
Ayer leía en un blog un post sobre un sujeto que hacía tiempo había escrito sobre algunas ciudades mexicanas: al respecto de sus habitantes, costumbres y vicios. No en un muy buen talante, es cierto; más aún, en algunos puntos llegaba a denunciar lo inhóspito que resultaría vivir ahí y lo nocivo que podría resultar la existencia tras algún tiempo pasado en alguna de esas urbes. Los comentarios que desató dicho texto fueron de un extremo a otro; hubo quien envidió el grado de odio y mala leche que el autor despertaba en los lectores, incluso deseó eso para sí. Cosa que no comprendí del todo.
Ese texto me hizo recordar que hace unos cuatro años escribí algo sobre Durango, sin jamás haber puesto un pie allí. (Todavía no he ido.) La diferencia de éste y aquél estriba en que en aquellas palabras mías yo no denostaba en ningún modo a la ciudad de Durango, mucho menos a sus habitantes; sin embargo, los duros comentarios de duranguenses en el blog donde lo colgué, e incluso algunos correos dirigidos a mi cuenta personal, no se hicieron esperar –producto de malentendidos–. De tapatío fracasado y creído no me bajaron, y concluían, sabelotodos y orgullosos, que en el fondo lo que yo deseaba era vivir en esa ciudad. Afirmaban que de algún modo –desconozco cómo– los envidiaba.
Las impresiones que escribí en aquella ocasión, así se los hice ver a quienes me criticaron, las basé en una canción del cantautor tamaulipeco Jaime López, quien tiene una canción que se llama precisamente “Nadie va a Durango”. Me limité únicamente a tratar de retratar cómo sería la vida en Durango, cómo eran quienes allí vivían –no conocía hasta ese entonces a alguien nacido allí–, y que hasta ese momento yo no había conocido a nadie que hubiera ido a pasar sus vacaciones a ese lugar –no mentí–; y remataba con una pregunta, emulando la canción: ¿por qué nadie va a Durango? Ahora que lo pienso, quizá esta última cuestión desató las reacciones.
A menudo la tierra –pueblo, ciudad, puerto– donde se nace, o donde se vive por muchos años, llega a convertirse en un regazo que defendemos contra cualquier denostación o descalificación, sin importar quien la diga o si ésta tiene alguna pizca de veracidad. Se superpone una especie de velo en los ojos de citadinos cuando alguien levanta la voz para señalar algún defecto que, minúsculo, por esa defensa a ultranza, adquiere entonces un volumen incontrolable. Si existe una manera de defender la ciudad que se quiere ha de hacerse sin aspavientos, sin alegatos, y a través de una convivencia equilibrada con la urbe en la que a diario nos movemos.
“Esta noche de luna y tú lejana. // Necesito a mis lado tus preguntas. / Y encontrarte en el aire vuelta brasa, / vuelta una llama dulce, / vuelta silencio y regazo, / vuelta noche y reposo, como cuando / guiábamos la luna nuestra hasta la casa.”
Isaac Felipe Azofeifa, “Itinerario simple de tu ausencia –c”
Imagen: estudiandoespanolentirana.blogspot.com
1 comentario:
Quiero leer la entrada de Durango. No lo sé, yo a mi tierra no la tengo tan arraigada, quizás porque no me siento parte de ella, a veces ni de México. Seamos ciudadanos del mundo.
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