jueves, 31 de julio de 2008

Fotos


Dicen que una fotografía –o el retrato, como antes la llamaban- es un instante muerto, aunque también dicen que es un recuerdo que, al mirarla, se vuelve una palabra viva que aletea sobre las cabezas. A menudo esas imágenes a veces viejas y gastadas desencadenan otras, ligadas por lo general a los planos más cercanos: evocar se convierte entonces en un poder que no todos pueden administrar, y que algunos pocos lo saben transformar en una espada que desgaja, sin posibilidad de remiendo, la historia personal.
Al mirar una fotografía sobrevienen otras posibilidades, ésas de las que se carece cuando la memoria no registra más que bultos que, en las horas más largas, no es posible distinguir: una imagen fotográfica es capaz de hacernos sobrevolar por parajes no del todo olvidados pero a los que, en ocasiones, les llega el momento de volverse brumas inescrutables.
Las fotografías, hay quienes lo consideran así, constituyen las más fieles páginas de lo vivido, la explicación a situaciones idas pero aún entrampadas, el más certero colofón de motivos celebratorios o, también se da el caso, el registro de reseñas dolorosas a las que se vuelve con la encomienda de buscar alivio. Una fotografía, por ejemplo, en la que aparezco abrazando a mi abuelo en una Navidad –de las poquísimas que conservo- da cuenta de una querencia que se ha mantenido no obstante su desaparición y el paulatino alejamiento de sus gestos y acentos por ya no repetirse.
Hace unos días le escuché decir a alguien que “una fotografía no es más que el registro de algo que no debería existir”, por una insoslayable restricción: se trata de una imagen efímera; hay algo de cierto en eso, pero al mismo tiempo es una prueba no sólo de lo que existe, sino de lo que cada quien desea que permanezca.

“Olas de luz tu voz, tu aliento y tu mirada / en la dolida playa de mi cuerpo… Un mar de sombra eres, y entre tu sal oscura / hay un mundo de luz amanecido”
Alí Chumacero, “Amor es mar”

Imagen: www.cuartoderecha.com

sábado, 26 de julio de 2008

Pasillos


Cuando se camina por los pasillos de un hospital público más valdría ir al frente como caballo de calandria: con la mirada fija hacia adelante, sin ceder a la insana tentación de ir volteando a ambos extremos, hacia los cuartos donde se apeñuscan tres pacientes, uno en cada cama, y demás gente, entre personal médico, vigilantes, parientes, amigos: un ejército de cabezas allí rondando con diligencia, apresurados por la preocupación y la avidez de noticias sobre los enfermos.
El tipo de visiones que se puede uno encontrar en aquellas horrorosas habitaciones, frías, desoladas en sus paredes, estrechas y olorosas a formol llevado y traído, da la idea de un cataclismo al que no se asistió pero del que se sufren las consecuencias: cuerpos maltrechos, dolientes; quejidos en avalancha, higiénicas curaciones y actitudes, miradas extraviadas en techos mal pintados, frases de aliento teñidas, sin embargo, de cierto pesimismo, conversaciones no exentas de melodrama: días desvaídos que se encaraman unos sobre otros y acaban por confundirse.
Otra cosa son los rostros de los pacientes, si se mira bien dan cuenta, aún sin proponérselo, de un sinfín de historias que acabarían por asombrar al más insomne y convencer al más acérrimo incrédulo: los ojos entornados, los labios casi transparentes, el pelo por ningún lado, el gesto deshecho, la dejadez más lánguida: la enfermedad o padecimiento se las arregla para acomodarle una máscara rugosa en el semblante de todo paciente, al punto de que se vuelve irreconocible, casi otro, diríase que se ausenta de sí mismo mientras dura el restablecimiento (en caso de que se dé).
Por todo ello, cuando se transite por esos pasillos llenos de números, vericuetos a veces lóbregos y con un piso a todas horas pasado por trapeador, hay que tener cuidado de no rebasar esa línea imaginaria que nos separa de una especie de ironía pronunciada desde la fatalidad: los que están tras los umbrales de las puertas -inmersos en camas de sábanas verdosas- están impedidos, y no sólo físicamente sino, sobre todo, de poder mirar a todos lados y sonreír sin quejarse de alguna dolencia interna o externa. El que va por el pasillo, en cambio, sonríe -o intenta hacerlo- a pesar de toda dolencia.

