
Su cabello lucía completamente blanco. Y el bigote y la barba también blanqueaban. Descendió de un automóvil en Chapultepec, bajo la lluvia; sacó un paraguas negro y se encaminó hacia la puerta de la Joseluisa. Antes de ingresar sacudió las gotas del paraguas cerrándolo y abriéndolo alternativamente por unos instantes. Apenas cruzó el umbral lo saludó Jorge Esquinca: llevaba un traje oscuro, corbata azul y camisa y pañuelo amarillos. Era Fernando del Paso, quien encabezaría la lectura de poemas en voz alta de Alí Chumacero, para celebrar su nonagésimo cumpleaños.
Por la mesa de lectura, inaugurada por el mismo don Fernando, pasaron poetas y escritores locales; un día antes, mediante correo electrónico, yo me había anotado para participar del lado del “público en general” en la lectura en honor de don Alí. Me correspondió uno de los tres poemas –según críticos y escritores– mejor logrados del poeta nacido en Acapaneta en 1918: “Monólogo del viudo”.
El autor de José Trigo cerró la lectura, casi una hora después, cuando dio voz, según palabras del mismo Esquinca, al más conocido y mejor poema de Chumacero: “Responso del peregrino”. Antes de iniciar con “Responso…”, del Paso pidió que los aplausos finales fueran para todos los lectores participantes, para los escuchas y, sobre todo, para el cumpleañero que, por motivo de que en la librería Rosario Castellanos del D.F. le rendían otro homenaje, no había podido asistir.
Un copa de vino tinto –servido en vasos desechables– fue el cerrojo de una noche de lluvia insistente, en la que la voz (de del Paso) y los poemas (de don Alí) fueron la vía de un abrazo fraterno: “desde aquí le mando mis felicidades”, dijo del Paso casi al final.
Hoy me permitiré, por este doble motivo: el cumpleaños de don Alí y la lectura pública de una veintena de textos poéticos suyos, transcribir su “Poema de amorosa raíz” contenido en Páramo de sueños (1940):
Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.
Por la mesa de lectura, inaugurada por el mismo don Fernando, pasaron poetas y escritores locales; un día antes, mediante correo electrónico, yo me había anotado para participar del lado del “público en general” en la lectura en honor de don Alí. Me correspondió uno de los tres poemas –según críticos y escritores– mejor logrados del poeta nacido en Acapaneta en 1918: “Monólogo del viudo”.
El autor de José Trigo cerró la lectura, casi una hora después, cuando dio voz, según palabras del mismo Esquinca, al más conocido y mejor poema de Chumacero: “Responso del peregrino”. Antes de iniciar con “Responso…”, del Paso pidió que los aplausos finales fueran para todos los lectores participantes, para los escuchas y, sobre todo, para el cumpleañero que, por motivo de que en la librería Rosario Castellanos del D.F. le rendían otro homenaje, no había podido asistir.
Un copa de vino tinto –servido en vasos desechables– fue el cerrojo de una noche de lluvia insistente, en la que la voz (de del Paso) y los poemas (de don Alí) fueron la vía de un abrazo fraterno: “desde aquí le mando mis felicidades”, dijo del Paso casi al final.
Hoy me permitiré, por este doble motivo: el cumpleaños de don Alí y la lectura pública de una veintena de textos poéticos suyos, transcribir su “Poema de amorosa raíz” contenido en Páramo de sueños (1940):
Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.
Imagen: www.jornada.unam.mx
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