
Recuerdo que en la preparatoria, más allá de cuarto semestre, una compañera dijo que desde hacía más de cinco años llevaba un diario: de inmediato la emparenté, incluso en su aspecto físico, con la mítica y pobrecilla Ana Frank, cuyas páginas escritas de su puño y letra constituyeron un invaluable primer acercamiento con el dolor del holocausto.
Xavier Velasco ayer escribía en Público que de pequeño escribía un diario, pero que en un momento de lucidez y debilidad se deshizo de él: “lo quemé antes de que me quemara”, pues por aquella época sólo las niñas eran asiduas a escribir un diario; nada más rosa como aquello de: “Querido, Diario….”.
Mi compañera que, por cierto, era fanática de las historias garciamarquianas –en un cumpleaños me obsequió Relato de un náufrago-, acusaba una personalidad más que silenciosa un tanto obcecada: no cruzaba palabra con más de dos o tres compañeros por la seguridad de que perdía el tiempo –yo me contaba entre esos tres compañeros suyos-, y nunca gastó una participación en clase sin antes asegurarse de que no iba a decir un disparate. De todo ello, entonces, se puede colegir que escribir un diario le daba las armas necesarias para hablar hasta por los codos sin pronunciar palabra alguna: lo mejor que uno puede decir, aseguran algunos, es aquello que se deja escrito.
Llevar un diario equivale, más que a dar cuenta de todos los pormenores de lo sucedido en el día a día, a encomendarse a una memoria que no es volátil, a una memoria que, a las primeras de cambio, no le será posible traicionar aquello que la ha constituido a lo largo del tiempo: los sucesos consignados, los nombres ahí inmortalizados, las fechas y anécdotas dignas de describirse y, por lo tanto, conjuradas a repetirse en la medida en que les sea posible, tras una lectura en el futuro se investirán como cosas deslumbrantes, como señal inequívoca de que recordar, más que volver a vivir, es disfrutar lo evocado con la certeza de lo irrepetible.
“El niño que yo fui juega contigo, / se esconde en un rincón, / el tiempo entre los rieles de un camino, / la risa entre los rieles de un vagón.
Rolar con un amigo, / crecimos al vapor / robando luz al sol, / atracando luz al sol”
Betsy Pecanins (interpreta), “Robando luz al sol” en Recuento (disco 2)
(Ahí se los dejo: la Fundación para la Prevención de Residuos, en colaboración con el Departamento de Medio Ambiente de la Generalitat, en Cataluña, la semana antepasada celebró el “primer día sin bolsas de plástico”, a fin de fomentar el no uso de este tipo de bolsas. Incluso planean ir más allá: lograr la prohibición total de la distribución de bolsas de plástico, como ya se ha anunciado que se hará en China y Francia. “Quizá el plástico no sea el problema. El desafío está en la reutilización y el reciclaje”.)
Xavier Velasco ayer escribía en Público que de pequeño escribía un diario, pero que en un momento de lucidez y debilidad se deshizo de él: “lo quemé antes de que me quemara”, pues por aquella época sólo las niñas eran asiduas a escribir un diario; nada más rosa como aquello de: “Querido, Diario….”.
Mi compañera que, por cierto, era fanática de las historias garciamarquianas –en un cumpleaños me obsequió Relato de un náufrago-, acusaba una personalidad más que silenciosa un tanto obcecada: no cruzaba palabra con más de dos o tres compañeros por la seguridad de que perdía el tiempo –yo me contaba entre esos tres compañeros suyos-, y nunca gastó una participación en clase sin antes asegurarse de que no iba a decir un disparate. De todo ello, entonces, se puede colegir que escribir un diario le daba las armas necesarias para hablar hasta por los codos sin pronunciar palabra alguna: lo mejor que uno puede decir, aseguran algunos, es aquello que se deja escrito.
Llevar un diario equivale, más que a dar cuenta de todos los pormenores de lo sucedido en el día a día, a encomendarse a una memoria que no es volátil, a una memoria que, a las primeras de cambio, no le será posible traicionar aquello que la ha constituido a lo largo del tiempo: los sucesos consignados, los nombres ahí inmortalizados, las fechas y anécdotas dignas de describirse y, por lo tanto, conjuradas a repetirse en la medida en que les sea posible, tras una lectura en el futuro se investirán como cosas deslumbrantes, como señal inequívoca de que recordar, más que volver a vivir, es disfrutar lo evocado con la certeza de lo irrepetible.
“El niño que yo fui juega contigo, / se esconde en un rincón, / el tiempo entre los rieles de un camino, / la risa entre los rieles de un vagón.
Rolar con un amigo, / crecimos al vapor / robando luz al sol, / atracando luz al sol”
Betsy Pecanins (interpreta), “Robando luz al sol” en Recuento (disco 2)
(Ahí se los dejo: la Fundación para la Prevención de Residuos, en colaboración con el Departamento de Medio Ambiente de la Generalitat, en Cataluña, la semana antepasada celebró el “primer día sin bolsas de plástico”, a fin de fomentar el no uso de este tipo de bolsas. Incluso planean ir más allá: lograr la prohibición total de la distribución de bolsas de plástico, como ya se ha anunciado que se hará en China y Francia. “Quizá el plástico no sea el problema. El desafío está en la reutilización y el reciclaje”.)
Imagen: http://www.saladeespera.com/
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