martes, 1 de julio de 2008

Las bellas durmientes


Un viejo, uno de cuyos temores es la senilidad como un atributo deleznable, por mediación de un amigo, siempre de noche, visita una casa a la que volverá tres o cuatro ocasiones más, no obstante su propósito de ya no hacerlo tras su primera vez. Es acosado constantemente por su mengua física y por el pasado, al que regresa siempre movido por un hecho presente que acciona el mecanismo de los recuerdos.
Este hombre tiene cuatro mujeres, es decir, su esposa, que aún vive, y tres hijas, todas ya casadas. Sin embargo, animado por lo que le cuenta su amigo, se presenta en aquella casa que guarda misterios y por sí sola es un enigma: a aquel lugar, como en otros tantos desperdigados por el mundo, se va a estar con mujeres, con una pequeñísima salvedad: todas las féminas que aguardan en las habitaciones de aquella casa siempre están dormidas –narcotizadas- y siempre desnudas bajo mantas y sábanas. A ese sitio, que es regenteado por una mujer, sólo pueden asistir hombres cuya primera exigencia es que sean seniles. El propósito entonces, se desprende, es procurar la compañía, pero se trata de una compañía un tanto extravagante: ¿qué tanto acompañamiento puede dar quien está sumido en un profundo sueño, quien no esgrime palabra alguna, quien ni siquiera, por la mañana, sabrá quién durmió a su lado, quién atravesó la noche de su mano?
Asaltado por un sinnúmero de preguntas sobre aquellas muchachas drogadas, sobre el propósito que persigue aquella casa –que mantiene, por otro lado, reglas estrictas en cuanto a comportamiento y servicios-, sobre el tipo de ancianos que la visitan –nunca este visitante pudo ver a otro cliente del lugar-, sobre la pretensión de pasar tiempo con aquellas mujeres que no brindaban más que una desnudez a veces tenebrosa por la inmovilidad y el silencio, este hombre, a veces inconsciente y en otras tantas empujado por la curiosidad y el anhelo de saberse todavía vivo, pisó esa casa en cuatro o cinco ocasiones. A lo largo de sus visitas, más que apropiarse de aquel cuerpo endeble y a modo, siempre tuvo el impulso de estrangular a la mujer en turno, pero lograba reprimir aquel arranque. Mas en su última visita sucede un hecho que desencadena otro que ya no puede pasar por alto. Mientras era presa de una diatriba que consistía en dejar de asistir o seguir frecuentando el lugar, una mañana se pasma ante un hecho que rebasa los alcances de su comprensión. El final del asunto y demás pormenores, además del relato en sí con todos sus atributos y líneas de corte erótico, queda para el lector que se anime a hincarle el diente a La casa de las bellas durmientes, novela corta de Yasunari Kawabata, un escritor japonés que recién descubrí tras comprar este ejemplar en un tianguis de la ciudad.

“La gota que derrama el vaso tiene muchas veces la forma de un escupitajo”
Luigi Amara, “Instantánea de la provocación” en El ala de la imbecilidad

(Ayer, por fin, después de algunas semanas, pude ver a Bebesito: me visitó en casa y la recorrió como lo hacen los niños: con los ojos tan abiertos que comprendí que incluso una planta puede arrojar destellos en la más llana oscuridad.
Quizá se me pueda reprochar que ya conté toda la historia de La casa de las…. Sin embargo, no es así: a menudo, como lo decía el maestro Arreola, la distancia más corta entre un punto y otro no es la recta… sino la lectura –agregaría yo.
Ahí se los dejo: en Holanda existen cafés en los que los clientes pueden fumarse un porro, un cigarrillo de marihuana. Pero sucede que en estos días se ha aprobado en ese país la prohibición de fumar en lugares públicos: pero, cabe objetarlo, no prohibieron la marihuana como más de alguno podría pensarlo, sino el tabaco. ¿De qué clase de sociedad avanzada estamos hablando?)


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