jueves, 10 de diciembre de 2009

Palabrotas


Cuando era niño lanzar una “mala palabra” –si era escuchada por los vigilantes del buen decir– conllevaba una pena. Al pronunciarla se infringían algunas reglas, unas clarísimas y otras no escritas: el peor castigo provenía de aquella lapidaria frase “te vas a ir al infierno”; de este modo se entraba en una especie de sonambulismo citadino. Incluso había niños que rompían a gritos y agrandaban de tal manera sus ojos cuando escuchaban alguna mala palabra que el autor se sentía un extraño espécimen de dos pies en el lugar incorrecto. Así, decir “palabrotas” era semejante a llenarse la boca de piedras calientes. Algo ardía por dentro, y dicha quemazón se extendía inexorable.
Las “malas palabras”, decían con insistencia parientes, maestros, familiares, los mayores en sí; no acababan allí, sino que inducían a cosas peores: el niño que empezaba diciendo groserías con seguridad acabaría convirtiéndose en un delincuente, vago, malviviente; en fin, en un tipo de la calle, de aspecto y futuro deplorable. Decirlas, no sin antes llenarse de aire los pulmones, implicaba un arrobamiento desconocido aunque efímero: quien osaba decir malas palabras se investía de una autoridad que delimitaba un territorio escindido que pasaba a ser propio. No eran recomendables pero todos las atesorábamos y soltábamos en algún momento determinado. Las dotábamos de poder, de un veneno que aniquilaba al más recio.
El que se desdecía de las “palabrotas” (mal entendidas porque no son más que palabras de muchas sílabas: in-con-men-su-ra-bi-li-dad, por ejemplo) sin embargo era visto como una especie de cristiano arrepentido: tal actitud granjeaba numerosos derechos, entre los que figuraban ser apreciado como una persona normal, apto para encaminarse al cielo, merecedor de una golosina, permisos para salir a la calle o ver el televisor –quien tuviera–, entre otras enmiendas placenteras. Tras la fórmula mágica de inmediato sobrevenía una transformación que iba de pequeño demonio a niño ejemplar.
A menudo, según las ganancias, eso se convertía en un acto reflejo, en una estrategia que funcionaba como relojito para aparecer brillante aun cuando por dentro no hubiera luz ninguna. La cosa de la regeneración –de pequeño grosero a bien portado– adquiría tintes desastrosos cuando se daba una lección al grupo –escolar, de amigos, familiar– poniendo como ejemplo a seguir al recién converso. La carga sobre sus hombros, no obstante, era tremenda y en ocasiones lapidaria de su confianza. A más de eso, en ese justo instante era ya el enemigo número uno de la totalidad del grupo.

(A propósito de la risible amonestación que hace unos días le hiciera la Secretaría de Gobernación a los moneros Jis y Trino por decir una mala palabra en un programa radial)

“(….) Atrás queda la luz bañando las montañas, / los parques de los niños y los blancos altares. / Pero también la noche con ciudades dolientes, / la noche cotidiana, la que no es noche aún / sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas / o pasa por las almas con golpes de agonía. / La noche que desciende de nuevo hacia la luz, / despertando las flores en valles taciturnos, / refrescando el regazo del agua en las montañas, / lanzando los caballos hacia azules riberas, / mientras la eternidad, entre luces de oro, / avanza silenciosa por prados siderales”
Vicente Gerbasi, “Mi padre el inmigrante” –I–

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi madre al decir una "mala palabra" me decía: te voy a lavar la boca con jabón...y me daba un miedo que me enfermará, porqué mis conclusiones eran que si me lavaba la boca con jabón, me lo podría comer y tal vez morir...jajajaja...
Y respecto a lo de Trino Y Gis con su Chora Interminable able able ableee...jajajaja... es una termenda barrabazada que gobernación les hiciera un "llamado de atención"..jajaja.. creo que nunca se han puesto a escuchar otras estaciones radiofonicas y no han visto televisión en los últimos tiempos...jajajaja..

"La Suegra Fresa de Canijo"