
¿Fuiste a la Fil? Esto me ha preguntado mucha gente ahora que terminó lo que hoy llaman “la Fiesta de los Libros”. Término que pondría yo en tela de juicio por muchos motivos. Y algunos, antes de que yo contestara, han agregado ¿qué compraste? La primera respuesta que doy es “sí, si fui”, y la segunda, “no, ninguno”. Y esto último tiene que ver con la duda que tengo respecto a esa leyenda que sueltan por los aires apenas se acerca el evento: “la Fiesta de los Libros”.
Es bien sabido que en nuestro país el índice de lectura es raquítico, si hablamos de una media nacional. Hace tiempo un programa federal proponía una panacea (y la llamo así porque eso resultó): “hacia un país de lectores”. Lo delicado de la cuestión –“donde la puerca torció el rabo” diría más de alguno– es que la estrategia para poblar al territorio nacional de gente lectora adolecía de mecanismos para incentivar la lectura y de herramientas para medir los resultados que se fueran obteniendo. Una feria del libro, entre otras cosas, debería apuntar hacia allá sus baterías: a dotar a la gente de libros para que se iniciase en la lectura. Cosa que en la pasada Fil no se vio por ningún lado.
Una auténtica “Fiesta de los Libros” más allá de la exhibición de miles de títulos, presentaciones acartonadas de libros, pasarela de editoriales conocidas y de prestigio, importación de autores y charlas con un aforo multitudinario, presentación en sociedad de “escritores” (mal nacidos), tipo Yordi Rosado y toda una pléyade de infaustos profesionales de la pluma que aglutinan corrillos desenfrenados; tendría que armar su estrategia en torno a la mayor venta posible de libros, pues, al final, el libro –dotándolo de decisión– quisiera ser hojeado, comprado, abierto y leído. Sin embargo los precios de los volúmenes en la feria resultó por demás ofensivo.
La “Fiesta de los Libros” devino “festín de amasadineros”. El negocio, oneroso, exultante, despótico, ofensivo, se privilegió por encima de cualquier otra actividad. La Fil, de manera lamentable, se ha erigido como un elefante blanco: si un visitante al recinto ferial tras echar un vistazo a las novedades y demás volúmenes acaba saliendo de allí sin comprar por lo menos un título, entonces la cosa cojea, no de un pie, sino de muchos. Y esto va más allá de la crisis económica que todavía no acaba de irse. Una “Fiesta de los Libros” sería tal cuando los títulos estuvieran al alcance de cualquier bolsillo. Un país de lectores pasa por ese tamiz.
“Venimos de la noche y hacia la noche vamos. / Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores, / donde vive el almendro, el niño y el leopardo. / Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos, / con volcanes adustos, con selvas hechizadas / donde moran las sombras azules del espanto. / Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses, / solos en la tristeza de lejanas estrellas. / Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan / ráfagas seculares. / Atrás quedan las puertas quejándose en el viento. / Atrás queda la angustia con espejos celestes. / Atrás el tiempo queda como drama en el hombre: engendrador de vida, engendrador de muerte….”
Vicente Gerbasi, “Mi padre el inmigrante” –I–
Es bien sabido que en nuestro país el índice de lectura es raquítico, si hablamos de una media nacional. Hace tiempo un programa federal proponía una panacea (y la llamo así porque eso resultó): “hacia un país de lectores”. Lo delicado de la cuestión –“donde la puerca torció el rabo” diría más de alguno– es que la estrategia para poblar al territorio nacional de gente lectora adolecía de mecanismos para incentivar la lectura y de herramientas para medir los resultados que se fueran obteniendo. Una feria del libro, entre otras cosas, debería apuntar hacia allá sus baterías: a dotar a la gente de libros para que se iniciase en la lectura. Cosa que en la pasada Fil no se vio por ningún lado.
Una auténtica “Fiesta de los Libros” más allá de la exhibición de miles de títulos, presentaciones acartonadas de libros, pasarela de editoriales conocidas y de prestigio, importación de autores y charlas con un aforo multitudinario, presentación en sociedad de “escritores” (mal nacidos), tipo Yordi Rosado y toda una pléyade de infaustos profesionales de la pluma que aglutinan corrillos desenfrenados; tendría que armar su estrategia en torno a la mayor venta posible de libros, pues, al final, el libro –dotándolo de decisión– quisiera ser hojeado, comprado, abierto y leído. Sin embargo los precios de los volúmenes en la feria resultó por demás ofensivo.
La “Fiesta de los Libros” devino “festín de amasadineros”. El negocio, oneroso, exultante, despótico, ofensivo, se privilegió por encima de cualquier otra actividad. La Fil, de manera lamentable, se ha erigido como un elefante blanco: si un visitante al recinto ferial tras echar un vistazo a las novedades y demás volúmenes acaba saliendo de allí sin comprar por lo menos un título, entonces la cosa cojea, no de un pie, sino de muchos. Y esto va más allá de la crisis económica que todavía no acaba de irse. Una “Fiesta de los Libros” sería tal cuando los títulos estuvieran al alcance de cualquier bolsillo. Un país de lectores pasa por ese tamiz.
“Venimos de la noche y hacia la noche vamos. / Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores, / donde vive el almendro, el niño y el leopardo. / Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos, / con volcanes adustos, con selvas hechizadas / donde moran las sombras azules del espanto. / Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses, / solos en la tristeza de lejanas estrellas. / Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan / ráfagas seculares. / Atrás quedan las puertas quejándose en el viento. / Atrás queda la angustia con espejos celestes. / Atrás el tiempo queda como drama en el hombre: engendrador de vida, engendrador de muerte….”
Vicente Gerbasi, “Mi padre el inmigrante” –I–
Imagen: http://www.espaciohogar.com/
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