Se dice que las imágenes nos dan la tesitura de alguien, o de algo –fidelidad, reflejo–. Se trata de postales bien reconocidas que nos hablan de lo que representan. Si una fotografía muestra a una persona, hoy ya adulta, cuando niño, entonces hablamos de una imagen cuya representación ya ha sido rebasada: no se podría reconocer a ese pequeño en el adulto en que se ha convertido, sin embargo el niño subyace bajo aquella armazón que los años han ido dotando de otra fisonomía exterior, e interior también. De lo que no podría hablarse es de qué modo ha sucedido tal cosa.
Algo contrario sería difícil que ocurriera. Es decir, algo parecido a la develación-revelación-creación que se extrae de “El viaje a la semilla” de Carpentier: allí, un hombre, viejo, vuelve a niño, quién sabe accionado por qué resortes o mecanismos. Esa involución aparece teñida de rasgos que evocan una fabulación a la que resulta complicado sustraerse: ¿quién, por lo menos alguna vez, no ha deseado ya no detener el tiempo, sino echarlo a andar atrás? ¿Se trata de un mero afán alucinatorio o de una querencia por muchos siglos cultivada? El tiempo –oh, noticia– no concede esas minucias.
Otra variación, por otra parte, podría darse si alguien, en determinado momento y atajado por circunstancias especiales, decidiera ya no ir más allá: detener su crecimiento, quedarse tal como está a cierta edad. Oskar, en El tambor de hojalata –novela del alemán Günter Grass–, a quien se le distingue por llevar colgado al cuello, cruzado el lazo que lo sostiene, un tambor que toca a horas y deshoras, y que constituye su única manifestación ante el mundo que le es cercano: a ese mundo se niega a pertenecer al decidir ya no crecer más. En su negativa a elevarse cada vez más del suelo radica su no pertenencia al mundo de su cotidianidad más acérrima. Él sigue siendo en un lugar que para él no es.
Si un tambor de hojalata, o mejor dicho, si el tambor de hojalata de Oskar significa ante los demás la presencia de quien lo porta; escucharlo, a lo lejos, en un crescendo ininterrumpido, anuncia ya dicha presencia, que está próxima, casi visible. Esta especie de viaje a los orígenes, un viaje a la semilla con variaciones muy marcadas: desnuda el estatismo de alguien que se niega a seguir hacia delante –o hacia arriba, que viene siendo lo mismo para el caso–, y lo vuelve un ejemplo particular: vista la imagen de Oskar será la misma, pasados los años no variará un ápice –salvo los rasgos infaltables de la vejez–, su imagen, siendo niño o viejo, parecerá una calca, un reflejo exacto, una representación de algún modo imperturbable.
“Una lluvia tenue, fría, / apoya su neblina sobre la ciudad. / Amanece en las mismas calles, las mismas casas. / (….) Y en alguna calle, en alguna puerta o ventana, / al sentir esta lluvia que no se cansa, / deseando no haber soñado, / despertamos; / deseando que nada hubiésemos olvidado, / miramos en el lecho, / como el cuerpo entre las cobijas revueltas, / que nuestra pregunta envejece.”
Carlos Montemayor, “Poemas de abril, 1” en Abril y otros poemas (1979)
Imagen: moisexi.spaces.live.com
2 comentarios:
O_o, por Dios, ¿a dónde va mi esfuerzo?
O_o, por Dios, ¿a dónde irán mis esfuerzos?
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