miércoles, 2 de diciembre de 2009

Objeto futurista


El libro, por su contenido, es un objeto destinado a trascender esa condición raquítica, limitada. Es un imán; una cosa seductora al contemplarla, una piel al tocarla, un firmamento al leerla, un relámpago al guardarla. Cobra luz en cuanto se le abre, apenas se le hojea; páginas adentro detona la desmesura y un exquisito aroma deja escapar entre letras y renglones. El libro no es un equívoco como lo han proclamado algunos, ni un resumen de datos que conduzca al aburrimiento; es, antes que otra cosa, un invento que, a su vez, da a luz una serie de inventos que deslumbran desde el primer contacto. La inventiva se desata en cuanto se pasan los ojos por las primeras letras. Ahí comienza la locura.
Los libros, al igual que los demás objetos, se hacen viejos, se saturan de polvo, y en esa intermitencia, que serpentea del lomo al reverso, tienen la facultad de acumularse y multiplicarse en los libreros, encima del escritorio, en el ventanal, en el revistero del baño, en la mesa-buró, en los sillones y en cuanto lugar hacen suyo. Los libros pueden permanecer siempre a la espera, cerrados, mudos, intocables en el tiempo. O, caso contrario, recorrer esa misma trayectoria pero con las páginas abiertas, dejando salir el chorro inaudito que contienen. Ahí radica su belleza, su significación, su máxima potencia, el interés por atesorarlos.
Leer un libro no se compara con ninguna otra cosa; a este respecto, bien puede alegarse que, por ejemplo, meterse en el mar no se compara con nada; sin embargo, hay una línea, si se quiere ínfima, que separa ambas cosas: un libro puede llevarnos al mar en cualquier rato. Ahora, volver a un libro leído es tomar real conciencia de que somos inquilinos de una circularidad que no nos abandona, aunque el paisaje no sea el mismo: las páginas se encuentran frescas, humeantes, cálidas, irreconocibles. Releer no significa volver a pasar los ojos por lo ya visto, es una misma aventura que trae algo distinto cada vez. Lo nuevo que subyace a lo viejo conocido.
Ray Bradbury, lo decía hoy por la mañana Alfredo Sánchez en “Señales de humo”, es un subversivo: el novelista recomienda leer, pasar los días en las bibliotecas, alejarse de las aulas universitarias, vivir sumergido entre libros por horas y horas sin necesidad de asomarse al mundo. De este modo, recluido nueve días en una biblioteca, Bradbury escribió la primera versión de la novela Fahrenheit 451, en una máquina de escribir que funcionaba con monedas, como una rockola moderna. Ahí, en ese mundo polvoso, de pasillos inextricables, con una luz sempiterna, el autor estadounidense se sumergió en su universo futurista que, sin embargo, hoy no pasa desapercibido a nadie. El libro, por tanto, es una reliquia, es un invento moderno y, al mismo tiempo, un objeto futurista.

“Aquí he llegado / para imponerme el conocimiento de la eternidad, / para ver rodar mi cabeza / tiempo abajo, / arena abajo, / alucinación abajo, / hacia el metálico redoble de los truenos / que confunden las montañas / en negros ámbitos azules. // (….) Quisiera dejar un canto / para la eternidad, / enterrado en una vasija de barro, / un canto junto a mis huesos, / un salmo / para oír a Dios / en la música de un arpa, / para verlo en fuego de nubes / sobre los pueblos siempre nuevos / edificando con la arena del desierto, / y para ver el desierto / que lleva su silencio / del día a la noche / como continuación del firmamento”
Vicente Gerbasi, “Aquí he llegado”

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