"Los mares se han torcido con no poco dolor hacia tus costas, / la lluvia dibuja en tu cabeza la sed de millones de árboles, / las flores te maldicen muriendo, celosas"
Silvio Rodríguez, "En estos días" en Mujeres

(Visité a Topita en el hospital: ya lleva cinco días allí y la estadía tal vez se prolongue; lo que importa, al final, es que se recupere.
En estos días, todo el viento del mundo sopla en tu dirección....)

Imagen: www.cubaforum.devil.it

jueves, 24 de julio de 2008

De pitadas y conjeturas



“…si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme”. Estas palabras, que pertenecen a Hans Castorp, protagonista de La montaña mágica, novela de Thomas Mann a la que André Gide definió como “una novela que ya no es novela porque lleva las posibilidades del género a un nuevo terreno que se trasciende a sí mismo”, le sirven para conjurar las horas de su día: en el cigarrillo comienza a correr su existencia y es la corona misma de todos sus ritos cotidianos.
En “Sólo para fumadores”, cuento que le da título a un libro que en 1987 publicó en Lima el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, deja constancia de lo imprescindible que se volvió el cigarrillo en su vida, no obstante que tras probarlo en la adolescencia se prometió no repetir aquello. La cotidianidad para Ribeyro adquiría sentido al momento, recién había despertado, de fumarse el primer cigarro del día: me da la impresión de que Ribeyro no habría podido sobrevivir –por paradójico que esto parezca- sin el auxilio –sin la gracia- de ese pequeño tubo que parece alargarse con el humo y perderse en el aire.
Oliverio Girondo, por su parte, inmortalizó ese amasijo de papel pulcramente delgado, que puede liarse de manera artesanal y llenarse de todo tipo de hebras, como tabaco o yerba verde, al llamarlo, quizás distraídamente o con toda la intención posible en el énfasis mismo de las palabras: “el colibrí mecánico”: sus aleteos están determinados por el brillo naranja que sacude su punta a veces oscura a veces intocable.
Cabrera Infante, quien fumó puro por muchos años, dividió los siglos por sus hábitos de fumar puro o cigarrillo en Holy smoke: “el puro, el cigarrillo y la pipa no sólo están presentes en la moda, sino que han hecho moda. No se puede concebir el siglo XIX sin el puro, como tampoco se puede concebir el XX sin el cigarrillo”. Las maneras y costumbres de echar humo se atenían, sin importar si más adelante se separaban para no unirse más, en una misma raíz: la imagen de la espesa bruma nicotínica que acompañaba a todo lugar al fumador.
La hipnosis fue para Pitol, y de eso da cuenta en El arte de la fuga, un recurso para dejar el vicio de fumar; primero, en Praga, acudió con “una señora con facultades magnéticas” que le arrancó de tajo su complicidad por muchos años con el cigarrillo con tan sólo pasarle las manos por el cuerpo; después, en México, ya reiniciado su romance con el cigarrillo, el episodio hipnótico devino en una catástrofe interna que hizo revolotear recuerdos que él creía bajo cerrojo.
Hace algunos años me inicié yo en el cigarrillo: mi experiencia se redujo a unos cuantos cigarrillos nada más: mi organismo no se abrió de puertas completas ante el humor y sabor del tabaco como sí lo hizo, por ejemplo, con el café, un hábito que –ahora lo pienso- si me fuera prohibido por cualesquiera razón, no dejaría.

