jueves, 3 de diciembre de 2009

Mucho de mí


A propósito de libros, lecturas, celebración del papel, pasarela de autores y fomento a la lectura, tan en boca de todos en estos días por la Fil, he recordado mis primeros días en estas lides lectoras. La cercanía con los libros sin duda es un asunto particular. A ellos se llega por muchos y variados caminos, y depende, a veces, de motivaciones íntimas o de cumplir con un mandato u obligación. Al final cada libro guarda algo para cada lector, y eso apreciable se va volviendo cada día más refulgente, abarcando terrenos impensables y estableciendo conexiones con lo visto ya y con lo venidero. Un libro, por ende, es intransferible.
En aquellos primeros días de los que hablo adquiría libros atraído únicamente por los títulos, sin conocer siquiera nada del autor o de la obra en sí. Allá por 1997, por ejemplo, en una pequeña librería del centro, hoy desaparecida y de la que no recuerdo ni el nombre, compré un libro delgado, cuyo título me deslumbró desde el primer momento: El sol que estás mirando, una novelita del escritor Jesús Gardea, hoy ya fallecido. En el mismo tenor, un par de años después me hice de La amigdalitis de Tarzán del peruanísimo Bryce-Echenique, que ya pasó por el filtro de la relectura; ambos residen en ese espacio que llamamos los “libros imprescindibles”.
Cuando se entra al sistema solar (por no llamarlo mundo, universo, entre otros adjetivos desgastados) de los libros, ávido y sediento, al principio más vale tantear el terreno; luego, el paso irá con más seguridad. Ya encaminados de un lado y otro vienen las recomendaciones, que no son del todo confiables: pasan por un tamiz del cual los residuos son tan finos y minúsculos que no es fácil apreciar. Y es que sucede que la lectura del mismo libro no deja cosas semejantes a quienes lo leen. Sin embargo hay aciertos, fortunas y deslumbres en ese sentido. La cuestión, entonces, es tirarse a ese vacío primigenio que supone comenzar un libro sea por elección propia o recomendado, y no con una actitud de esperar hallar algo sino con la más mesurada condición de búsqueda sin saber bien a bien qué.
Los últimos quince años de mi existencia he estado ligado a los libros de una u otra forma: en muchas lecturas se resumen mis perspectivas a corto y largo plazo, mi escasa formación, mis sueños develados y los todavía por construir, mis largas y añejas querencias, mis ocultos hallazgos, mi sed por descubrir por aquilatar por comprender por compartir, mis frustradas vocaciones, mis aciertos tan soñados, mis alucines pendientes, mis diatribas contra el mundo y su estado deplorable, mi eterna ligazón al cine y la música, algunos de mis mejores y siempre amados momentos con la Chica Azul. Mis libros conocen mucho de mí.

“El acto simple de la araña que teje una estrella / en la penumbra, / el paso elástico del gato hacia la mariposa, / la mano que resbala por la espalda tibia del caballo, / el olor sideral de la flor del café, / el sabor azul de la vainilla, / me detienen en el fondo del día. // (….) Reconozco aquí mi edad hecha de sonidos silvestres, / de lumbre de orquídea, / de cálido espacio forestal, / donde el pájaro carpintero hace sonar el tiempo. / Aquí el atardecer inventa una roja pedrería, / una constelación de luciérnagas, / una caída de hojas lúcidas hacia los sentidos, / hacia el fondo del día, / donde se encantan mis huesos agrestes”
Vicente Gerbasi, “En el fondo forestal del día”

Imagen: www.suburbiosutopicos.com

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