
“…si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme”. Estas palabras, que pertenecen a Hans Castorp, protagonista de La montaña mágica, novela de Thomas Mann a la que André Gide definió como “una novela que ya no es novela porque lleva las posibilidades del género a un nuevo terreno que se trasciende a sí mismo”, le sirven para conjurar las horas de su día: en el cigarrillo comienza a correr su existencia y es la corona misma de todos sus ritos cotidianos.
En “Sólo para fumadores”, cuento que le da título a un libro que en 1987 publicó en Lima el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, deja constancia de lo imprescindible que se volvió el cigarrillo en su vida, no obstante que tras probarlo en la adolescencia se prometió no repetir aquello. La cotidianidad para Ribeyro adquiría sentido al momento, recién había despertado, de fumarse el primer cigarro del día: me da la impresión de que Ribeyro no habría podido sobrevivir –por paradójico que esto parezca- sin el auxilio –sin la gracia- de ese pequeño tubo que parece alargarse con el humo y perderse en el aire.
Oliverio Girondo, por su parte, inmortalizó ese amasijo de papel pulcramente delgado, que puede liarse de manera artesanal y llenarse de todo tipo de hebras, como tabaco o yerba verde, al llamarlo, quizás distraídamente o con toda la intención posible en el énfasis mismo de las palabras: “el colibrí mecánico”: sus aleteos están determinados por el brillo naranja que sacude su punta a veces oscura a veces intocable.
Cabrera Infante, quien fumó puro por muchos años, dividió los siglos por sus hábitos de fumar puro o cigarrillo en Holy smoke: “el puro, el cigarrillo y la pipa no sólo están presentes en la moda, sino que han hecho moda. No se puede concebir el siglo XIX sin el puro, como tampoco se puede concebir el XX sin el cigarrillo”. Las maneras y costumbres de echar humo se atenían, sin importar si más adelante se separaban para no unirse más, en una misma raíz: la imagen de la espesa bruma nicotínica que acompañaba a todo lugar al fumador.
La hipnosis fue para Pitol, y de eso da cuenta en El arte de la fuga, un recurso para dejar el vicio de fumar; primero, en Praga, acudió con “una señora con facultades magnéticas” que le arrancó de tajo su complicidad por muchos años con el cigarrillo con tan sólo pasarle las manos por el cuerpo; después, en México, ya reiniciado su romance con el cigarrillo, el episodio hipnótico devino en una catástrofe interna que hizo revolotear recuerdos que él creía bajo cerrojo.
Hace algunos años me inicié yo en el cigarrillo: mi experiencia se redujo a unos cuantos cigarrillos nada más: mi organismo no se abrió de puertas completas ante el humor y sabor del tabaco como sí lo hizo, por ejemplo, con el café, un hábito que –ahora lo pienso- si me fuera prohibido por cualesquiera razón, no dejaría.
“Sólo morir permanece / como la más inmutable razón, / vivir es un accidente, / un ejercicio de gozo y dolor”
León Gieco, “De paso”
(Hoy hace cinco años, Chica Azul, hoy hace cinco años: la distancia de aquel día al de hoy son cinco años, un tiempo de gracia, sin duda….)
(Este texto aparecido hoy en realidad quise subirlo ayer, pero fallas de luz causadas por una fuerte tormenta me lo impidieron)
Imagen: www.rgs.gov.co/noticias
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