
El rumor que salpica el mar es inconfundible. A tal punto saboreable. Un rumor que se puede identificar de buenas a primeras: no se requiere aguzar el oído, él viene sin envoltura, carente de dobleces; se viste de luminosidad, corre, sobrevuela, ha aprendido a perderse entre todo lo que lo rodea: su habilidad mimética rebasa los márgenes del paroxismo. No hay modo de esquivarlo. Y no conozco quien lo haya intentado siquiera.
Ese ronroneo, ese rumor, sin pierde, se apareja sin invitación, aún cuando se le contemple mediando una distancia considerable. Es infatigable. En sus vueltas al origen carga con toda esa clase de largas expresiones que se lanzan cuando se le mira. Se lleva –¿quién sabe en qué dirección?– todo lo que dejamos en la orilla: allí donde el mundo tiene la capacidad de descubrirse y revestirse de oscura calma, de tibia desazón en camino de convertirse en una alegría desenfundada.
Ese rumor, no obstante sus límites marcados por batientes de arena, se abalanza por cualquier flanco, copa las esquinas, cierra todas las oscuridades, se encarama a las palabras, se incrusta en el paisaje, se deja llevar río abajo, se calza en cada huella que es signada en la arena: hay quienes intentan no perder tan de pronto el rumor, sin embargo hasta hoy ha sido imposible retenerlo según los deseos que se tengan.
Como de cualquier otra cosa, hay de rumores a rumores; sin embargo, este rumor, el rumor por antonomasia, sale al paso, se hace de todo rincón, va y vuelve, arranca y se queda quieto, se eleva y se arrastra, se desnuda y se disfraza sin más, sin otro motivo que ése que lo hace volcarse desde hace siglos: venir a las orillas a mirarnos cómo lo miramos y tratamos de llevarlo de regreso a nuestro día a día, a sabiendas de la milenaria imposibilidad de avanzar con él a cuestas tan sólo unos cuantos pasos.
“Pasaron noches, nieves y solsticios; / pasó el tiempo en minutos y milenios. / Una carreta que iba para Nínive / llegó a Nebraska. / Un gallo cantó lejos del mundo / en la previda a menos mil de nuestros padres. / La tierra giró musicalmente / llevándonos a bordo; / no cesó de girar un solo instante, / como si tanto amor, tanto milagro / sólo fuera un adagio hace ya mucho escrito / entre las partituras del simposio”
Eugenio Montejo, “La tierra giró para acercarnos”
Imagen: renacecomoel.blogspot.com







