
Todo el tiempo está sucediendo algo. Alrededor. Aquí. En un sitio que la vista no abarca. En un lugar remoto, a la vuelta de la esquina, en las azoteas, tras las ventanas cerradas, más allá de los cerros y los mares. Lo que acontece a veces no nos es dable descifrar, o aquilatar, o saborear. Inmersos en un vaivén que acaba por envolvernos con sobrado desparpajo a menudo no consideramos todo ello. La cuestión es que de algún modo pensamos que esos fenómenos o sucesos nos son ajenos no obstante que en el fondo nada lo sea.
Mehdi (niño protagonista del filme Mil meses), llevando una silla sobre su cabeza, gana un espacio en el cerro al pie del cual se encuentra el pequeño poblado donde vive. Desde esa especie de techo alto presencia, junto con todos los habitantes del pueblo, el momento en que la ciudad, a lo lejos, se ilumina apenas anochece. Un espectáculo al que acuden todos los días con renovado entusiasmo: se trata de un suceso cotidiano que para la comunidad nada tiene de común, y sí mucho de espectacular.
Clarisse McClellan le señala a Montag (personajes de Fahrenheit 451) que por la mañana las flores guardan un rocío nocturno. Atareado siempre en ir al trabajo o de éste a su casa el hombre no había percibido jamás tal cosa, ni otras tantas. Y es tal su asombro, no manifiesto al principio, que pasado un tiempo añora aquellas conversaciones con la joven vecina. Ella de algún modo siempre sencillo le hacía ver numerosas cosas y fenómenos que tenían lugar al alcance de la mano, al alcance de los ojos propiamente dicho. Montag se creía desvinculado de todo ello; Clarisse supo, llevándolo de la mano como a un niño que apenas da sus primeros pasos, cómo hacerle ver lo que allí estaba. No lo hizo descubrir, lo hizo ver.
Cuando se tiene noción de lo que está cerca pasado un largo tiempo de que se ha establecido esa cercanía, sobreviene una especie de golpe en la cabeza: tras el destanteo queda aprehender aquello con la intención de que sirva de guía en esos senderos en que lo imperceptible a menudo reina. Nada más cercano, por ejemplo, como la nube que toma figura de árbol: hay allí la certeza de que un sitio puede aparentar lo que por dentro no es. Basta echar un vistazo agudo a fin de desmenuzar y volver claro aquello que se presenta nebuloso e informe.
“En el valle que rodean montañas de la infancia / encontramos escritos en la piedra, / serpientes cinceladas, astros, / en un verano de negras termiteras. / En el silencio del tiempo vuelan los gavilanes, / cantan cigarras de tristeza / como en una apartada tarde de domingo. / Con el verano se desnudan los árboles, / se seca la tierra con sus calabazas. / Pero volverán las lluvias / y de nuevo nacerán las hojas / y los pequeños grillos de las praderas / bajo el soplo de una misteriosa nostalgia del mundo. // Y así para siempre….”
Vicente Gerbasi, “Escritos en la piedra”
Imagen: facdearq.blogspot.com
Mehdi (niño protagonista del filme Mil meses), llevando una silla sobre su cabeza, gana un espacio en el cerro al pie del cual se encuentra el pequeño poblado donde vive. Desde esa especie de techo alto presencia, junto con todos los habitantes del pueblo, el momento en que la ciudad, a lo lejos, se ilumina apenas anochece. Un espectáculo al que acuden todos los días con renovado entusiasmo: se trata de un suceso cotidiano que para la comunidad nada tiene de común, y sí mucho de espectacular.
Clarisse McClellan le señala a Montag (personajes de Fahrenheit 451) que por la mañana las flores guardan un rocío nocturno. Atareado siempre en ir al trabajo o de éste a su casa el hombre no había percibido jamás tal cosa, ni otras tantas. Y es tal su asombro, no manifiesto al principio, que pasado un tiempo añora aquellas conversaciones con la joven vecina. Ella de algún modo siempre sencillo le hacía ver numerosas cosas y fenómenos que tenían lugar al alcance de la mano, al alcance de los ojos propiamente dicho. Montag se creía desvinculado de todo ello; Clarisse supo, llevándolo de la mano como a un niño que apenas da sus primeros pasos, cómo hacerle ver lo que allí estaba. No lo hizo descubrir, lo hizo ver.
Cuando se tiene noción de lo que está cerca pasado un largo tiempo de que se ha establecido esa cercanía, sobreviene una especie de golpe en la cabeza: tras el destanteo queda aprehender aquello con la intención de que sirva de guía en esos senderos en que lo imperceptible a menudo reina. Nada más cercano, por ejemplo, como la nube que toma figura de árbol: hay allí la certeza de que un sitio puede aparentar lo que por dentro no es. Basta echar un vistazo agudo a fin de desmenuzar y volver claro aquello que se presenta nebuloso e informe.
“En el valle que rodean montañas de la infancia / encontramos escritos en la piedra, / serpientes cinceladas, astros, / en un verano de negras termiteras. / En el silencio del tiempo vuelan los gavilanes, / cantan cigarras de tristeza / como en una apartada tarde de domingo. / Con el verano se desnudan los árboles, / se seca la tierra con sus calabazas. / Pero volverán las lluvias / y de nuevo nacerán las hojas / y los pequeños grillos de las praderas / bajo el soplo de una misteriosa nostalgia del mundo. // Y así para siempre….”
Vicente Gerbasi, “Escritos en la piedra”
Imagen: facdearq.blogspot.com
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