
“El que es perico donde quiera es verde”. Cuando la discusión se ha vuelto álgida en torno a la manera de ser o las capacidades de tal o cual persona, se suelta esta sentencia cuyo fin es acallar las dudas o dar cerrojazo a la perorata: “el que es perico donde quiera es verde”; es decir, el que sabe hacer goles en las cascaritas tendrá que hacerlos también en partidos “oficiales”, el que presume de ganar todas las vencidas en el barrio tendrá que derrotar a todo aquél que lo rete sin importar su musculatura, entre tantos y burdos ejemplos.
El viernes por la noche, compartiendo tarros de cerveza con algunos amigos se desató esta discusión: uno de ellos decía, el más aferrado, que sin importar el contexto y los acompañantes, toda persona tendría que comportarse siempre de igual manera, sin considerar si ponía en riesgo su trabajo (en el caso de que estuviera delante de sus jefes) o se aventuraba por caminos nunca antes recorridos en las relaciones amistosas o laborales, con las consiguientes consecuencias: “se le tiene que aceptar como es”. Otro más argumentaba que, atendiendo las circunstancias, el comportamiento podía variar; es decir, “no es lo mismo estar hablando ahorita con ustedes, cabrones, que platicar con mi jefe sobre un proyecto o un aumento de sueldo”. Ante esto, el primero rebatía que, al actuar así, se caía en los terrenos de la hipocresía, pues, ante todo, hay que mostrarse tal cual es en todo lugar, a toda hora y ante todo mundo.
Sin llegar a los extremos de uno y otro, un tercero, que hasta el momento había presenciado el diálogo en un silencio acucioso, dijo que en ocasiones no hay otra opción que jugarle al educado (cuando no se tiene esa cualidad) y que también se daban situaciones en que el trato franco, sin parafernalia verbal era la única vía comunicativa. El primero, ni tardo ni perezoso, objetó que ese modo de proceder también equivalía a mostrar dos caras; el tercero, con un dejo de estupefacción ante lo que el otro decía pero con un aire que indicaba que con lo que iba a decir daba por zanjado el asunto, lo rebatió: “no se pueden mostrar dos caras cuando la intención es honesta y va encaminada a quedar bien en dos frentes distintos”. La ganancia no está peleada con la cosecha aun cuando no sean igualmente proporcionales.
De todo ello concluyo: se puede ser, al mismo tiempo, un dr. Jekyll y un mr. Hyde y, sin embargo, puede llegar el momento en que entre el cambio de uno a otro no medie una pócima.
“El paisaje recobra lentamente / los límites de tu cuerpo, / de tu nombre, amor mío / y esta realidad, / me llena el corazón de pájaros”
Carmen Villoro, “Paisaje marino” –V–, en Que no se vaya el viento
(La costa del Pacífico: la luz verdea… nada entre el cielo y la tierra: sólo altura… la Chica Azul: y su voz que sigue colmándose de aves marinas… Y Césaria descalza con “Sodade”….)
Imagen: www.blogs.hola.com/hongkongblues
El viernes por la noche, compartiendo tarros de cerveza con algunos amigos se desató esta discusión: uno de ellos decía, el más aferrado, que sin importar el contexto y los acompañantes, toda persona tendría que comportarse siempre de igual manera, sin considerar si ponía en riesgo su trabajo (en el caso de que estuviera delante de sus jefes) o se aventuraba por caminos nunca antes recorridos en las relaciones amistosas o laborales, con las consiguientes consecuencias: “se le tiene que aceptar como es”. Otro más argumentaba que, atendiendo las circunstancias, el comportamiento podía variar; es decir, “no es lo mismo estar hablando ahorita con ustedes, cabrones, que platicar con mi jefe sobre un proyecto o un aumento de sueldo”. Ante esto, el primero rebatía que, al actuar así, se caía en los terrenos de la hipocresía, pues, ante todo, hay que mostrarse tal cual es en todo lugar, a toda hora y ante todo mundo.
Sin llegar a los extremos de uno y otro, un tercero, que hasta el momento había presenciado el diálogo en un silencio acucioso, dijo que en ocasiones no hay otra opción que jugarle al educado (cuando no se tiene esa cualidad) y que también se daban situaciones en que el trato franco, sin parafernalia verbal era la única vía comunicativa. El primero, ni tardo ni perezoso, objetó que ese modo de proceder también equivalía a mostrar dos caras; el tercero, con un dejo de estupefacción ante lo que el otro decía pero con un aire que indicaba que con lo que iba a decir daba por zanjado el asunto, lo rebatió: “no se pueden mostrar dos caras cuando la intención es honesta y va encaminada a quedar bien en dos frentes distintos”. La ganancia no está peleada con la cosecha aun cuando no sean igualmente proporcionales.
De todo ello concluyo: se puede ser, al mismo tiempo, un dr. Jekyll y un mr. Hyde y, sin embargo, puede llegar el momento en que entre el cambio de uno a otro no medie una pócima.
“El paisaje recobra lentamente / los límites de tu cuerpo, / de tu nombre, amor mío / y esta realidad, / me llena el corazón de pájaros”
Carmen Villoro, “Paisaje marino” –V–, en Que no se vaya el viento
(La costa del Pacífico: la luz verdea… nada entre el cielo y la tierra: sólo altura… la Chica Azul: y su voz que sigue colmándose de aves marinas… Y Césaria descalza con “Sodade”….)
Imagen: www.blogs.hola.com/hongkongblues
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