sábado, 26 de julio de 2008

Pasillos


Cuando se camina por los pasillos de un hospital público más valdría ir al frente como caballo de calandria: con la mirada fija hacia adelante, sin ceder a la insana tentación de ir volteando a ambos extremos, hacia los cuartos donde se apeñuscan tres pacientes, uno en cada cama, y demás gente, entre personal médico, vigilantes, parientes, amigos: un ejército de cabezas allí rondando con diligencia, apresurados por la preocupación y la avidez de noticias sobre los enfermos.
El tipo de visiones que se puede uno encontrar en aquellas horrorosas habitaciones, frías, desoladas en sus paredes, estrechas y olorosas a formol llevado y traído, da la idea de un cataclismo al que no se asistió pero del que se sufren las consecuencias: cuerpos maltrechos, dolientes; quejidos en avalancha, higiénicas curaciones y actitudes, miradas extraviadas en techos mal pintados, frases de aliento teñidas, sin embargo, de cierto pesimismo, conversaciones no exentas de melodrama: días desvaídos que se encaraman unos sobre otros y acaban por confundirse.
Otra cosa son los rostros de los pacientes, si se mira bien dan cuenta, aún sin proponérselo, de un sinfín de historias que acabarían por asombrar al más insomne y convencer al más acérrimo incrédulo: los ojos entornados, los labios casi transparentes, el pelo por ningún lado, el gesto deshecho, la dejadez más lánguida: la enfermedad o padecimiento se las arregla para acomodarle una máscara rugosa en el semblante de todo paciente, al punto de que se vuelve irreconocible, casi otro, diríase que se ausenta de sí mismo mientras dura el restablecimiento (en caso de que se dé).
Por todo ello, cuando se transite por esos pasillos llenos de números, vericuetos a veces lóbregos y con un piso a todas horas pasado por trapeador, hay que tener cuidado de no rebasar esa línea imaginaria que nos separa de una especie de ironía pronunciada desde la fatalidad: los que están tras los umbrales de las puertas -inmersos en camas de sábanas verdosas- están impedidos, y no sólo físicamente sino, sobre todo, de poder mirar a todos lados y sonreír sin quejarse de alguna dolencia interna o externa. El que va por el pasillo, en cambio, sonríe -o intenta hacerlo- a pesar de toda dolencia.

"Los mares se han torcido con no poco dolor hacia tus costas, / la lluvia dibuja en tu cabeza la sed de millones de árboles, / las flores te maldicen muriendo, celosas"
Silvio Rodríguez, "En estos días" en Mujeres

(Visité a Topita en el hospital: ya lleva cinco días allí y la estadía tal vez se prolongue; lo que importa, al final, es que se recupere.
En estos días, todo el viento del mundo sopla en tu dirección....)

Imagen: www.cubaforum.devil.it

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