lunes, 26 de abril de 2010

Otro domingo sin sol (5)


Del domingo de aquellas cascaritas e idas a misa temprano hace algunos años al de las largas lecturas y escrituras y los tianguis de ahora media un tiempo cuya mejor cualidad es que se trata de días inconclusos: nunca acaban de llegar, nunca acaban de irse. Nada en ellos tiene fin, nada en ellos es fácilmente identificable, es más, nada en ellos carece de significado. Y en esa carga significativa, aunque también inconclusa, pende su posteridad en el calendario personal: el domingo está hecho para sumergirse en él con una disposición semejante a la que se necesitaría asumir para colgarse de un tronco con la soga al cuello.
Al domingo se le considera, entre otras cosas, como el día idóneo para llevar a cabo lo que, por múltiples motivos, no puede hacerse durante la semana: es el hueco en el sendero apretado. Y en esa indistinción propia del primer día de la semana –que no el séptimo– radica un residuo de emoción que todavía se le puede apreciar: de esa alegría infantil depende la perspectiva de los restantes seis días que pueblan las proximidades. En el domingo todo brota sin que se le presione, y muestra una puerta aun cuando se busque una ventana. Allí está su mejor parte.
La cualidad del domingo es primigenia, lúcidamente hermosa: es el receptáculo más distinguido para vaciarle proyectos y los anhelos más rigurosos. Lo que se posterga, incluso, de manera indefinida va a caer en esa red que supone la mañana o tarde dominicales. La mañana de este domingo de ayer, por ejemplo, fue una mañana de ardores grises, que llegó demacrada en su cenit. Sé cómo sacarle la vuelta a ello; y aún más, he aprendido a distinguir a aquellos para los que el domingo “les resulta difícil y hasta tortuoso” porque no saben cómo transitarlo, cómo sobrevivirlo. A menudo los compadezco.
“Trabar en domingo en lo que a uno le gusta es acaso el camino más eficaz para evitarse el peso de esas tardes huecas y solitarias donde meterse un tiro parecería un acto de autoayuda”, escribe Xavier Velasco. En esas horas intermedias de un calor acuciante, de una sed que se antoja abismal y de un panorama por demás abrillantado –que alucina–, hacerse a la sombra es obligado: treparse en el camello que mejor a uno le parezca es el único posible para atravesar ese desierto que se abre del mediodía hacia las cinco de la tarde. Porque de allí en adelante –o hacia atrás, da lo mismo– el domingo aparece como un regazo apetecible.

“Cantemos esta fiesta que danza desde los nervios / y nos deja abrir la sangre, abrirla, / que arrase con la voz de sangre que nos baña, / hasta que se desnude la vida de innumerables casas y mesas / y podamos ver cuántos quedamos, / cuántos aún no han sido masacrados, / a cuántos nos falta morir para que esta fiesta acabe.”
Carlos Montemayor, “Poemas de abril, 4” en Abril y otros poemas (1979)

Imagen: lopoliticamenteincorrecto.files.wordpress.com

1 comentario:

Minerva Delgadillo dijo...

Chales, yo sufro los domingos, para mí la semana siempre ha comenzado en lunes, pero en algo tienes razón: es el día para hacer todo lo que en la semna no pudimos. Saludos.