
El tiempo es una molestia. Sujetarse a él no depende de voluntad o sumisión, sino de una mera disposición a la cordura. Cuando Cortázar decía que llevar un reloj en la muñeca equivalía a llevar encima un pequeño infierno personal se refería a esa noción de que el tiempo es una carga pesada de la que muchos no pueden desprenderse. Y quizá, más que no pueden, no quieren. O lo que es lo mismo: el tiempo estampa un sello personal en aquel que se convierte en su fiel súbdito, un emblema que pasa por un ajuste doctrinario a la cotidianidad y sus enmarques. Ahí justo donde acampa la cordura.
El tiempo, aún con todas sus trampas e ingratitudes, es un aliado. En la guerra (entendida como esas batallas que es preciso dar) y al momento de planear se convierte en una herramienta de enorme valía. Es el brazo poderoso que sostiene el empuje de lo efímero, que lo lleva con bien a su morada, intermedia o final. Aún con todo, el tiempo no obra siempre en nuestro favor: en esa línea mínima es donde se encuentra el maravillarse ante su transcurrir o sucumbir a esos encantos que lo vuelven imperecedero. No es que uno viva pendiente del tiempo, es que es preciso atarse un tobillo a su vaivén para no quedar fuera de sus alcances y territorios. El tiempo acapara, y en ese acaparamiento, sea cual sea la decisión de cada quien, queda uno dentro de sus márgenes.
Mas no es así en las vicisitudes, donde el tiempo súbitamente se transforma en un ente demoledor, encimoso, capaz de desbarrancar hasta el más seguro de sí mismo. Se sabe de muchos que han caído fulminados ante sus embates. Más aún, es infinita la lista de aquellos que han extraviado parte de sí en sus inmensos vericuetos, en su guillotina de la irreversibilidad. Esa certeza, por sí sola, detenta un poder al que por más que se quiera no es posible sustraerse: su no vuelta atrás trae aparejado un aniquilamiento que da alcance a todo sin miramiento alguno.
Si alguien, por cualesquiera razón, se cree fuera del tiempo, de sus límites ensortijados e invencibles, se debe a que su existencia ha transcurrido lejos de un centro que dicta cada acción y la dirección que sigue. O porque, en el fondo, desconoce que no logró sobrevivir a su propio tiempo interno. Existir bajo esa sombra provoca que el individuo desarrolle otras habilidades: el tiempo hace que se convierta de un momento a otro en escapista, en presidiario, en asesino, en marginado, en un manipulador del tiempo a tal grado que nada, ni el más mínimo retraso, le pone un velo para que no contemple la eternidad, ese sitio del cual el tiempo es su más fiero perseguidor.
“Hay diferentes maneras de estar muerto, / aun estando vivo en medio de los planetas, / con nuestra cara semejante a la tierra / fotografiada desde Géminis 13, / viendo nuestros propios ojos / rodeados de huesos, / un poco más arriba de los dientes; / ensimismados en los ojos de los pescados / que nos miran en las pescaderías iluminadas. / Hay muchas maneras de estar muerto / y siempre nos es dado tomar nuestro cráneo / y ponerlo a reposar al borde de la tumba / o llevarlo al gran salón de baile, / como tal vez lo hizo Hamlet, / mientras Ofelia ponía un velo de luna nevada, / ay, de luna nevada entre los abedules”
El tiempo, aún con todas sus trampas e ingratitudes, es un aliado. En la guerra (entendida como esas batallas que es preciso dar) y al momento de planear se convierte en una herramienta de enorme valía. Es el brazo poderoso que sostiene el empuje de lo efímero, que lo lleva con bien a su morada, intermedia o final. Aún con todo, el tiempo no obra siempre en nuestro favor: en esa línea mínima es donde se encuentra el maravillarse ante su transcurrir o sucumbir a esos encantos que lo vuelven imperecedero. No es que uno viva pendiente del tiempo, es que es preciso atarse un tobillo a su vaivén para no quedar fuera de sus alcances y territorios. El tiempo acapara, y en ese acaparamiento, sea cual sea la decisión de cada quien, queda uno dentro de sus márgenes.
Mas no es así en las vicisitudes, donde el tiempo súbitamente se transforma en un ente demoledor, encimoso, capaz de desbarrancar hasta el más seguro de sí mismo. Se sabe de muchos que han caído fulminados ante sus embates. Más aún, es infinita la lista de aquellos que han extraviado parte de sí en sus inmensos vericuetos, en su guillotina de la irreversibilidad. Esa certeza, por sí sola, detenta un poder al que por más que se quiera no es posible sustraerse: su no vuelta atrás trae aparejado un aniquilamiento que da alcance a todo sin miramiento alguno.
Si alguien, por cualesquiera razón, se cree fuera del tiempo, de sus límites ensortijados e invencibles, se debe a que su existencia ha transcurrido lejos de un centro que dicta cada acción y la dirección que sigue. O porque, en el fondo, desconoce que no logró sobrevivir a su propio tiempo interno. Existir bajo esa sombra provoca que el individuo desarrolle otras habilidades: el tiempo hace que se convierta de un momento a otro en escapista, en presidiario, en asesino, en marginado, en un manipulador del tiempo a tal grado que nada, ni el más mínimo retraso, le pone un velo para que no contemple la eternidad, ese sitio del cual el tiempo es su más fiero perseguidor.
“Hay diferentes maneras de estar muerto, / aun estando vivo en medio de los planetas, / con nuestra cara semejante a la tierra / fotografiada desde Géminis 13, / viendo nuestros propios ojos / rodeados de huesos, / un poco más arriba de los dientes; / ensimismados en los ojos de los pescados / que nos miran en las pescaderías iluminadas. / Hay muchas maneras de estar muerto / y siempre nos es dado tomar nuestro cráneo / y ponerlo a reposar al borde de la tumba / o llevarlo al gran salón de baile, / como tal vez lo hizo Hamlet, / mientras Ofelia ponía un velo de luna nevada, / ay, de luna nevada entre los abedules”
Vicente Gerbasi, “Hay muchas maneras de estar muerto”
Imagen: desestressate.blogspot.com
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