martes, 1 de diciembre de 2009

No he vuelto todavía


La vuelta a los días de antes conlleva desatar un nudo de dolores, de emociones por largo tiempo trenzadas. Pero no se trata únicamente de dolores y emociones, pues constituyen apenas la punta de una madeja que tiene tantas vueltas, enroscadas, como es posible imaginar: y que lleva a las siempre deslumbrantes querencias que se anidan en alguna parte de los adentros. Basta un motivo, quizá no trascendental, nimio incluso, para acometer la empresa de enhebrar recuerdos e hilar el pasado con el presente, con una renovada intención de acomodarse lo más pronto posible al futuro todavía volátil. Esa es la cuestión menuda, escabrosa, y por si ello fuera poco, laboriosa en sumo grado.
¿Qué hay allá adelante? No lo sé. ¿Qué se mantiene en el pasado? Eso sí lo sé, no con exactitud milimétrica y por ello no me es dable descifrar todo ese bulto de señales y símbolos que cercan el devenir cotidiano, que lo van alumbrando a su manera, que lo transforman a cada instante sin vuelta atrás, y que en ocasiones se presentan nebulosas, dispersas, cegadoras. De entre todo ese tumulto que amenaza alevosamente con venirse abajo sobresalen rostros y lugares, razones y fechas remotas: la ingente mayoría se roza en lo alto con lo perdido, lo hallado, lo dejado de lado, lo ganado a todo pulmón. Y no son otra cosa que los restos que dejan las batallas.
Retornar al pasado no es para nada una cuestión que tenga que ver con la tecnología, la ciencia ficción o con aparatos más que complicados. Hay una máquina del tiempo en cada uno: allí donde un mecanismo acciona la palanca que hace desfilar por los ojos las imágenes de lo ido. El asunto es detener ese peregrinaje: porque cuando se ha puesto en marcha peligra la cordura y la esperanza puesta en el horizonte. Su carga emotiva y profunda al más mínimo desliz o desbarajuste se desbarranca sin posibilidad de salvación. Acudir al pasado resulta sencillo, la vuelta no es precisamente contar hasta tres y alzar los brazos en señal de victoria.
El sábado por la noche en un bar cuyo nombre me remite al buen Calamaro y a Jaime López –por aquello del salmón, y a contracorriente–, una arista de ese pasado intocable rozó apenas el presente: el contacto fue colosal, y su intensidad con el paso del tiempo se acrecentó y convirtió el alma en un vendaval que afanosamente se elevaba por encima de todo aquello: gente, música, tumultos, murmullos, limitaciones. Liz y Gil supieron encontrar, estoy seguro que sin proponérselo, una veta que permanecía oculta en algún recoveco polvoso de mi cuerpo, imperceptible: dicha veta conducía a lugares remotos de querencias pero cuya cercanía era tan evidente que pronto la aprehendí y la revisité en lo que restó de ese día y al siguiente y luego al otro y…. De allá, no he vuelto todavía.

“(.…) La noche ha quemado el maíz, ha apagado los metales, / ha dado reposo a la adormidera, ha refrescado la sangre, / ha libertado los reflejos azules de la selva, de la hoja. / Una resonancia, una resonancia oscura es mi corazón: / eco en el abismo, / piedra que rueda con el monte, / brillo en la puerta de la cueva, fosforescencia del hueso. / (….) Como el venado tras de su compañera en la colina, / persigo a una joven diosa desnuda, bajo el sol. / Viene el olor agrio de los árboles destrozados / por la ira de la noche….”
Vicente Gerbasi, “Amanecer”

Imagen: www.solostocks.com

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