miércoles, 2 de julio de 2008

Sombreros (1)


Mi padre jamás usó sombrero. Incluso su cabeza casi calva jamás lució alguna prenda; salvo aquella ocasión en que trabajó de peón de albañil en la construcción de la casa de mis tíos. Eso lo recuerdo con nitidez: gracias al sol la cal brillaba en el pañuelo rojo que se amarró a la testa luego de que mi madre se lo pidiera hasta el cansancio. Y es que su peinado de tres picos –con limón se levantaba el pelo en tres direcciones distintas– le impedía llevar sombrero. En casa no había un perchero, ni un clavo grande donde mostrarlo a las visitas, ni un lugar donde pudiera estar guardado: alguna vez abrí su ropero con la seguridad de que ahí estaría, en la parte alta, reluciente, todavía envuelto en plástico, como en espera de verse adornando alguna cabeza. Ni rastro. Tras aquella pesquisa concluí que mi padre alguna vez llegó a usar uno, y que se entristeció tanto al extraviarlo que decidió ya no comprar jamás otro.

“No es fácil explicar la relación de un hombre con su sombrero. Es un objeto que siempre va a estar ahí, muy cerca de la cabeza”.
Luis Humberto Crosthwaite, Idos de la mente

(El fragmento arriba escrito pertenece a un texto que fue publicado hace tiempo en "El Tapatío", bajo el título "Ahí va, y lo lleva de lado"; que habla sobre el uso del sombrero en mi familia.
El lunes murió el músico Ángel Tavira, protagonista de la película El violín, tan premiada alrededor del mundo.
Ahí se los dejo: el ejército colombiano ha asestado un durísimo golpe a las FARC con la liberación, tras seis años de cautiverio, de Ingrid Betancourt, en una espectacular operación en la selva en la que también han liberado a otros 14 rehenes. Al aterrizar en Bogotá, la excandidata presidencial ha prometido “seguir luchando por la libertad de los que quedaron cautivos” –reseña El País en su edición vespertina–.)

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