“Sólo morir permanece / como la más inmutable razón, / vivir es un accidente, / un ejercicio de gozo y dolor”
León Gieco, “De paso”

(Hoy hace cinco años, Chica Azul, hoy hace cinco años: la distancia de aquel día al de hoy son cinco años, un tiempo de gracia, sin duda….)
(Este texto aparecido hoy en realidad quise subirlo ayer, pero fallas de luz causadas por una fuerte tormenta me lo impidieron)

Imagen: www.rgs.gov.co/noticias

martes, 22 de julio de 2008

El mal del dr. Jekyll y mr. Hyde


“El que es perico donde quiera es verde”. Cuando la discusión se ha vuelto álgida en torno a la manera de ser o las capacidades de tal o cual persona, se suelta esta sentencia cuyo fin es acallar las dudas o dar cerrojazo a la perorata: “el que es perico donde quiera es verde”; es decir, el que sabe hacer goles en las cascaritas tendrá que hacerlos también en partidos “oficiales”, el que presume de ganar todas las vencidas en el barrio tendrá que derrotar a todo aquél que lo rete sin importar su musculatura, entre tantos y burdos ejemplos.
El viernes por la noche, compartiendo tarros de cerveza con algunos amigos se desató esta discusión: uno de ellos decía, el más aferrado, que sin importar el contexto y los acompañantes, toda persona tendría que comportarse siempre de igual manera, sin considerar si ponía en riesgo su trabajo (en el caso de que estuviera delante de sus jefes) o se aventuraba por caminos nunca antes recorridos en las relaciones amistosas o laborales, con las consiguientes consecuencias: “se le tiene que aceptar como es”. Otro más argumentaba que, atendiendo las circunstancias, el comportamiento podía variar; es decir, “no es lo mismo estar hablando ahorita con ustedes, cabrones, que platicar con mi jefe sobre un proyecto o un aumento de sueldo”. Ante esto, el primero rebatía que, al actuar así, se caía en los terrenos de la hipocresía, pues, ante todo, hay que mostrarse tal cual es en todo lugar, a toda hora y ante todo mundo.
Sin llegar a los extremos de uno y otro, un tercero, que hasta el momento había presenciado el diálogo en un silencio acucioso, dijo que en ocasiones no hay otra opción que jugarle al educado (cuando no se tiene esa cualidad) y que también se daban situaciones en que el trato franco, sin parafernalia verbal era la única vía comunicativa. El primero, ni tardo ni perezoso, objetó que ese modo de proceder también equivalía a mostrar dos caras; el tercero, con un dejo de estupefacción ante lo que el otro decía pero con un aire que indicaba que con lo que iba a decir daba por zanjado el asunto, lo rebatió: “no se pueden mostrar dos caras cuando la intención es honesta y va encaminada a quedar bien en dos frentes distintos”. La ganancia no está peleada con la cosecha aun cuando no sean igualmente proporcionales.
De todo ello concluyo: se puede ser, al mismo tiempo, un dr. Jekyll y un mr. Hyde y, sin embargo, puede llegar el momento en que entre el cambio de uno a otro no medie una pócima.

“El paisaje recobra lentamente / los límites de tu cuerpo, / de tu nombre, amor mío / y esta realidad, / me llena el corazón de pájaros”
Carmen Villoro, “Paisaje marino” –V–, en Que no se vaya el viento

(La costa del Pacífico: la luz verdea… nada entre el cielo y la tierra: sólo altura… la Chica Azul: y su voz que sigue colmándose de aves marinas… Y Césaria descalza con “Sodade”….)
Imagen: www.blogs.hola.com/hongkongblues

