
Hace casi dos semanas España se alzó como campeona de la Eurocopa celebrada en Suiza y Austria. Los vientos renovados del buen futbol, para beneplácito de todos aquellos que pregonan que el mejor futbol se practica en el viejo continente, se pasearon por los estadios austriacos y suizos; claro, salvo contadas excepciones –como la misma Alemania que accedió a la final del certamen, y esto lo digo yo, sin merecerlo; las selecciones alemanas que compiten en torneos internacionales de algún modo se las arreglan para acceder a las rondas finales: “respaldada por su historia de equipo grande”, se congratulan en afirmar algunos comentaristas y más de algún aficionado; yo objetaría que las más de las veces el azar les muestra su mejor lado para cosechar algunos triunfos que ni por asomo les hubieran pertenecido-. Al final, vestirse de hombres de trucos en pantalón corto para llevar el balón al fondo de la portería sigue siendo, con mucho, más que un acto de fuerza y una acción desarticulada.
España, desde aquel primer partido en que vapuleó a un equipo ruso, que después tendría la oportunidad de reivindicarse ante la Furia Roja, al que le metió cuatro goles en un santiamén, dio muestras de que la sed por quitarse ese estigma del “equipo del ya merito” no sólo se lo habían forjado como propósito, sino que cada acción, desde la banca y sobre el césped, estaba encaminada a conseguir el campeonato, sin importar las vicisitudes que se presentaran en el camino.
No me congratulo del triunfo de España sino por una sola razón: el futbol que desplegó en los seis partidos que disputó (de los cuales ganó cinco y empató uno –con Italia, a la que superaría en la ronda de penaltis-) dejó buen sabor de boca, se trató de un juego no mecanicista sino aventurado y preciosista en ocasiones, no exento de improvisación y bien construidas jugadas; un futbol que, por ejemplo, no se vio en el mundial pasado celebrado en tierras germanas.
Alemania, como el equipo mezquino que es ahora, porque no siempre ha sido así, se quedó en la orilla: en la semifinal dieron su mejor juego ante los turcos, el equipo gitano del torneo que, dicen algunos, habría contribuido a que se diera un juego espectacular en la final en caso de haberse enfrentado a los españoles; cosa que no sucedió entre los teutones y los ibéricos.
Más de algún comentarista y crítico, con aire de sapiencia absoluta, dice que si a la Eurocopa se le sumarán Argentina y Brasil se trataría de un Mundial de Futbol: esto es aventurado y minimiza los esfuerzos de otros países por sobresalir; se juega excelente futbol en algunos países sudamericanos, pero en particular el argentino es agresivo y no tiene mucho de sobresaliente, como si sucede en tierras cariocas.
En fin, España le propinó unas cuantas bofetadas de guante blanco a todas aquellas federaciones de futbol y entrenadores, que pugnan por un juego cuadrado, mezquino y temeroso: los pupilos de Aragonés siempre se mostraron dispuestos a sorprender con el balón, a deleitar las pupilas de los espectadores, a devolver al futbol la cualidad de espectáculo que perdió durante algunos años en competencias internacionales. Y como dice Galeano, “no importa el equipo que lo despliegue, el buen futbol siempre se agradece”.
“Fueron a cazar guitarras / bajo la luna llena. / Y trajeron ésta, / pálida, fina, esbelta, / ojos de inagotable mulata / cintura de abierta madera. / Es joven, apenas vuela”.
Nicolás Guillén, “Guitarra” en El gran zoo
(Según supe, Bebesito ha pasado de ser Bebesito Valiente a Bebesito Bailador: esto de la genética siempre se las arregla para dotar de cualidades a las personas.
Y tu voz se colma de aves marinas….
Ahí se los dejo: de entre las 250 mil y 500 mil mujeres y niñas que sobrevivieron a la violación y otras formas de violencia sexual durante el genocidio de Ruanda en 1994, 7 de cada 10 viven ahora con VIH.)
Imagen: http://www.hard-h2o.com/
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