
No hace mucho tiempo que la Rendidora Sabelotodo aprendió a escribir su nombre: y como una plaga, en silencio y con los dedos atropellados lo escribía en todo aquello que estuviera a su alcance: en un pliego de periódico, en el recibo del agua, en un sobre inservible, en cuadernos de apuntes de su hermano, incluso en alguna pared o puerta.
La escritura es una de las primeras maravillas que descubrimos siendo niños: es un ejercicio en sí mismo emocionante y que practicamos desde que aprendemos nuestras primeras letras en la primaria –ahora algunos salen del pre-escolar ya sabiéndolas–. Apenas somos capaces de esbozar algunos deletreos, mediante la práctica de nuestra incipiente y tropezada lectura a los seis o siete años, y ya estamos propensos a leer y escribir lo que escuchamos o vemos: un enorme letrero publicitario nos rebasa los ojos, aquel cartel que pende en la parada del camión parece hipnotizarnos, las letras que aparecen en los comerciales de televisión traen sorpresas, las etiquetas de todo tipo de frascos, envases y botellas; es decir, primero la voz y luego el lápiz se convierten en los vehículos por medio de los cuales transformamos esos apurados deletreos en rastros faltos de caligrafía y casi ilegibles, pero de ese modo entablamos contacto con el entorno que es causa de nuestro asombro, nos empapamos de la realidad cotidiana y ponemos al tanto de nuestra presencia a quienes nos rodean.
Apenas aprendemos a escribir, ya sea apurados por la consigna del cumplimiento de la tarea de nuestras primeras clases o guiados por la sensación triunfante de ver escrito el nombre que nos pusieron –¡si por lo menos hubieran visto la cara de la Rendidora cada que (mal)escribía su nombre!– pasamos a formar parte de este mundo, pero también de otro, ése que se descifra por medio de la lectura: el mundillo escrito.
Ese mundo con el que cada día nos vamos identificando mediante imágenes y vivencias tanto corporales como afectivas, ese mundo al que no se puede renunciar porque apenas hemos terminado nuestras primeras letras –sea cual sea la intención– ya cargamos con esta encomienda no exenta de polémica y no del todo inexpugnable: nadie escribe para sí mismo, sino para los demás.
“Cada poema un paso hacia la muerte, / una falsa moneda de rescate, / un tiro al blanco en medio de la noche….”
Álvaro Mutis, “Cada poema” en Los trabajos perdidos
(Ahí se los dejo: antier, durante su visita a la Basílica de Guadalupe, al candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos John McCain se le instó a colocar un arreglo floral a la Virgen de Guadalupe, a una altura de metro y medio: esto no tendría nada de extraordinario salvo que McCain no puede levantar los brazos desde hace 40 años porque sus captores vietnamitas –fue prisionero de guerra– le rompieron los hombros dañándolo irreparablemente. Lo hizo. El esfuerzo fue colosal. “Es hora de buscar los votos hasta debajo de las piedras”.)
La escritura es una de las primeras maravillas que descubrimos siendo niños: es un ejercicio en sí mismo emocionante y que practicamos desde que aprendemos nuestras primeras letras en la primaria –ahora algunos salen del pre-escolar ya sabiéndolas–. Apenas somos capaces de esbozar algunos deletreos, mediante la práctica de nuestra incipiente y tropezada lectura a los seis o siete años, y ya estamos propensos a leer y escribir lo que escuchamos o vemos: un enorme letrero publicitario nos rebasa los ojos, aquel cartel que pende en la parada del camión parece hipnotizarnos, las letras que aparecen en los comerciales de televisión traen sorpresas, las etiquetas de todo tipo de frascos, envases y botellas; es decir, primero la voz y luego el lápiz se convierten en los vehículos por medio de los cuales transformamos esos apurados deletreos en rastros faltos de caligrafía y casi ilegibles, pero de ese modo entablamos contacto con el entorno que es causa de nuestro asombro, nos empapamos de la realidad cotidiana y ponemos al tanto de nuestra presencia a quienes nos rodean.
Apenas aprendemos a escribir, ya sea apurados por la consigna del cumplimiento de la tarea de nuestras primeras clases o guiados por la sensación triunfante de ver escrito el nombre que nos pusieron –¡si por lo menos hubieran visto la cara de la Rendidora cada que (mal)escribía su nombre!– pasamos a formar parte de este mundo, pero también de otro, ése que se descifra por medio de la lectura: el mundillo escrito.
Ese mundo con el que cada día nos vamos identificando mediante imágenes y vivencias tanto corporales como afectivas, ese mundo al que no se puede renunciar porque apenas hemos terminado nuestras primeras letras –sea cual sea la intención– ya cargamos con esta encomienda no exenta de polémica y no del todo inexpugnable: nadie escribe para sí mismo, sino para los demás.
“Cada poema un paso hacia la muerte, / una falsa moneda de rescate, / un tiro al blanco en medio de la noche….”
Álvaro Mutis, “Cada poema” en Los trabajos perdidos
(Ahí se los dejo: antier, durante su visita a la Basílica de Guadalupe, al candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos John McCain se le instó a colocar un arreglo floral a la Virgen de Guadalupe, a una altura de metro y medio: esto no tendría nada de extraordinario salvo que McCain no puede levantar los brazos desde hace 40 años porque sus captores vietnamitas –fue prisionero de guerra– le rompieron los hombros dañándolo irreparablemente. Lo hizo. El esfuerzo fue colosal. “Es hora de buscar los votos hasta debajo de las piedras”.)
Imagen: mikelizal.blogspot.com
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