jueves, 17 de julio de 2008

Casi como reinventarse



Mucho se ha dicho y escrito respecto a que la niñez es la etapa más maravillosa, la época de los descubrimientos, de los asombros y las mil y una conjeturas. Y también se dice y se repite que imbuidos en los quehaceres propios de la vida adulta olvidamos las sorpresas cotidianas de la infancia, aquellas ocurrencias que hoy nos parecen disparatadas y que, si se corría la suerte de ser descubierto, nos ponían en el paredón de los regaños. No había manera de salir bien librado: las sentencias maternas tienen la cualidad de dejarse venir como chubascos; ni para dónde hacerse.
No obstante el irreversible paso del tiempo, ya siendo grande se tiene la posibilidad de volver a ser niño en el momento que se quiera: sólo basta buscar a ese pequeño que fuimos y sus recuerdos en los adentros. Sí, como emprender un viaje a la semilla –con permiso de Carpentier.
Y es que ser niño y actuar como tal, por otro lado, comporta un misterio: de ésos que dan pie a la perplejidad ante la falta de explicaciones cuando, por ejemplo, se les ve jugar por horas con el palito de la paleta de hielo o la tapa del garrafón de agua; de esos misterios insondables que por más que se les dé vuelta no se les halla cuadratura.
Otra cosa es, sin embargo, jugar a la pelota, porque jugar a la pelota –permítaseme la disertación- es casi como reinventarse: porque allí todo es alegría, porque todo cuanto acontece viene precedido por el deslumbramiento, porque la imaginación pasa a convertirse en una palabra propia, porque, sin sospecharlo, se va forjando un sentido de identidad y pertenencia a ese mundo que se construye sin demasiado esfuerzo.
Reinventarse es sencillo: basta jugar a la pelota con un niño que recién aprendió a correr, como hace dos días, para fortuna mía, lo hice con Bebesito en una noche que vino azul: el alumbramiento se dio cuando corrí tras la pelota para impedir que un auto que pasaba por la calle en aquel momento le pasara por encima.

“Y tú, caminando, / lo iluminas todo; / los cinco minutos, / te hacen florecer”
Víctor Jara, “Te recuerdo, Amanda”

(Y sigue la voz colmándose de aves marinas….
El aguacero que cayó la madrugada de ayer hiló una vicisitud más a las que ya había traído el actual temporal: se inundó el vestíbulo, el pasillo y el inicio de la sala.
Ahí se los dejo: 650 mil focas autorizó matar el gobierno canadiense este año. La piel de ese animal se ha convertido en la codiciada perla del mercado negro: se comercializan ahí, por lo menos, un millón de unidades; es decir, 350 mil por encima de las oficiales. Además, se supone que las 650 mil están reguladas y etiquetadas. ¿Estamos hablando entonces de un millón 650 mil focas sacrificadas anualmente?)

Imagen: www.bbc.co.uk

martes, 15 de julio de 2008

Días idos, días traídos


Recuerdo que en la preparatoria, más allá de cuarto semestre, una compañera dijo que desde hacía más de cinco años llevaba un diario: de inmediato la emparenté, incluso en su aspecto físico, con la mítica y pobrecilla Ana Frank, cuyas páginas escritas de su puño y letra constituyeron un invaluable primer acercamiento con el dolor del holocausto.
Xavier Velasco ayer escribía en Público que de pequeño escribía un diario, pero que en un momento de lucidez y debilidad se deshizo de él: “lo quemé antes de que me quemara”, pues por aquella época sólo las niñas eran asiduas a escribir un diario; nada más rosa como aquello de: “Querido, Diario….”.
Mi compañera que, por cierto, era fanática de las historias garciamarquianas –en un cumpleaños me obsequió Relato de un náufrago-, acusaba una personalidad más que silenciosa un tanto obcecada: no cruzaba palabra con más de dos o tres compañeros por la seguridad de que perdía el tiempo –yo me contaba entre esos tres compañeros suyos-, y nunca gastó una participación en clase sin antes asegurarse de que no iba a decir un disparate. De todo ello, entonces, se puede colegir que escribir un diario le daba las armas necesarias para hablar hasta por los codos sin pronunciar palabra alguna: lo mejor que uno puede decir, aseguran algunos, es aquello que se deja escrito.
Llevar un diario equivale, más que a dar cuenta de todos los pormenores de lo sucedido en el día a día, a encomendarse a una memoria que no es volátil, a una memoria que, a las primeras de cambio, no le será posible traicionar aquello que la ha constituido a lo largo del tiempo: los sucesos consignados, los nombres ahí inmortalizados, las fechas y anécdotas dignas de describirse y, por lo tanto, conjuradas a repetirse en la medida en que les sea posible, tras una lectura en el futuro se investirán como cosas deslumbrantes, como señal inequívoca de que recordar, más que volver a vivir, es disfrutar lo evocado con la certeza de lo irrepetible.

