia, aunque sí a plena luz del día. Escúchese, si no, la fábula-canción de “Los tres hermanos” de Silvio.

“(….) Y yo casi me olvido de sentir sólo pensando en ella. / No sé bien lo que quiero, incluso de ella, y no / pienso más que en ella. / Tengo una gran distracción animada. / Cuando deseo encontrarla / casi prefiero no encontrarla, / para no tener que dejarla luego. / No sé bien lo que quiero, ni quiero saber lo que / quiero. Quiero tan sólo / pensar en ella. / Nada le pido a nadie, ni a ella, sino pensar.”
Fernando Pessoa, “He pasado toda la noche sin dormir, viendo…”

Imagen: cafenpolvo.files.wordpress.com

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