
En un restaurante presencié esta escena:
En la mesa de al lado, en la que se hallaban sentados cuatro comensales, hacía un buen rato que se discutía el siguiente asunto: “Pero no me haces caso nunca, te dije que fuéramos al otro restaurante, allí por lo menos no se tardan tanto en servirnos”. “Sí; pero aquí la comida es mejor”, “Y también más cara deberías agregar”. “Bueno, ¿quién te entiende?, ¿qué prefieres, pagar poco y comer mal o comer bien aunque salga un poco gravoso?”. “Prefiero comer en casa, pero tampoco hoy preparaste nada”. “Es imposible hablar contigo, siempre estás cuidando los pesos”, “Pues, claro, para eso me parto el lomo”…. “Ya, ya; hijos, ¿ya vieron la carta, qué van a pedir?”.
Los dos adolescentes, que hasta entonces se habían limitado, como si estuvieran presenciando un partido de tenis, a seguir la pelota de la conversación de un lado a otro, se miraron y uno de ellos, antes de responder, chasqueó la lengua; dijo: “Mejor vámonos, mami, porque luego papá va a echar una mosca o una cucaracha en mi plato y me pedirá que grite para que él pueda llamar al mesero”. El otro, que casi podría jurar que era su gemelo, hizo una mueca cómplice. Y sin esperar aprobación de sus padres, los dos adolescentes enfilaron hacia la salida. El tipo, al que de súbito los colores se le habían subido al rostro, pesadamente se puso de pie y caminó detrás de su mujer; en ese momento pude ver que, literalmente, llevaba la cola entre las patas.
Más allá de lo inverosímil de la escena –porque algo tiene de eso–, me pregunto: suponiendo que el tipo, deduciéndolo de lo que dijo uno de los muchachos, iba preparado y dispuesto a realizar tal cosa como en ocasiones anteriores, ¿qué fue lo que hizo que se echara para atrás? No encuentro respuesta, sólo una imagen: el rostro, entre desolado y rabioso, de su mujer.
“Mujer. Mujer y palomas. / Mujer entre sueños. / ¿Nubes en sus ojos? / Nubes sobre sus cabellos”.
Joao Cabral de Melo Neto, “La mujer sentada” en El ingeniero
(Ayer por la noche la hice de pintor de brocha gorda: ¿quién dice que un beso, un abrazo, algunas palabras, una sola mirada, una cerveza, un vaso con agua, un trago de vino, incluso un poco de arroz con leche no es la mejor remuneración a tan agotadora tarea?
Ahí se los dejo: en la semana anterior recibimos la grata noticia de que, por ley, tendremos que separar la basura. La Semades será la instancia encargada de distribuir las bandas de colores para pegar a las bolsas y saber qué tipo de residuo habrán de contener. Incluso se ha proyectado pedir a los establecimientos que las bolsas en que venden sus productos sean de esos mismos colores. ¡Enhorabuena!)
Imagen: http://www.iesgrancapitan.org/
En la mesa de al lado, en la que se hallaban sentados cuatro comensales, hacía un buen rato que se discutía el siguiente asunto: “Pero no me haces caso nunca, te dije que fuéramos al otro restaurante, allí por lo menos no se tardan tanto en servirnos”. “Sí; pero aquí la comida es mejor”, “Y también más cara deberías agregar”. “Bueno, ¿quién te entiende?, ¿qué prefieres, pagar poco y comer mal o comer bien aunque salga un poco gravoso?”. “Prefiero comer en casa, pero tampoco hoy preparaste nada”. “Es imposible hablar contigo, siempre estás cuidando los pesos”, “Pues, claro, para eso me parto el lomo”…. “Ya, ya; hijos, ¿ya vieron la carta, qué van a pedir?”.
Los dos adolescentes, que hasta entonces se habían limitado, como si estuvieran presenciando un partido de tenis, a seguir la pelota de la conversación de un lado a otro, se miraron y uno de ellos, antes de responder, chasqueó la lengua; dijo: “Mejor vámonos, mami, porque luego papá va a echar una mosca o una cucaracha en mi plato y me pedirá que grite para que él pueda llamar al mesero”. El otro, que casi podría jurar que era su gemelo, hizo una mueca cómplice. Y sin esperar aprobación de sus padres, los dos adolescentes enfilaron hacia la salida. El tipo, al que de súbito los colores se le habían subido al rostro, pesadamente se puso de pie y caminó detrás de su mujer; en ese momento pude ver que, literalmente, llevaba la cola entre las patas.
Más allá de lo inverosímil de la escena –porque algo tiene de eso–, me pregunto: suponiendo que el tipo, deduciéndolo de lo que dijo uno de los muchachos, iba preparado y dispuesto a realizar tal cosa como en ocasiones anteriores, ¿qué fue lo que hizo que se echara para atrás? No encuentro respuesta, sólo una imagen: el rostro, entre desolado y rabioso, de su mujer.
“Mujer. Mujer y palomas. / Mujer entre sueños. / ¿Nubes en sus ojos? / Nubes sobre sus cabellos”.
Joao Cabral de Melo Neto, “La mujer sentada” en El ingeniero
(Ayer por la noche la hice de pintor de brocha gorda: ¿quién dice que un beso, un abrazo, algunas palabras, una sola mirada, una cerveza, un vaso con agua, un trago de vino, incluso un poco de arroz con leche no es la mejor remuneración a tan agotadora tarea?
Ahí se los dejo: en la semana anterior recibimos la grata noticia de que, por ley, tendremos que separar la basura. La Semades será la instancia encargada de distribuir las bandas de colores para pegar a las bolsas y saber qué tipo de residuo habrán de contener. Incluso se ha proyectado pedir a los establecimientos que las bolsas en que venden sus productos sean de esos mismos colores. ¡Enhorabuena!)
Imagen: http://www.iesgrancapitan.org/
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