“El niño que yo fui juega contigo, / se esconde en un rincón, / el tiempo entre los rieles de un camino, / la risa entre los rieles de un vagón.
Rolar con un amigo, / crecimos al vapor / robando luz al sol, / atracando luz al sol”
Betsy Pecanins (interpreta), “Robando luz al sol” en Recuento (disco 2)

(Ahí se los dejo: la Fundación para la Prevención de Residuos, en colaboración con el Departamento de Medio Ambiente de la Generalitat, en Cataluña, la semana antepasada celebró el “primer día sin bolsas de plástico”, a fin de fomentar el no uso de este tipo de bolsas. Incluso planean ir más allá: lograr la prohibición total de la distribución de bolsas de plástico, como ya se ha anunciado que se hará en China y Francia. “Quizá el plástico no sea el problema. El desafío está en la reutilización y el reciclaje”.)


lunes, 14 de julio de 2008

"Tú tienes cara de...."


Lo que uno menos piensa, cuando se va por ahí, es que en algún momento y en cualesquiera lugar, alguien salga con aquella sentencia que a estas alturas todavía no me puedo explicar: “tú tienes cara de….”, “tú tienes cara de que te gusta….”.
Y entonces sobreviene una avalancha de cuestionamientos internos que pugnan por dar claridad a esos latigazos oscuros que suscitan esas palabras venidas de quién sabe dónde: ¿cómo se habrá percatado de que tengo afición por los pericos australianos?, ¿acaso mis ojos delataron mi inclinación por las peceras de colores?, ¿en mi semblante cejijunto descubrió que desde niño rompo a gritar y patalear si la calificación de toda materia no tiene como mínimo un nueve?, entre tantas otras cuestiones que nos toman por asalto.
La más férrea personalidad se ve sacudida ante tales dictámenes acuciosos: no son pocos los que van por la vida endilgando etiquetas de cualidades y modos de ser a las personas, repartiendo a diestra y siniestra (a veces con actitud siniestra) sin considerar por un momento que pueden provocar un cisma interno o echar por tierra el desvelo de una nueva personalidad fraguada por largo tiempo.
Hay quienes, incluso, lanzan estos anzuelos (“tú tienes cara de….”) con un desparpajo que no puede sino provocar temor en el aludido; es decir, ha sucedido, por ejemplo, que más de alguno recibe un “tú tienes cara de….” de parte de alguien que apenas conoce, que no tiene más de una semana de tratarlo –por encimita-, que es su nuevo compañero de trabajo o que, de plano, nunca había visto en su vida —salvo esa vez.
Ahora, ¿en qué se basan estos aventurados engendradores para prodigar, sin reparos ni mezquindad, las más diversas personalidades y una larga lista de atributos? La cuestión, si se me permite anotarlo, no es que atinen o yerren en sus decisiones, sino en el proceso de desdoblamiento y conocimiento que, en algunos, arranca en el justo instante en que le dicen “tú tienes cara de….”.

“Buenos días día / Buenas noches noche / El sombrero del día se levanta hacia la noche / El sombrero de la noche se baja hacia el día”
Vicente Huidobro, “Noche y día” en Ver y palpar

(Ahí se los dejo: el viernes pasado, sobre la av. López Mateos sucedió una escena que hay que guardar para la posteridad: algunos pasajeros de camión urbano defendieron al chofer de un agente de vialidad y acabaron recluidos en La Curva; el asunto sucedió de este modo: una unidad de la ruta 24 circulaba por esa avenida cuando un agente vial, a pesar de estar la luz en rojo del semáforo le indicó al chofer que siguiera; una cuadra más adelante lo detuvo otro agente con la intención de multarlo por pasarse el alto. Sin considerar las atenuantes que esgrimía el conductor, el azul procedió a multarlo; entonces, de la unidad descendieron algunos pasajeros para interceder en favor del chofer; el resultado: dos de los usuarios de la ruta acabaron tras las rejas en La Curva y el camión fue llevado al corralón porque el conductor se negó a mostrar la documentación que el agente le requería. ¡Qué mala leche!)