
Mucho se ha dicho y escrito respecto a que la niñez es la etapa más maravillosa, la época de los descubrimientos, de los asombros y las mil y una conjeturas. Y también se dice y se repite que imbuidos en los quehaceres propios de la vida adulta olvidamos las sorpresas cotidianas de la infancia, aquellas ocurrencias que hoy nos parecen disparatadas y que, si se corría la suerte de ser descubierto, nos ponían en el paredón de los regaños. No había manera de salir bien librado: las sentencias maternas tienen la cualidad de dejarse venir como chubascos; ni para dónde hacerse.
No obstante el irreversible paso del tiempo, ya siendo grande se tiene la posibilidad de volver a ser niño en el momento que se quiera: sólo basta buscar a ese pequeño que fuimos y sus recuerdos en los adentros. Sí, como emprender un viaje a la semilla –con permiso de Carpentier.
Y es que ser niño y actuar como tal, por otro lado, comporta un misterio: de ésos que dan pie a la perplejidad ante la falta de explicaciones cuando, por ejemplo, se les ve jugar por horas con el palito de la paleta de hielo o la tapa del garrafón de agua; de esos misterios insondables que por más que se les dé vuelta no se les halla cuadratura.
Otra cosa es, sin embargo, jugar a la pelota, porque jugar a la pelota –permítaseme la disertación- es casi como reinventarse: porque allí todo es alegría, porque todo cuanto acontece viene precedido por el deslumbramiento, porque la imaginación pasa a convertirse en una palabra propia, porque, sin sospecharlo, se va forjando un sentido de identidad y pertenencia a ese mundo que se construye sin demasiado esfuerzo.
Reinventarse es sencillo: basta jugar a la pelota con un niño que recién aprendió a correr, como hace dos días, para fortuna mía, lo hice con Bebesito en una noche que vino azul: el alumbramiento se dio cuando corrí tras la pelota para impedir que un auto que pasaba por la calle en aquel momento le pasara por encima.
“Y tú, caminando, / lo iluminas todo; / los cinco minutos, / te hacen florecer”
Víctor Jara, “Te recuerdo, Amanda”
(Y sigue la voz colmándose de aves marinas….
El aguacero que cayó la madrugada de ayer hiló una vicisitud más a las que ya había traído el actual temporal: se inundó el vestíbulo, el pasillo y el inicio de la sala.
Ahí se los dejo: 650 mil focas autorizó matar el gobierno canadiense este año. La piel de ese animal se ha convertido en la codiciada perla del mercado negro: se comercializan ahí, por lo menos, un millón de unidades; es decir, 350 mil por encima de las oficiales. Además, se supone que las 650 mil están reguladas y etiquetadas. ¿Estamos hablando entonces de un millón 650 mil focas sacrificadas anualmente?)
Imagen: www.bbc.co.uk
No hay comentarios:
Publicar un comentario