
Cuando se cumplen años se experimenta una doble sensación que, a su vez, desemboca en una doble tiranía –máxime si el cumpleaños viene dos veces por año–: las sensaciones –que no es posible colgarles una etiqueta de exclusividad– tienen que ver con una perspectiva de distancia, es decir: cuando cada 365 días llega la fecha conmemorativa de nacimiento se ha de optar por una de dos: o con un dejo de desgana se acepta que se acumulen años o se restan si se piensa en la estrechez de la vida, y en esto cada quien elige la opción que mejor le viene; pero esa distancia no es medible ni cuantificable por ningún flanco: ni el metro, ni el satélite lunar, ni las medidas de peso –parafraseando a Armando Rosas– sirven para tal cosa. Cumplir años, entonces, abre un abismo del que, al volver la vista, es imposible regresar, no hay manera alguna de desandar las huellas que se van dejando; no hay vuelta de hoja: los cumpleaños –diríase los años idos– se han hecho a la mar en una tarde embravecida, han abierto una distancia insalvable.
Y la doble tiranía no es otra cosa que un orgullo primerizo y un poco alocado o la languidez por la progresiva desaparición de la fuerza física o la certeza de que no se ha aprovechado al máximo la existencia: entregarse a cualquiera de estas dos condiciones equivale a amarrarse a un grillete y vagar por días sin salida promisoria, incluso uno se puede ver implicado en un devenir errabundo, cuyo desenlace, para qué negarlo, tiene lugar más pronto que tarde y sin previo aviso: el golpe, el marrazo, como en la testa de la res en años pasados, es mortal.
Esto viene a agudizarse si se considera que hay quien, insisto, festeja dos cumpleaños al año, y ése que lo hace no dispone más que de una sola salida: sumarle un año a su edad no obstante que, en el fondo, desearía con todo restarle, y no precisamente por no acumular y comprobar que los dedos no le alcanzan para contarlos, sino por ese absurdo temor de estar envejeciendo.
“Qué tibia pluma y mansa luz / tu cuerpo como un árbol, / como un árbol gritando, / con tanto poro abierto, con tanta sangre / en olas dulces elevándose”.
Isaac Felipe Azofeifa, “Itinerario simple de tu ausencia –ch–” en Trunca unidad
(Ahí se los dejo: en España un tipo mató a golpes a un bebé de once meses porque, él “jugaba muy concentrado”, le hizo perder una vida en un videojuego.)
Y la doble tiranía no es otra cosa que un orgullo primerizo y un poco alocado o la languidez por la progresiva desaparición de la fuerza física o la certeza de que no se ha aprovechado al máximo la existencia: entregarse a cualquiera de estas dos condiciones equivale a amarrarse a un grillete y vagar por días sin salida promisoria, incluso uno se puede ver implicado en un devenir errabundo, cuyo desenlace, para qué negarlo, tiene lugar más pronto que tarde y sin previo aviso: el golpe, el marrazo, como en la testa de la res en años pasados, es mortal.
Esto viene a agudizarse si se considera que hay quien, insisto, festeja dos cumpleaños al año, y ése que lo hace no dispone más que de una sola salida: sumarle un año a su edad no obstante que, en el fondo, desearía con todo restarle, y no precisamente por no acumular y comprobar que los dedos no le alcanzan para contarlos, sino por ese absurdo temor de estar envejeciendo.
“Qué tibia pluma y mansa luz / tu cuerpo como un árbol, / como un árbol gritando, / con tanto poro abierto, con tanta sangre / en olas dulces elevándose”.
Isaac Felipe Azofeifa, “Itinerario simple de tu ausencia –ch–” en Trunca unidad
(Ahí se los dejo: en España un tipo mató a golpes a un bebé de once meses porque, él “jugaba muy concentrado”, le hizo perder una vida en un videojuego.)
Imagen: marcoshistory.blogspot.com
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